TRAS LA SENDA DE ULISES

 

 Pedro Daniel García Muciño

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El paso fugaz de Vasconcelos en Toluca

lunes, 26 de junio de 2017
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Vasconcelos fue, a decir de Alfonso Reyes en un breve epitafio escrito a propósito de su muerte el 30 de junio de 1959, un hombre “siempre varonil y arrebatado, lleno de cumbres y abismos… tan parecido a la tierra mexicana que dejó en la conciencia nacional algo como una cicatriz de fuego”, palabras que en la espléndida prosa de su compañero ateneista, dejan entrever el peso que para la historia nacional significó la figura de José Vasconcelos, un personaje de contrastes que con la misma grandiosidad tocó las fibras más profundas de la realidad mexicana, embarcándose en una auténtica odisea en favor de la educación; que en sus últimas décadas abrazó movimientos, temas y acciones consideradas extremas, que le hundieron en un profundo resentimiento, reflejado en sus posicionamientos finales, y que mucho distaban del faro luminoso que durante algunos años, sembró semillas que aún rinden frutos particularmente en materia educativa, cultural, editorial y del pensamiento avanzado.

Por ello, a propósito de su aniversario luctuoso, regresar a Vasconcelos siempre es un conflicto, porque resulta necesario aproximarse a su figura desde diversos ángulos y puntos de vista, para no caer en lugares comunes o relatos simples y conocidos sobre su paso por la Universidad Nacional, con el consabido lema “Por mi raza hablará el espíritu”, la fundación de la Secretaría de Educación Pública, que por sí mismo es un tema de alto alcance y desde luego su aventura política, cargada de fallas y retos insuperados, donde un espíritu democrático genuino y trascendente, se extinguió con tal rapidéz, que sólo queda un recuerdo intermitente.

En ese sentido, dos momentos de Vasconcelos deseo compartir en esta conmemoración, ambos unidos a la historia de Toluca, que son poco conocidos y que merecen estar más presentes en nuestra memoria colectiva; el primero del joven Vasconcelos, que vive en nuestra ciudad por un breve tiempo, cuya narración y crítica son auténticas biografías sociales de la Toluca provinciana de final del porfiriato; y el segundo, que recuerda su brevísima estancia durante la campaña presidencial de 1929, de un Vasconcelos maduro, ungido como el Ulises mexicano, donde por fortuita circunstancia conoce a la mecenas Antonieta Rivas Mercado, sellando una relación que marcaría el destino de ambas vidas.

El primer relato se ubica en la última década del siglo XIX, donde a una Toluca bella y tranquila, arriba la familia Vasconcelos Calderón, en busca de bajos costos y un lugar apacible para residir, después de diversos cambios ocasionados por la situación laboral del padre de familia, que les obliga a transitar de la natal Oaxaca, a la frontera con los Estados Unidos y de regreso al centro del país, asentándose por facilidades en Toluca, ciudad, que dice Vasconcelos en sus posteriores memorias, no era “ni aldea, ni metrópoli, pero con los defectos de ambas”, cuyo clima se vuelve el hilo conductor de sus recuerdos, por la peculiaridad que representa en plena meseta central del país, pero que dada su altura es un factor que marca a esta bella población, caracterizada por sus portales, patios, balcones, templos, paseos y parques, además su gastronomía especial, particularmente en dulces que son deleite de toda la familia y causa de una que otra mengua en el gasto familiar, pero que por su “profusión y baratura causaban entusiasmo”.

Frente al sabor de nuestros dulces, emergía otra ciudad que describe con rudeza, aquella donde las clases sociales eran marcadas, entre aquellos “indios vestidos de azul y blanco, trigueña la piel y andar a trote” que cargaban sobre sí mercancías para el tradicional mercado, y aquellos de clase media o elevada, que “salían también a misa, pero luego se encerraban detrás de sus vidrieras”.

