Fernando Juárez Dávila 

 

Oratoria Epistolar

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A LA MEMORIA DE GRACIELA DÁVILA MONDRAGÓN

martes, 8 de mayo de 2018
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¡Bienaventurados los que aman

y honran a su madre, porque de ellos será el reino de los cielos . . .!

Horacio Zúñiga Anaya

Cuando somos niños, pocas veces nos damos cuenta de los sacrificios que nuestros padres hacen por nosotros; de cómo una mirada puede transformar el mundo, solo a través del tiempo el hombre se edifica, abre sus alas y surca el horizonte vislumbrando el paraíso de verdades que anida más haya de nuestra mirada.

Es hasta que el árbol crece frondoso cuando valora su cimiente, cuando más allá de su presente comprende la importancia de las raíces que le sostuvieron.

Hoy, me refugio en estas líneas para expresar el agradecimiento por la ternura y amor con que mi madre se dio sin reparos en mi vida ¡que dicha más grande que haberle conocido!, ¡que don tan majestuoso el que en mis labios pueda haberse pronunciado esa palabra que tanto cincela nuestra vida: mamá!.

Tal vez lo menos importante sea la fecha, no creo necesario que exista una fecha específica para reconocer el amor de una madre: la mujer que bendecida puede dar vida en su ser debe ser vista con una luz de reconocimiento siempre.

¿Qué podemos decir de la madre? Mucho se ha escrito sobre el valor de la mujer que crea, de l a mujer que es poesía en la mirada del hombre; fuente de amor en sus brazos redentores, faro que guía en la sonrisa de un consejo, signo de fuerza en el combate día a día, ternura en el palpitar de su existencia; amiga, confidente, pareja, madre, guía, maestra, consejera, cause, extensión de una caricia… seguramente el tintero anquilosado de melancolía, no pueda dibujar con los trazos de su inmortalidad el valor que cada uno de nosotros le tributa a su madre; sin embargo, hay coincidencias que han sido magistralmente abordadas por la humanidad al referirse a una madre: ejemplo de la manera decidida en que se debe de vivir, receptáculo del cariño más grande que puede haber en este mundo, mujer que alberga en su seno la vida, el principio de la humanidad y fin seráfico de su protección, vergel del sacrificio quien por nueve meses entrega su figura y palidece ante las abstenciones, mujer de desvelos y preocupaciones; templo de valor y sacrificio.

Ante el altar de su recuerdo los hombres se vuelven trinos, astillas de luz que encarnan el agradecimiento perene hacia la mujer que tiene el encanto de ser el semillero de la vida; quienes en vida la tienen, jubilosos acuden a sus brazos, quienes elevan una plegaría ante su perdida material ante el incensario del recuerdo y el virtuoso vaivén de la memoria susurran ante su espíritu, su pensamiento llega hace el astros jubilosos en el cielo.

Si hay algo que a los mexicanos nos duele y nos es festivo (compleja dualidad), es el sentido de pertinencia de una madre; altares rebosantes, campos santos llenos de flores, restaurantes al tope de comensales, música, vaivén de palabras dichas o escritas, tiritar de emociones, odas y poemas disertados a la postre de un festín de delicias al corazón de la madre; diez de mayo se convierte en un día emblemático para la sociedad mexicana, mucho tenemos que festejarles pero más agradecerles: reconocerles en vida el siempre generoso regalo de la vida.

Ahora que ya no tengo la dicha de tener cerca de mí, físicamente a mi madre; no me queda más que darle paz a mi corazón y dejar que la nostalgia haga gala de sus notas: deja que mi corazón te cante madre, déjame agradecerte desde lo más profundo del alma, cada lucha, cada batalla que dimos juntos, gracias por sufrirme y por amarme; por abrazarme tan profundamente porqué esos brazos jamás se me olvidarán.

Sin lugar a dudas mi madre es el ángel que Dios me dio para iluminar mi vida.

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