
Por: César Camacho Quiroz
Las cifras de la democracia, los datos que arrojó la jornada electoral del domingo fueron impresionantes, pero lo verdaderamente trascendente para México, es el significado profundo que tiene el triunfo democrático del Partido Revolucionario Institucional.
Más de tres millones de ciudadanos mexicanos formaron parte de este ejercicio, entre representantes de los partidos políticos -que dicho sea de paso por primera vez lograron una cobertura sin precedente en prácticamente todas las mesas receptoras de votos-, observadores electorales nacionales y extranjeros, y los funcionarios voluntarios que instalaron más de 143 mil casillas en todo el territorio nacional, lo mismo bajo lluvias torrenciales que habían provocado inundaciones, que sometidos a temperaturas de alrededor de 40 grados centígrados, en las que captaron, cuidaron, contaron y reportaron la mayor cantidad de sufragios de la historia.
Todo, en una jornada en la que no hubo incidentes que lamentar, asociados al proceso de elección.
Ésta fue, en resumen, la jornada más y mejor protagonizada por los mexicanos que vencimos el abstencionismo, y la elección más transparente que ha traído como resultado al Presidente de la República más votado en un proceso democrático que, más que por la contundencia de los números que dan cuenta de ella, resulta significativa porque se convierte en un nuevo hito de la historia política nacional; último eslabón –aunque todavía no el final- de la llamada “transición democrática”; cadena de sucesos relevantes que en este momento se significa por el depósito de la confianza mayoritaria de la gente, en un partido que, aunque añoso, hoy luce más vigoroso que nunca.
“Elección plebiscitaria en la que los ciudadanos castigaron el mal desempeño de los dos gobiernos del PAN”, dicen algunos; “Jornada electoral en la que la ciudadanía penalizó los exabruptos de seis años atrás del candidato de los partidos de izquierda”, señalan otros.
Ambas visiones, seguramente acertadas parcialmente y complementarias, no pueden olvidar que el PRI, siendo minoría en el Congreso impulsó la mayoría de las reformas de los últimos años, contribuyó a generar las condiciones de gobernabilidad y generar equilibrio institucional en momentos de crisis y supo recuperar terreno desde los municipios y estados del país, cuyas elecciones ganó en su mayoría en estos doce años, en los que prácticamente todos los gobiernos estatales priistas rindieron resultados bien calificados por los gobernados.
De suerte que, si aceptamos que este domingo los electores castigaron a otros, tendríamos que conceder que en su mayoría premiaron al tricolor.
Así las cosas, esta elección es expresión clara de madurez democrática de ciudadanos e instituciones mexicanas; es decir, del proceso de consolidación de la democracia que hemos vivido, y que hace que en nuestro país impere una realidad política, social y jurídica completamente diferente a la de la última década del siglo pasado.
Por eso se puede decir que, políticamente, México ha cambiado, sin dejar de ser el mismo.
Y por eso también es importante la insistencia de quien, triunfante, pero no triunfalista, Enrique Peña Nieto, asumiendo que está llamado a ser actor central, pero no único, de la siguiente fase del proceso de consolidación de la democracia, plantee e insista que su propósito es ejercer una Presidencia Democrática, que avance sobre dos rieles paralelos: buenos resultados del gobernante electo por la mayoría; y buen desempeño de un gobierno incluyente, que no sólo gobierne para todos, sino que lo haga con la participación de todos.
Esta es la perspectiva que permite afirmar que, con el triunfo de Enrique Peña, ganó México, y que la llegada del candidato del PRI a la Presidencia de la República, es el más reciente y gran avance democrático de México.




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