EL RINCÓN DE DAVID

 

David Martín del Campo

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¡Maritzaaa!

martes, 18 de julio de 2017
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En el principio fue la sonrisa. Un gesto ausente de agresividad que dispara ese reflejo atávico denominado “sonrisa”.

Una carcajada en mitad del teatro. Además que es un principio de la psiquiatría: los lúgubres jamás ríen; Dios nos libre de ellos.

El viernes pasado abandonó este mundo Héctor Lechuga, uno de los cómicos más reconocidos del medio artístico.

Las parodias que realizaba ante las cámaras de televisión (como policía de tránsito o travesti llamando a su hermana “¡Maritzaa!”) deleitaron a la audiencia de por lo menos dos generaciones.

Comparsa de Chucho Salinas, primero, y luego de Manuel “el loco” Valdés, aliviaban los sinsabores de aquel público en los años del Régimen.

Después vino la democracia, la transparencia, la igualdad a rajatabla, de modo que contar hoy un chiste de jotos nos puede llevar a la cárcel.

Antes eran los bufones recitando versos para divertir al monarca, lo mismo que los enanos, los juglares y los loquitos.

La deformidad misma que invitaba a celebrar su condición de pequeño monstro idiota y las tonterías que iban soltando por los pasillos del palacio.

Los etólogos fincan nuestra inteligencia en algunos principios (el lenguaje articulado, la capacidad de reflexión, el aprendizaje y la imaginación) pero desde luego en la risa.

Las hormigas no ríen, ni los murciélagos ni los buitres. Ríen los delfines –al parecer– y los perros hacen travesuras que semejan bromas.

Pero practicar el humor como un género de vida, solamente nosotros, los homos sapiens, incluidos los del PAN.

Risa, cosquillas, carcajadas. Nada tan sano como esa alegría absurda que suelta las tensiones y tanto se asemeja al orgasmo.

En 1988 un hombre que miraba la película “Un pez llamado Wanda” murió en una sala de cine londinense durante la interminable carcajada que electrizó su corazón.

Ahh, morir de la risa, como ha pretendido nuestro el ilustre bufón y ex gobernador con aquella su recitación de vodevil: “ Paciencia, prudencia, verbal contingencia, dominio de ciencia, presencia o ausencia según conveniencia”, como advirtió en la cárcel preventiva de Guatemala.

El principio se remonta a sir Charles Spencer y su personaje vagabundo que sería reconocido en las pantallas como Charlie Chaplin.

Un ser taciturno sobreviviendo al filo de la ley y que vendría a refrescar el género de la picaresca.

Esos tunantes de la vida, que nunca faltan, ganándose el sustento con los artilugios más descocados.

En México tuvimos a Pito Pérez, el personaje homónimo de la obra de José Rubén Romero, y antes al Periquillo, de José Joaquín Fernández de Lizardi en la novela que inauguró las letras del México independiente.

Luego vendría Mario Moreno, el actor de cine, y su insuperable personaje que llegó a los foros de Hollywood.

Después de Cantinflas llegarían Tin-tán, Resortes, Manolín y Chilinsky, Clavillazo, Viruta y Capulina, el “loco” Valdés, Alejandro Suárez, los Polivoces, “Madaleno”, en fin, Eugenio Derbez e incluso Roberto Gómez Bolaños “Chespirito”.

Cada cual según su ingenio y su personaje atenido a los gustos del respetable.

Los límites de su labor eran más o menos obvios: nada que atentara contra la religión, la alta política, las buenas costumbres y la vida íntima.

Si acaso alguna sugerencia, pero nunca una escena de procacidad. Legendario fue el caso de Manuel Valdés cuando en 1972 el presidente Luis Echeverría decretó a ése como el Año de Juárez, y en su programa de medianoche “el Loco” preguntó: “¿Cuál es el bombero más famoso de México?”, y enseguida la respuesta.

“Pues Bomberito Juárez”. La sanción no se hizo esperar, una multa y una amonestación, que de ahí no pasó.

Pero nunca más allá. El mejor humor, cosas de la vida, es el humor involuntario, y si no miren a esos rufiancillos disfrazados de precandidatos lanzando desatinos contra sus más preclaros enemigos.

En todo caso, qué bien nos vendría cambiarlos por don Jesús Salinas, tan socarrón, pero que un súbito infarto se ha llevado.

Así que nuestro aplauso por los buenos ratos que nos obsequió Héctor Lechuga llamando con acento verriondo a su hermana, “¡Maritzaa!”, arrancándonos las mejores carcajadas de la juventud.

 

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