Noticias del vecindario

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El vecino enojón. Así tituló la revista Newsweek su portada aquel febrero de 1979, cuando los presidentes de México y Estados Unidos se reunieron para confraternizar. Algo dijo el presidente López Portillo, después de la ceremonia de bienvenida, sobre los agravios del país ante la soberbia de los poderosos del mundo.

    James Carter no salía de su pasmo, claro, el discurso concluyó con afabilidad y la vinculación histórica de ambas naciones, pero el señalamiento quedó ahí, como estigma para algunos años. “The angry neighbor”, le llamaron.

    Ahora ha tocado turno a los mandatarios del momento, para celebrar –dizque– la firma del TEMEC. Un encuentro que fue en “fast track”, sin mayores riesgos ni discusiones. Cada cual puso su mejor cara, dijo lo menos posible, sonrió hasta el rictus a la hora de las fotos. “Mi buen amigo”, sí, “mi buen amigo”.

    No es improbable que dentro de un año, a como marchan las cosas, vuelva a darse otro encuentro entre mandatarios, esta vez con Andrés Manuel López Obrador de este lado, y de aquel Joe Biden, el demócrata, que se hizo a la sombra de su mentor Barack Obama, de quien fue vicepresidente durante ocho años. Será el momento de olvidar las sonrisas y ponerse a discutir, en serio, los problemas de la vecindad: la migración, los cárteles, la balanza comercial.

    El encuentro se dio en las peores circunstancias. La pandemia galopante, en ambos lados de la frontera, sin visos de llegar a buen puerto hasta la terminación del año. Fue algo de lo que no se dijo una coma, cuando que sus pensamientos no abandonaban el cotejo electoral en ciernes; allá en noviembre próximo, acá dentro de un año para renovar la burocracia de medio país. El más prudente fue el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, quien se disculpó nada emocionado por celebrar ese acuerdo que, a fin de cuentas, no es más que el mismo de antes (el TLC) pero con su revolcadita antineoliberal.

    Otro encuentro de antología fue el de junio de 1962, cuando el presidente John F. Kennedy visitó México, en su empeño por lanzar su “Alianza para el Progreso” en Latinoamérica, y que los exaltados del continente se dejaran de soñar con la multiplicación de los focos guerrilleros del tipo castrista, que tan buena acogida había tenido en el plano internacional.

    Católicos de formación, Kennedy y Jaqueline, su mujer, visitaron antes que nada la basílica del Tepeyac, para ser acogidos por la Virgen de Guadalupe. Un día después, en la cena ofrecida a los visitantes en Palacio Nacional, ocurrió una anécdota que habla de la bonhomía de ambos mandatarios. En algún momento John Kennedy le comenta a López Mateos, “oiga, señor Presidente, ¡pero qué bonito reloj tiene usted!”. “Sí, gracias”. “No, en serio, señor Presidente, ¡pero qué bonito reloj trae usted!”, a lo que López Mateos responde con prontitud, se lo quita y se lo entrega. “Ande, acéptelo, se lo regalo”, y el otro, tan ufano. Se lo pone. Minutos después son los saludos del cuerpo diplomático, y al ver pasar a Jaqueline, el presidente López Mateos le comenta a Kennedy: “Oiga, señor presidente, ¡pero que bonita mujer tiene usted!”. “Sí, gracias.” “No, en serio, señor Presidente… pero qué guapa mujer es la suya”, a lo que Kennedy responde de la única manera posible: se quita el reloj y se lo regresa. Muchas gracias.

    Ahora no fue la oportunidad de hacer tanta ostentación. La cena fue con empresarios, de ambos lados, y discursos de agasajo y brindis de concordia. Aquí no paso nada. Todos somos amigos.

    El asunto es que ambos mandatarios gobiernan países para el que no fueron electos. La pandemia, y la consecuente debacle económica, plantean un escenario inconcebible un año atrás. La recesión que ha iniciado se prolongará, por lo menos, hasta la conclusión de 2021, así que ni uno ni otro podrán ofrecer a la ciudadanía cuentas alegres. Nada que no sea desempleo multiplicado, focos de hambruna y, posiblemente, asomos de descomposición social. Con TEMEC y sin él. Nadie previno esta “nueva normalidad” que no hace más que añorar la vieja, la de antes, cuando los abrazos y la ausencia de los cubrebocas eran la norma.