Notre Dame

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Las tragedias, independientemente de su magnitud (factor eminentemente subjetivo), siempre dejan enseñanzas; adicionalmente, permiten evidenciar la diversidad de ideas, la pluralidad sobre la interpretación de las cosas, el nivel de educación y cultura de ciertas personas, todas éstas, capaces de generar sorpresa.

 

Lo acontecido el pasado lunes en la emblemática Catedral de Notre Dame en París, es una verdadera calamidad, en principio, por la antigüedad del inmueble.  Su construcción inició en 1163 y fue concluida en su totalidad para 1345.

 

También lo es porque desde una visión arquitectónica, era uno de los más grandes emblemas del estilo gótico; testigo de innumerables acontecimientos históricos entre los que destaca la Revolución Francesa y el esfuerzo imperialista de Napoleón Bonaparte. Referente literario de escritores como Víctor Hugo y visita obligada para todos aquellos que visitan la llamada Ciudad Luz.

 

Un voraz incendio que le causó daños importantes fue la nota en prácticamente todos los espacios noticiosos del mundo, lo cual habla de la trascendencia e implicaciones globales, al punto de testimoniar la caída de la emblemática aguja central diseñada en el siglo xix por Viollet-le-Duc.

 

A la par, la cantidad de expresiones en torno al suceso que iban desde los parisinos mirando el inmueble humeante a la distancia llorando, entonando cantos y mirando con incredulidad lo que estaba pasando; hasta nuestros mexicanísimos memes haciendo burla del asunto y tomando a Cuauhtémoc Blanco (en alusión al Jorobado) como estandarte para la risa.

 

Independientemente de lo que se quiera decir, es una pérdida irreparable para la cultura del mundo; pocos espacios logran concentrar a tantas personas con la intención de apreciar reliquias, obras de arte y objetos con un significado individual.

 

Particularmente para el mundo católico, es de suma relevancia saber que ahí se resguardan la corona de espinas, un pedazo de la cruz y uno de los clavos que dieron muerte a Jesús.  Se trata de temas de fe que merecen el respeto de todos, porque existe una libertad para creer en lo que cada quién considere legítimo, y en ello debiera haber algo de sentido común en quienes desean expresar una opinión.

 

Incluso hubo quienes se atrevieron a decir que sólo se están quemando piedras; sin consideración alguna al sentido de pertenencia o valor que cada persona le atribuye al afectado templo.

 

Me parece que en el proceso de formación y educación de las nuevas generaciones, deberíamos de hacer énfasis en el reconocimiento de la historia y la importancia de los acontecimientos que marcan al mundo. No podemos ser insensibles ante la quema de un inmueble que por algo fue reconocido como patrimonio de la humanidad.

 

Mucho me temo que la inmensa estupidez (por no decir pendejez) humana se evidencia cuando cosas así, suceden.