TRAS LA SENDA DE ULISES

 

 Pedro Daniel García Muciño

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Un nuevo 19 de septiembre

lunes, 25 de septiembre de 2017
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Como cientos o miles de mexiquenses, el pasado martes 19 de septiembre como hago desde hace poco más de un año, realicé el recorrido de mi domicilio en la ciudad de Toluca a la ciudad de México para laborar, experiencia que con el paso de los meses se vuelve habitual y parte normal del ciclo diario de trabajo.

Con esa misma naturalidad me dispuse a iniciar la jornada sabedor de que antes del mediodía, en conmemoración del fatídico sismo de 1985, tendría lugar el macro simulacro que año con año se realiza, y en que todo el personal de la dependencia federal donde colaboro participa, teniendo como ingrediente adicional la necesidad de reforzar las medidas de prevención después del sismo del 7 de septiembre pasado e incluso la falsa alarma sísmica que sobresaltó las redes sociales un día antes, evidenciando todavía mejoras necesarias para responder ante estas eventualidades.

Así, la mañana transcurrió conforme lo esperado, en punto de las 11:00 horas, sonaron las alarmas y miles de personas participamos en orden durante el simulacro, siguiendo a equipos responsables que orientaban sobre las rutas de descenso en edificios y plazas, señalando los sitios seguros e incluso abriendo o cerrando calles para facilitar la concentración de personas, todo con gran rapidéz y eficiencia, mostrando que la cultura en protección civil y la prevención ha echado raíces entre la sociedad, especialmente en la Ciudad de México, donde es notoria la huella que estos fenómenos naturales han dejado en la gente, y que quienes venimos de zonas más seguras donde los sismos se resienten con menor intensidad, tal vez no dimensionamos en toda su magnitud.

Tras la poco más de media hora que el simulacro duró, las actividades ordinarias se reanudaron, y todo apuntaba a ser un día más donde la agenda se satura y los pendientes no dejan de surgir, particularmente después de asentarse por varios días para atender la tragedia vivida por nuestros hermanos en Oaxaca y Chiapas.

Entre lo habitual, cuando el reloj marcó la una y catorce minutos de la tarde, millones de personas ubicadas en la Ciudad de México, el Estado de México, Puebla, Morelos y en general la zona centro del país, sentimos una fuerte sacudida, un movimiento de intensidad tal que personalmente jamás había sentido, seguramente magnificado por ubicarme en la Ciudad de México y no en mi natal Toluca, además de que por edad, como le sucede a toda mi generación, no cuento en la memoria con recuerdos del sismo de 1985.

Ante la sacudida, la alarma sonó en pleno movimiento haciendo que todos mis compañeros y yo asumiéramos con diligencia y nerviosismo la misma actitud de dos horas antes colocándonos en fila en el pasillo de la oficina, que conduce a las escaleras de emergencia, pero que por la fuerza que en ese momento estrujaba la torre donde laboro, fue imposible usar para descender, obligándonos a permanecer impávidos y sorprendidos, sintiendo el vaivén del edificio, el crujir de los plafones y mirando con sorpresa los rostros de inquietud y pánico de quienes nos rodeaban.

Debo decir, que los mismos responsables de piso que poco antes organizaron el simulacro, asumieron el rol de inmediato y fueron quienes contuvieron el ánimo de los presentes, que bien pudo ser de pánico pero que sólo quedó en nerviosismo de la gente, permitiendo que en pocos minutos después de concluido el terremoto, realizáramos el mismo recorrido para ubicarnos en la zona de seguridad.

Fue entonces cuando todo cambió, como era lógico, al encontrarme lejos de casa busqué de inmediato comunicarme con mi familia en Toluca sin éxito alguno por no contar con señal telefónica, sin embargo para fortuna de estos tiempos, el servicio de mensajes instantáneos continuó funcionando, lo que permitió en breves minutos entrar en contacto escrito con mi esposa quien ya tenía con ella a nuestras dos hijas, saber del estado de la totalidad de mi familia, igualmente gracias a un grupo virtual donde todos están reunidos y de amigos y conocidos tanto en Toluca como en la misma capital del país.

Esta misma vigencia del servicio de internet permitió conocer con inmediatéz la magnitud del sismo, que aunque con confusión inicial, en breve tiempo se contaba con datos al respecto, lo mismo comenzaron a circular videos e imágenes por medio de las redes sociales que ya daban cuenta del tamaño de las afectaciones, mostrando cómo, desde edificios altos de la zona de Reforma, se observaban incendios y tolvaneras de humo que hacían evidente desplomes o colapsos en casas u oficinas; todo con una rapidéz impensable en los años ochenta y que ahora permitió dimensionar prácticamente de inmediato los estragos a que nos enfrentábamos y eficientar la llegada de auxilio a las zonas de desastre.

No puedo dejar de compartir, que además del evidente susto y sorpresa que el sismo significó para mí al momento de suceder, mi mente pensó por la forma como se estaba dando, que inevitablemente este movimiento telúrico iba a generar mayores estragos que el más reciente sucedido casi en la medianoche pocos días antes, especialmente en la Ciudad de México, porque la fuerza con que los edificios se movieron y desde luego cuando las imágenes de la red comenzaron a mostrar las afectaciones, para la gran mayoría fue notorio que afrontábamos una nueva tragedia, tal vez no en número como la de 1985, pero sí de una magnitud que hacía mucho tiempo no cimbraba a los mexicanos de toda forma posible.

Sumando a ello, la extraña coincidencia, que ahora la generación de mis padres y la mía, tenemos como experiencia la de haber vivido un sismo de importante dimensión en la misma fecha, coincidencia histórica y auténtica que al día de hoy no es de creerse, de esperarse o de explicarse.

Del resto del día, a la fecha, el tiempo se ha detenido por momentos frente al infortunio de muchas familias y el lento, pero creciente recuento de pérdidas humanas, acumulándose inquietantes reportes sobre daños en diversas zonas como en los municipios de sur mexiquense como Ocuilan, Malinalco, Tenancigo, Joquicingo y Tenango, sitios que como habitante de la entidad evidentemente preocupan, a los cuales vale la pena referir debemos prestar atención y mostrar solidaridad con nuestros paisanos, que sin sufrir muertes en números mayores, padecen daños patrimoniales de gran relevancia y preocupación hacia las próximas semanas y meses, en que se puedan permitir contar con un techo estable y un abrigo seguro sobre sus familias.

En contra parte, desde el mismo día y sin dejar de parar, la desinformación también se hizo presente con especulaciones sobre daños en sitios emblemáticos o el reiterado dicho de réplicas mayores que sin sustento alguno inundan, cadenas o mensajes en las siempre activas redes sociales o los servicios de mensajería, que además de no aportar, engrandecen la zozobra y la duda.

Pero nada es más digno de mencionar, que el rostro más generoso, solidario y humano que ha mostrado esta tragedia, el de los mexicanos que por miles y miles aportan en centros de acopio propios, institucionales o ajenos, el de miles de brigadistas voluntarios, cientos que comparten su techo, transporte o bienes para auxiliar a desconocidos de la mejor manera, todo esto manifestando el gran espíritu solidario del mexicano, que ante circunstancias superiores, sobrepasa intereses, distinciones, o disputas.

Por ello, testigo y partícipe de estos esfuerzos, hago votos para que este espíritu de hermanamiento perdure, como aquel despertar ciudadanos de 1985, y que de las ruinas y escombros de este desastre, se edifique un mejor país en todos los sentido.

Ojalá así sea.

 

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