Horrores Educativos

 

 

David Díaz 

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En vida

jueves, 5 de julio de 2018
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Cuando se presenta un evento súbito, traumático, inesperado, que pone en riesgo o acaba con la vida de una persona, es común que existan muestras de afecto, consideración o apoyo por lo acontecido.

Estas muestras siempre serán bienvenidas, pues eso refleja el cariño que una persona se ha ganado a través del tiempo, y por supuesto que levantan el ánimo del afectado y sus seres cercanos.

Con todo lo valioso que eso es, considero que una forma mucho más pertinente para mostrar el amor por el de enfrente es hacerlo patente, no cuando se presenta un evento fuerte, sino todos los días, citando aquella emblemática frase: en vida.

Si realmente queremos a una persona, hay que hacérselo sentir en todo momento, reconociendo lo que hace, aplaudiendo sus logros y aconsejando cuando sentimos que no va por el mejor camino.

Si en verdad respetamos a alguien, nunca le quedemos a deber nada, ni dinero, ni sonrisas, ni agradecimiento; con el paso del tiempo, saber que no le cumplimos acabará por generar una culpa y un sinsabor que después será imposible resarcir.

Si decimos que tenemos consideración por el de enfrente, no le carguemos la mano pidiéndole o dejando que haga cosas que son nuestra responsabilidad, fingiendo demencia y haciendo de la costumbre un hábito; todavía mejor, no asumamos que tiene que hacer cosas por nosotros por decreto.

Hay que tener cuidado con nuestras palabras y acciones; en el enojo, una persona es capaz de decir y hacer muchas cosas sin sentido, en ello, padres capaces de recriminar a sus hijos por su desgracia, echarles en cara lo que hacen y pagan por ellos, sin pensar que en cada letra va una daga que carcome el alma y el espíritu de ese ser humano.

Porque lo consideramos correcto, somos capaces de retirar el habla, incluso a nuestros familiares, en un orgullo absurdo y desmedido.

Sin mediar consecuencias, abandonamos a las personas y nunca les marcamos por teléfono, les visitamos o preguntamos por ellos; resulta que siempre tenemos cosas más importantes que hacer.

Luego las cosas pasan y la vida no alcanza para arrepentirnos de lo que no pudimos resolver a tiempo; como nunca, hay que dejarnos de actos de egoísmo puro.

Las cosas que hacemos por el prójimo deben nacer del corazón, y nunca es mal momento para dar una palmada, ofrecer una mirada tierna o aplaudir el logro obtenido.

Reflexionemos y actuemos, citando a esa noble poesía: No esperes a que se muera la gente para quererla y hacer sentir tu afecto... Serás feliz si aprendes a hacer felices a aquellos que te rodean... Nunca visites panteones, ni llenes tumbas de flores; llena de amor corazones... En vida, hermano, en vida.

No esperemos a que la vida nos ubique a destiempo.

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