Tianguis global

Rodrigo Sánchez Arce

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¡Ah, qué “Mosquito” tan pelado!

jueves, 18 de enero de 2018
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En estos tiempos en que libros como El Chingonario (Otras Inquisiciones, 2012) se plantean como el súmmum de las peladeces mexicanas, la gente olvida que el estudio de las groserías no es algo nuevo.

Para no ir más lejos ahí están la Picardía Mexicana (Editorial RM, 1960) de Armando Jiménez (el famoso "Gallito Inglés"), uno de los libros más vendidos con más de 140 ediciones a la fecha; y El Chingolés.

Primer Diccionario del Lenguaje Popular Mexicano (Costa-Amic, 1972) de Pedro María de Usandizaga y Mendoza.

El año pasado Gerardo Novo, Cronista de Toluca, nos recordó otro libro que habla del tema, en ocasión del 50 aniversario de su publicación: Uso y abuso del "vocabulario prohibido" (Cuadernos del Estado de México, 1967) de Alfonso Sánchez García, el inolvidable "Profesor Mosquito".

Se trata de una plática-conferencia que el autor dictó a la "Tribu" tunAstral, que para entonces ya tenía tres años celebrando sus cafés literarios.

Dicha plática fue retomada para su publicación por el editor de los Cuadernos del Estado de México, José Yurrieta Valdés.

Se trató del vigésimo segundo libro de la serie para la cual escribieron , personajes, como Gilberto Owen, Enrique Carniado, Josué Mirlo, Rodolfo García, Enrique González Vargas, Carmen Rosenzweig y el mismo Yurrieta.

El "Mosquito" no tiene empacho en decir que cuando Yurrieta le pidió la "charla malcriada" para convertirla en libro: "no dudé un instante en aceptar y agradecer el envite, ya que nunca he sido melindroso para embarcar mi pobre literatura en el primer barco que pasa y más si la nave resulta de lujo".

De hecho, considero que Uso y abuso fue su primer libro en forma pues anteriormente sólo le habían publicado escritos mimeografiados y engargolados.

Cuenta con 59 páginas escritas y cuatro ilustraciones de Marco Antonio Turlay (otro miembro de tunAstral).

Se divide en un prólogo escrito por el editor, una introducción, cinco capítulos y una especie de epílogo.

En la "Introducción" el "Mosquito" habla de sus intenciones. Deja claro que a pesar de que el tema obliga a utilizar groserías, en sus columnas periodísticas no las usa por considerarlas innecesarias; pero tampoco niega la "cruz de su parroquia" pues "si conozco en algo el mundo de las "mentadas", es porque mamé, rodé y crecí en el proceloso barrio de San Juan Chiquito, adonde todos llegamos "pelados", pelones y pegando gritos y roncadas".

En el "Capítulo I. El vocabulario prohibido", habla de la existencia de dos tipos de lenguaje: el "que se puede pronunciar indiscriminadamente" y el que "sólo sirve para poner letreros en el excusado, o tratar con los amigos a la hora del fútbol", pues las "artificiosas convenciones sociales" y la "represión idiomática" imponen una forma de hablar.

Más adelante, en el "Capítulo II. Del arte a la escatología", el Mosquito retoma lo anterior al hablar de la clásica separación entre el lenguaje culto de las clases privilegiadas y el lenguaje "vulgar" del pueblo, vedado para aquellas y aún para las clases medias.

No obstante, desde un inicio afirma que "el idioma es uno sólo: el que el pueblo habla".

En ese mismo Capítulo, el "Mosquito" también alerta a los jóvenes literatos pues usar el vocabulario prohibido conlleva el riesgo de "resbalar" en la pornografía o vulgaridad y para cualquier clase de literatura "el idioma bronco del barrio sólo debe ser fuente de metáforas o expresión viva de una personalidad".

Este existe pues "ningún idioma decente... alcanza a satisfacer las profundas y graves necesidades humanas de insulto, de agresividad, de malicia sexual y de desahogo primitivo", por ello el pueblo no siempre acepta las definiciones de diccionario y "si no encuentra palabras apropiadas, las inventa".

Como ejemplo de "peladitos" que no encuentran manera de expresarse en "Castellano puro" pone "al afamado, pero de ningún modo genial" Cantinflas (este cómico nunca le gustó a mi padre, ni a mí, y en casa no veíamos sus películas), así como a los personajes de esa obra que causó tanta indignación en el régimen de Gustavo Díaz Ordaz: Los hijos de Sánchez (FCE, 1964), del antropólogo gringo Óscar Lewis, quienes se expresan sin inhibiciones y en su "jerga usual".

En el "Capítulo III. Los filólogos de la carpa" se ocupa de cómicos que sí le gustaban: Antonio Espino "Clavillazo" y Germán Valdés "Tin Tan".

Del primero resalta su idea de que el "caló" es vocabulario secreto que cuando se hace del dominio público "pasa a engrosar las filas del Idioma Prohibido [pues] el pueblo sabe crear sus propias expresiones" ("chota", policía).

Y de Tin Tan explica su "Teoría del derive" por el que "la palabra no cambia de significado sino de ortografía" ("cerbatana" por cerveza).

En el "Capítulo IV. Cosa de matices", dice que el "vocabulario maldito" tiene la ingrata tarea de "mencionar todo lo que la sociedad [especialmente de moral cristiana] considera indecoroso", pero está seguro que la razón fundamental por la que resulta impronunciable es porque surge del pueblo, aunque en privado sea utilizado por la "aristocracia".

En el "Capítulo V. La clásica 'mentada'", hace todo un estudio etimológico, lingüístico y psicológico del tema, utilizando sólo tres veces el verbo "chingar", tal vez por aquello de que "cada vez que tenemos que mencionar "la mentada", se nos forma una extraña resistencia interior a escribirla con todas sus letras"; no obstante creo que el "Mosquito" reduce el uso del verbo más polisémico del español de México porque, ya lo dijo, en su literatura no necesita las groserías.

Por último, en el epílogo "¡Y ai los vidrios!", no presume de ser el primero en hablar del tema pues reconoce que ya antes lo había hecho el filólogo y filósofo Modesto Sánchez, su maestro en la Normal Superior, en la década de 1940.

Finalmente puedo afirmar que, aquellas "señoras de edad" que escucharon la conferencia y que expresaron "¡Ah, qué viejo tan pelado!" ("¡Y dicen que es profesor!"), tenían razón.

Mi padre era un viejo pelado y majadero. Y sin rubor reconozco que muchas de las mejores groserías las aprendí de él.

Recuerdo en particular expresiones que le eran características. Por ejemplo, la frase "es miope" era la contracción de "es medio pendejo" y con ella calificaba a quien lo mereciera.

A mis hermanas que vivían en casa y se levantaban tarde los fines de semana les cantaba una cancioncita de la que no tengo mayor referencia: "Las huevonas, las huevonas/las huevonas de Carey...".

O cambiaba las palabras. En los 80 cuando estaba de moda el grupo Timbiriche, mi padre, tal vez por desprecio a esa música infantil o tal vez para ahuyentar esos sonidos cursilones de su cabeza (criada con ritmos de bolero, rumba, mambo, cha-cha-chá y música clásica), rebautizó el nombre del grupo como "Timbirpinche".

En fin, ése, también era mi padre y me enorgullece haber aprendido sus peladeces.

Por ello en este año nuevo les recomiendo leer su Uso y abuso...

 

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Perfil del Autor

Investigador de la Paz y no Violencia con énfasis en las diversas manifestaciones  artísticas y culturales.
Apuntes sobre Cultura y Artes de un no experto.