TRAS LA SENDA DE ULISES

 

 Pedro Daniel García Muciño

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Silencio atronador: El centenario de Juan Rulfo

lunes, 29 de mayo de 2017
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Contacto: @PedroDanielGM

Cuando sucede una conmemoración de cualquier índole, surgen voces, críticos y autoridades que de inmediato asumen el rol protagónico acercando o interpretando el acontecimiento, circunstancia que se presenta con mayor frecuencia cuando, con el extraño deseo de tener algo o alguien a quien celebrar anualmente, se ubica a una figura literaria cuyo nacimiento o muerte coincide con el año calendario, volviéndose la excusa perfecta para recordarlo a través de homenajes, coloquios, mesas de debate, edición o reedición de sus libros, presentación de los mismos y, en caso singulares como lo fue Octavio Paz en 2014 en que además vimos, la acuñación de monedas, billetes de lotería y nuevas versiones de sus obras completas.

Boatos y fiesta que como luz de la aurora iluminan un momento para después decrecer como el sol y volver a las sombras del olvido y la rutina.

Esta peculiar forma de acercarnos a los autores más célebres del mundo de las letras no es única de México, pero confirma nuestro carácter festivo que agota con los excesos lo que debiera ser una constante presencia en la vida cotidiana.

Así, resulta paradigmático que justo el centenario de Juan Rulfo, el escritor nacional que más cercano está a las voces y sentidos de nuestro pueblo, coincida con los cien años de la promulgación de la Constitución Federal de 1917, y que su celebración se marque por un legítimo deseo de sus descendientes por evitar excesos aparejados de ocurrencia, y se han limitado a coloquios formales, presentaciones de ediciones conmemorativas y exposiciones que muestran su otra faceta como fotógrafo.

De acuerdo o no con la forma en que se desarrolla esta celebración, el motivo central no debe perderse de vista: acercar la obra del autor a nuevos públicos o propiciar su relectura y comprensión, fomentando de este modo la lectura y formación de públicos, una tarea siempre inacabada pero que precisamente autores consagrados y reconocidos de la talla de Juan Rulfo propician la mejor excusa para valorar o revalorar los alcances de la lectura y el poder transformador de la literatura.

Ahí tenemos la obra de este gran autor que abarca escasas 309 paginas entre sus dos textos (conteo realizado según la edición publicada por los 100 años en la Editorial RM), la novela Pedro Páramo y los cuentos reunidos en El llano en llamas, pero que aunque pequeña, es capaz de mostrar una capacidad creadora y narrativa sin precedentes que sorprende y emociona a quien en la actualidad se acerca a sus palabras, ya sea por primera vez o para reencontrarle.

Para algunos Rulfo es parte de ese imaginario siempre citado, referido constantemente pero poco leído, aún con lo frugal de sus obras, es y debemos lamentarlo, un punto a señalar en la literatura mexicana de mediados del siglo XX, que se inscribe en el mágico realismo latinoamericano, que comparte como otros textos de la época, el honroso crédito de ser multicitado pero poco conocido, leído y analizado a profundidad.

Personalmente debo mi cercanía a Rulfo, a una circunstancia podría considerase casuística, ya que deseoso de explorar otras visiones, dentro del curso obligatorio de la educación secundaria, decidí utilizar como medio para analizar el género literario del cuento, el breve relato “Macario”, parte de “El llano en llamas”; mismo que me resultó asombroso y crudo a la vez, donde el protagonista esperando en la noche el salto de las ranas, narra su vida la cual oscila en un mundo abierto y cerrado, donde el exterior es extraño, doloroso y repulsivo, y el interior es seguro, cálido y confortable, en que bajo la sombra protectora de dos mujeres, su madrina y Felipa, transita su devenir preocupado por el perdón de su alma y la contención más importante de un hambre insaciable, que solo la cercanía de los pechos de Felipa logra apaciguar.

Relato breve pero tan profundo, que describe desde el interior la ingenuidad de un ser, posiblemente aquejado por una discapacidad, pero que en el tiempo de su escritura, aún era como el texto lo describe, objeto de burlas, apedreos y rechazo.

Siendo esto uno de los aportes más valiosos de la obra de Rulfo, su simplicidad que es tan profunda volviendo evidente lo escondido y olvidado.

El otro texto esencial, aún más breve, pero igual de trascendente, es el relato “No oyes ladrar los perros”, cuya relectura debo a un célebre catedrático de la Facultad de Derecho de la UAEM, quien nos animaba a hacer inteligencia.

En el texto que se lee en apenas un par de minutos, Rulfo hizo de la historia de un hijo moribundo y un padre, que por amor, le carga en hombros para buscar salvarle la vida, una auténtica lección de vida, especialmente al contrastar la vida desdichada y libertina de “Ignacio” el hijo, que bien podría ser cualquiera de antes o ahora, con las recriminaciones del padre que arqueado por el peso, camina buscando un sitio para curarle, que solo los perros con su ladrido logran avistar, sin embargo, ni los reclamos ni el recuerdo de una madre ausente, son suficientes para perdonarse mutuamente, llegando a un clímax final en que él por fin logra escuchar ladrar los perros, concluye con una de las frases más profundas de nuestras letras: “No me ayudaste ni siquiera con esta esperanza”.

Desilusión final y lapidaria para un padre, que bien podemos ser todos en esta constante desdicha que nos aqueja como país y de la cual también todos somos responsables.

Como estos dos textos, el resto de la breve obra de Rulfo es parte del imaginario nacional, como el inicio de Pedro Páramo con la referencia: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”, un fragmento que incluso es parodiado y ha sido tan reiterado que ha perdido profundidad cuando es descontextualizado, especialmente para quienes no se han aventurado más allá de esas primeras líneas hasta agotar las 132 páginas que le componen, siguiendo un sinuoso viaje por las entrañas de un pueblo y sus extraños habitantes que rodeados de sombras y ecos lo mismo deslumbran que atormentan.

Sea entonces este agonizante mes de mayo del 2017, una oportunidad para abstraernos del grito y estridencia que nos rodea estos días, para volver a leer las páginas de Juan Rulfo, que con rigor nos muestran un México distante y cercano, tan hondo y tan superficial, un México del ayer que bien parece el de nuestros días, y que en el recogimiento que la lectura proporciona, da espacio para ese silencio estruendoso que como el mismo Rulfo era en su persona, contrasta entre la hondura de sus letras y la pasividad hosca de su vida.

Un silencio que no se desprecia porque muchas veces es necesario en medio del vendaval donde vivimos, cuyo bullicio debe cortarse por la satisfacción que las letras, las grandes letras, dan a quien con ánimo y entrega busca hacer de ellas, un medio para transformar su vida.

 

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