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Martha Lujano Valenzuela 

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“Los Otoños/ A koyo na՚a yuku” de Manuel Alejandro Q. Ceballos

miércoles, 11 de abril de 2018
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“Buscamos la poesía; buscamos la vida.

Y la vida está, estoy seguro,

hecha de poesía.

La poesía no es algo extraño:

está acechando, como veremos,

a la vuelta de la esquina.

Puede surgir ante nosotros

en cualquier momento”

.

Jorge Luis Borges

La poesía, omnipresencia, como es, aparece sorpresiva en cualquier sitio, en una singular mirada, en las calles, en una pared pintada con versos, literalmente, a cal y canto.

Si sobre una de esas tantas bardas pueden leerse los versos: “Ahora nos tocó marcarnos,/siempre solos,/cada uno por su parte,/con la geografía infinita de las distancias”, formulaciones de “Los sueños del agua”, uno de los doce poemas que conforman “Los otoños” el libro de Manuel Alejandro Q. Ceballos (Toluca, promotor cultural y poeta) editado por La Comuna Girando en su Nueva Serie de Cuadernos de La Comuna (9) en 2017, no se puede dejar de traer a la mente la palabra filantropía.

La literatura llena una necesidad expresiva de los seres humanos, la lectura permite reelaborar este sentido en un acto donde el texto adquiere significado y el escritor se construye una manera de decir propia.

Escribir y ser escritor se convierte después, en una conquista, pero al mismo tiempo, en una posición donde la generosidad permite compartirse con el resto, con la comunidad.

Como indica Nora Catelli, la literatura es “el lugar de paso y posibilidad de superar y transgredir la oposición entre privado y público”, por esto, cuando un poeta sale de la escritura y comunica, obsequia su Yo textual y escribe desde ese lugar, lo que significa traer al presente desencuentros que lo han construido, memorias que lo marcan y olvidos que lo derruyen, por ejemplo: “Nos quisimos una tarde,/con la noche envejeciendo al olvido”, “Iré desde mi tierra seca/para empaparme de tu patria”, “Y si Buenos Aires no llegara…/nos quedaríamos envilecidos/casi ausentes”

“Los Otoños” debiera leerse buscando las progresiones, las propuestas lingüísticas, porque es momento de mencionar que esta edición cuenta con traducciones de los poemas a distintas lenguas originarias como: mixteco, zapoteco, totonaco y náhuatl, se incorporan en este poemario todas las lecturas de su autor, así como el afán de transmitirlas y cómo serán recibidas por los lectores más neutros y los más entendidos, todos, incluidos en la ya forjada tradición literaria de esta ciudad.

En contraste, el Yo Lírico, intrusivamente, utiliza la prosopopeya presente desde el título, anticipándose a crear una máscara hecha de elementos inanimados: ”Le miré/vestido de retorno y de escandalosa palabra/cuando el viento anunciaba de nuevo/su cada vez más cerca/bienvenida” Como lo advierte el Diccionario Corominas: “El origen etimológico de la palabra prosopopeya, derivada de prósōpon ‘aspecto de una persona’, ‘personaje’ y poíeō, ”yo hago”, la vincula con la creación de una máscara”: Continuamente se animan los elementos más inertes: “Qué te escribo ceniza,/si la estampida marchita/ de la noche” o “con la puerta que galopa” o “Quiso el olvido/ (una última vez)” En la antigüedad, la prosopopeya era el tropo por medio del cual se otorgaba la voz a aquello que no la podía tener, no sólo a los animales, sino a lo inanimado, lo ausente o incluso lo muerto.

Se piensa que este tropo, utilizado de esta manera es característico de la autobiografía, en la medida en que permite crear una máscara que es asumida por su autor como propia.

Se busca en “Los Otoños” la prevalencia de la metáfora: ”Escribimos entre palabras/desde que propuse salvarnos/de la bocanada de cuchillos”, sin nexos y adjetivos innecesarios evita el tono de confesión, mejor aún, sintetiza dos o más imágenes; “Se ausentaron los sueños/y todo se marchó temprano./Mientras abría mis ojos/la alcancía de los deseos se vaciaba/La noche./con esto se acaba los sueños / y desperté”

“Los Otoños” nos recuerda que la vida es un adiós permanente o posible en todo momento.

“Dispuso la distancia…Quiso el olvido”, en ellos no hay tiempo continuo, el futuro es un conjuro, amar un tiempo inexistente que tuvo un pasado, la pertenencia un nunca más, una metafísica que sólo el que ha experimentado una separación reconoce como interminable: “¿Me buscarás esa noche,/aquí mismo,/donde el devastado jinete sin caballo aguarda?”

 

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Perfil del Autor

Poeta y elaboradora de libros artesanales 

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