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Rodrigo Sánchez Arce

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ARTE SOBRE PAPEL DE CHINA

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jueves, 14 de junio de 2018
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rodrigo.pynv@hotmail.com ; Facebook: Rodrigo Sánchez; Twitter: RodrigoSanArce

Todos en México conocemos el papel de China, caracterizado por su extrema delgadez y su gran colorido.

Efectivamente proviene de ese país oriental y fue creado hace 15 siglos. Y al igual que en China, en México tiene gran diversidad de usos, sobre todo para hacer recortes y “picar”.

No conozco la técnica pero los artesanos, experimentados e improvisados, agarran varias hojas y con tijeras o cuchillo crean inmensidad de figurillas, para lo cual deben tener habilidades y destrezas muy desarrolladas.

Es común verlo como decoración en fiestas populares religiosas adornando iglesias, calles y mercados, o cementerios y ofrendas en días de muertos; también se usa para decorar arreglos florales, envolver regalos delicados y hacer bulto en regalos comunes.

No obstante, el uso del papel China es tan común y corriente que casi no le damos valor.

Mencioné que era cosa de artesanos, pero debí decir que es todo un arte trabajarlo y, especialmente, trabajar “sobre él”.

Por ello me sorprendí (y me disculpo por mi infinita ignorancia) cuando descubrí que existen grandes pintores que pintan sobre este tipo de papel, no se diga en China o España (donde se le conoce como “papel de seda”), sino aquí, en nuestro país.

El pasado domingo 3 de junio, infortunadamente, el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México concluyó la exposición “Chucho Reyes.

La fiesta del color”. En ella me entero que el jalisciense Jesús Reyes Ferreira es el más grande artista y pintor mexicano sobre papel de China.

Bueno, Chucho Reyes tuvo otras cualidades, pero no me deja de impresionar su arte sobre papel delgado.

Chucho Reyes vivió casi un siglo. Nació en Guadalajara en 1880 y murió en la capital del país en 1977.

Esto significa que en la década de 1920, cuando José Vasconcelos estructuraba la educación en el país y los “tres grandes” (Orozco, Rivera y Siqueiros) y otros pintores regresaban de aprender vanguardias en Europa y Estados Unidos, Chucho Reyes ya tenía más de 40 años y una vasta producción (aunque, lamentablemente, muchas de sus obras no tienen fecha).

La exposición se dividió en cuatro partes. En la primera, “Color y materialidad”, nos instruimos sobre su método: pintar, o más bien “embarrar” la pintura con brocha sobre el papel puesto en una mesa (principalmente el China, aunque también utilizaba el estraza y el amate); que él mismo elaboraba pigmentos de forma artesanal, con mezclas de anilinas, adhesivos y aglutinantes (me llevé otra sorpresa al saber que, para pintar, también utilizó azúcar); y que la pintura al temple y el gouache eran sus principales técnicas.

En la segunda sección, “Influencia y enseñanzas”, aprendimos que, a pesar de ser tres años menor, su paisano jalisciense José Clemente Orozco fue su gran fuente de inspiración.

También lo fueron los expresionistas, el francés Georges Rouault (1871-1958) y el bielorruso Marc Chagall (1887-1985).

Pero lo que salta a la vista es la influencia que tiene de las artesanías y del arte popular mexicano; y de los colores más socorridos como el rosa, azul, rojo y amarillo.

En la tercera parte, “Muerte y bestiario”, es donde no puede negar la cruz de su parroquia.

Chucho Reyes pinta lo que ve en el campo: caballos, víboras, flores; en el circo o ferias: tigres, leones, peces, aves; y en palenques: los gallos.

De manera especial son estos últimos los que predominan o, mejor dicho, los que dan identidad a su obra pictórica.

Y siendo tan mexicanista, no podía faltar en dicha obra la muerte, con claras influencias de José Guadalupe Posada (al que pudo haber conocido personalmente), a través de una gran gama de calaveras y cráneos en diferentes posturas (incluso una calavera que come sandía).

Finalmente, “Lo místico y lo profano”, en la que Reyes expresa su religiosidad con figuras bíblicas como Adanes y Evas, ángeles, arcángeles, querubines, demonios y diablos; imágenes de cristos, santos, vírgenes y monjes; retratos funerarios de niñas y niños (tan comunes a fines del siglo XIX y principios del XX); así como ofrendas de Semana Santa: altares de Dolores o “incendios”.

La exposición termina con una frase lacónica y lapidaria del propio autor que refleja lo que pensaba sobre su obra: “¡Pero, por favor, que no presenten mis cosas como obras de arte!”.

Y no podía faltar el libro que, por lo regular, acompaña a toda exposición del Palacio de Bellas Artes, con el título de la misma y en el cual escriben especialistas de la talla de Karen Cordero Reiman, Juan Rafael Coronel, Rodrigo Rivero Lake, Jaime Moreno Villarreal y Francisco Reyes Palma, además de incluir un catálogo con su obra.

A mi parecer, la exposición y el libro constituyen el más justo homenaje que se le ha hecho a Chucho Reyes en la historia del arte mexicano.

Los autores mencionados coinciden en que, si bien su obra es ampliamente conocida y coleccionada en nuestro país, ha quedado al margen del discurso histórico del siglo XX.

Es cierto, basta con mirar recopilaciones como México su apuesta por la cultura (Armando Ponce, coordinador, 2003; Grijalbo/Proceso/UNAM), libro de 760 páginas en el que Chucho Reyes tiene tres menciones, dos respecto de su colaboración con Luis Barragán y Mathias Goeritz en el proyecto de las Torres de Satélite, y una más, escueta, como “redentor del arte popular”.

Gracias a Guadalupe Loaeza nos enteramos que Chucho Reyes vivió una anécdota similar a la de “los 41” inmortalizada por Posada, pero en su natal Guadalajara: redada policiaca en una fiesta gay en su casa, todos los invitados presos en la cárcel, entre ellos el propio Chucho acusado de “invertido, corruptor de menores y organizador de saturnales”, y sacados al otro día para barrer las calles de la capital tapatía mientras la gente los insultaba.

Tal vez por eso los “gallos” son una parte simbólica importante en su obra.

A pesar de ello, Loaeza dice que al llegar a la Ciudad de México comenzó a cobrar fama (tenía 60 años) y fue recibido como héroe por los Contemporáneos Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, Carlos Pellicer y Elías Nandino; que era admirado por Marc Chagall (por lo que la influencia artística fue recíproca), a quien conoció en 1942 cuando vino a México; y que la empresaria y filántropa polaca-estadounidense Helena Rubinstein compró más de un centenar de sus obras que decoraron los salones de belleza que ella abrió por todo el mundo.

En fin, la exposición de Bellas Artes ya concluyó, pero varias de sus obras en papel China las pueden ver ahora en la exposición “Chucho Reyes: Un canto a la felicidad”, en la galería de Rodrigo Rivero Lake, en Polanco.

 

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Perfil del Autor

Investigador de la Paz y no Violencia con énfasis en las diversas manifestaciones  artísticas y culturales.
Apuntes sobre Cultura y Artes de un no experto.