Vasconcelos describió a la Toluca de entonces como una sociedad dividida, donde particularmente los domingos algunos vecinos “a medio día asomaban a los portales, muy bien vestidos, para dar vueltas al son de la banda militar”, mezclados por momentos con familias de empleados y una clase media insipiente, que “ni conocen, ni saludan al vecino”, una situación singular y a mi parecer no distante de nuestros días, en que se convive sin acercarse, sin perturbar o rechazar al extraño, asimilándole con reserva.

Realidad que chocó con un joven Vasconcelos que siente un llamado hacia la grandeza y cuya estancia en Toluca, fue más motivo de frustración que de alegría, causándole gran regocijo trasladarse a otra ciudad y dejar atrás la Francia chiquita, regida por el Gobernador Villada, ejemplo de un momento idílico, ficticio en sus fondos, pero real en sus formas, que combinando el ansiado orden y progreso, fomentaba un desarrollo material, a costa de un innegable atraso social.

Casi tres décadas después Toluca vuelve a cruzarse en la vida de Vasconcelos, como parte de su gira nacional en 1929, dictando conferencias que serían la plataforma para su campaña presidencial, recorriendo parte del país y cerrando estas presentaciones en la capital del Estado de México, para entrar finalmente a la Ciudad de México con el fin de ser oficialmente ungido como candidato presidencial y competir, bajo el ideal anti-releccionista de Madero, por la máxima magistratura nacional.

Esta estancia es en lo político, nada fortuita, ya que sabe de la presión estatal para no recibirle, además de un clima hostil que le es desfavorable, sin embargo aglutina a su rededor a cientos de personas que le reciben y escuchan, quienes colman el Gran Hotel, ubicado en el actual Andador Constitución, para conocerlo en persona.

Justo a este sitio, hoy sede de una mal trecha plaza de venta de joyas, arriba de forma inesperada un grupo de nuevos seguidores, jóvenes en su mayoría, provenientes del mundo de las artes y las letras, que entusiasmados por su movimiento, se traslada de la Ciudad de México a Toluca para entrevistarse con Vasconcelos; a la cabeza de este “estado mayor de artistas”, viene un mujer singular, la mecenas y promotora cultural Antonieta Rivas Mercado.

El encuentro es relatado por Vasconcelos en el cuarto tomo de su autobiografía como un momento especial, desde el principio muestra la fascinación que esta presencia despertó en él, al señalar, que “el vestíbulo del hotel se tornó luminoso cuando me la presentaron”, y la describe como “una de las grandes mujeres que el país ha producido en los últimos tiempos”, quien a su parecer se hallaba “en el ocaso de un carrera social ilustrada con su talento”, describiéndola como “morena, bien hecha y elástica, ejemplar de una fina raza nativa, su fuerza, sin embargo, estaba en su espíritu”, rematando que ella era “de ojos grandes, comprensivos, conversación atrayente, seducía, no obstante cierta ironía escéptica”.

Es notoria la atracción entre ambos personajes, ambos atípicos en su tiempo, que sin conocerse iniciaron en Toluca una relación intensa que en poco más de tres años cambiaría totalmente sus vidas.

La anécdota final de este momento, se remata con los sabores toluqueños, como fue en su estancia juvenil, ahora Vasconcelos dice a la posteridad, que a falta del obsequio con qué agasajar a su nueva conocida, y transitando por los desiertos portales de la triste Toluca, decide ingresar a un dulcería orgullo postrero de los toluqueños, pidiendo “naranjas cubiertas, limones cristalizados” y demás manjares, para sorpresa de Antonieta quien, le reprocha el por qué de comprar tantos dulces si no tiene familia en México, a lo que Vasconcelos responde con astucia, “no son para mí, sino para usted”.

Relato al fin que sintetiza en buena medida, lo que este encuentro casual, bajo la ladera del Nevado de Toluca, significó para ambos.

Y que especialmente une a Toluca con la vida de José Vasconcelos, esa vida, que como en líneas arriba referí, fue intensa y apasionada, y a la fecha no deja estático a quien se acerca para conocerlo de verdad, ya que siempre nos invita a transitar por sendas insospechadas, de alturas y quiebres de un Ulises mexicano que vivió buscando la grandeza.

 

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