TRAS LA SENDA DE ULISES

 

 Pedro Daniel García Muciño

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Un magnicidio que redefinió nuestro siglo XX

lunes, 17 de julio de 2017
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La escena es digna de describirse, en un páramo cerca del pueblo de San Ángel, ubicado en la periferia de la urbe citadina que desde siempre ha sido la Ciudad de México, una delegación de legisladores locales, concretamente de Guanajuato, organiza un banquete para agasajar al presidente electo de México; la circunstancia lo ameritaba, ya que el homenajeado volvía a ocupar la silla presidencial, después de un periodo de cuatro años, luego del cual tras celebrarse elecciones y por así permitirlo la constitución vigente, nuevamente regiría los destinos del país.

El banquete celebrado en un local llamado “La Bombilla”, se hallaba pletórico, con un arco floral que franqueaba la entrada, una peculiar mampara en flores que señalaba el motivo del ágape, mesas acomodadas en formación cuadrangular, que destinaban al centro el recién electo primer mandatario.

Una orquesta dirigida por el maestro Esparza Oteo interpretaba música festiva diligentemente, la comida se servía con rapidez y en cantidad, un menú de carnitas preparadas especialmente para la ocasión, acompañadas de cervezas locales, todo el acto trascurría con la naturalidad de un convivio ameno y placentero, donde un grupo político celebraba con tranquilidad a su líder y mentor; este espíritu displicente hizo que para prácticamente la totalidad de los asistentes pasara inadvertida la presencia de un joven vestido de forma simple, que llevaba en la mano un cuaderno de dibujo y un lápiz, aparentando ser un caricaturista, ya que merodeaba la reunión haciendo dibujos de los asistentes.

Con esa naturalidad, el joven caricaturista recorría el lugar haciendo trazos en su cuaderno, mostrando sus figuras a los asistentes, quienes al observar el trabajo en la caricatura del presidente electo, aceptaron se acercará más para poder continuar con el diseño; la orquesta tocaba la pieza “el limoncito”, cuando el dibujante se acercó a la cabecera del evento, y con una mano mostró al homenajeado el dibujo hecho, despertando una estruendosa carcajada, que acto seguido, se vio interrumpida por la descarga de seis disparos que de inmediato hicieron caer sobre la mesa el cuerpo del mandatario, que luego cayó al piso ensangrentado, muriendo al instante.

Lo antes relatado sucedió el 17 de julio de 1928 a las dos de la tarde, el presidente electo asesinado en esa comida, era el general Álvaro Obregón, caudillo de la Revolución Mexicana, partícipe en diversas batallas decisivas para el movimiento constitucionalista liderado por Venustiano Carranza, cabeza del Plan de Agua Prieta, levantamiento militar contra el mismo Carranza, que precipitó su renuncia y asesinato, pero que abrió su arribo a la presidencia en diciembre de 1920.

Gobernante por cuatro años, lo que entonces permitía nuestra Carta Magna, en cuyo periodo se suscitó ese breve pero fundamental momento en que el esfuerzo educativo se materializó con la creación de la Secretaría de Educación Pública y el extraordinario proceso cultural encabezado por José Vasconcelos.

Obregón, deseoso de poder, esperó los cuatro años que la constitución exigía para volver a postularse por la presidencia, ocupando en ese tiempo, el sonorense Plutarco Elías Calles el Palacio Nacional, que devolvería a Obregón en diciembre de 1928.

Con su muerte, la última violenta de entre los caudillos revolucionarios, se cerraría un ciclo decisivo en la historia del México del siglo XX, abriendo de forma insospechada, tras la crisis política que el magnicidio despertó, un periodo de relativa estabilidad e institucionalidad que regiría los destinos de México en la siguientes siete décadas.

Ya que Calles, sabedor de las sospechas generadas por la muerte de Obregón, apuesta por un tiempo en que priman las instituciones sobre los hombres, facilitando la competencia política dentro de la vía legal por medio de un partido aglutinador, que dejara fuera las armas, para encontrar equilibrios y consensos en su seno.

Del caricaturista, la historia nos dice que se llamaba José de León Toral, considerado un fanático religioso y actuando como asesino solitario, hizo gala de sus creencias influenciado por un grupo extremo, encontrando en la muerte de Obregón la manera de vengar la persecución religiosa emprendida por el Gobierno de Calles, en lo que conocemos como la Guerra Cristera.

Así fue como Toral se convirtió en un medio para reclamar justicia, influenciado según se recogió en el juicio en su contra, por la religiosa Concepción Acevedo de la Llata, la “Madre Conchita”, acusada como autora intelectual del magnicidio.

La muerte de Obregón siguió el período conocido como Maximato, donde Calles ejerció un poder mayúsculo sobre cuatro presidentes posteriores, hasta su exilio por parte de Lázaro Cárdenas.

Sin embargo debe destacarse que éste suceso alejó toda posibilidad de reelección, aún diferida en la presidencia de la República, un hito histórico vigente y trascedente hasta nuestros días.

Por su parte, el imaginario colectivo nunca dejo de considerar posibles teorías conspiratorias en torno al asesinato, teorías que el paso de los hechos y el peso de la historia se han dejado en el olvido.

Sin embargo, fieles a nuestro estilo ritual, el sitio del asesinato se transformó en un parque público, aún existente, donde tras un espejo de agua se emula una torre decorada por las estatuas “El Trabajo” y “La Fecundidad” del escultor Ignacio Asúnsolo, que rinde homenaje al ex presidente caído, resguardando por décadas el brazo que perdió en la batalla de Celaya, en un extraño fetichismo que afortunadamente hoy es solo parte del anecdotario histórico mexicano.

La historia es una herramienta siempre útil, no solo para recordar o conmemorar, sino para tener presente como herramienta cotidiana que recuerde que en algún tiempo, sucedieron hechos que marcaron los destinos futuros de toda una sociedad cuyo peso posee vigencia, y claro, su desconocimiento contrario a lo que se piensa, importa mucho más por mantener siempre el riesgo de repetir u olvidar las lecciones que el pasado nos aporta, como luz para iluminar nuestro presente y a veces por qué no, por aventurarse a predecir nuestro futuro.

 

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