Padres horrendos

Views: 656

Hay cosas que suceden tan inverosímiles que, sólo porque son contadas por algún conocido o porque lo testimoniamos en la calle, se vuelven creíbles.  Desafortunadamente algunos seres humanos actuamos con tal irracionalidad que no queda más que desglosar las razones de fondo, para tratar de encontrar explicaciones.

 

Por ejemplo, algunas personas suponen que porque tienen mayor poder adquisitivo que otros, son algo así como especiales y deben ser tratados como dioses por todo aquel con el que interactúan; es decir, se sienten con el derecho de imponer su voluntad en cuanto lugar se aparecen, ostentación, arrogancia y prepotencia por delante.

 

Hasta ahí, cada quien sus traumas; el problema es que muchas de estas personas con el tiempo se vuelven padres de familia, y en lejos de ir mejorando su postura ante la vida, la refuerzan e incrementan, al grado de exponer argumentos absurdos para defender sus privilegios en todo sitio.

 

Cuando los hijos de este perfil de personas ingresan a las escuelas (por supuesto particulares) reafirman su visión del mundo y, entre otras cosas, prejuzgan el trabajo de profesores y escupen estupideces tales que nada más confirman que por más dinero que se tenga, la educación se obtiene por otros medios.

 

Personas que son capaces de decir que no les interesa que sus hijos aprendan, sino que estén a gusto, si así piensan, ¿para qué demonios los mandan a la escuela?, en los centros educativos, por definición, se tienen que establecer normas, reglas, actividades diversas, todas enfocadas a propiciar el aprendizaje necesario para el crecimiento cognitivo, psicológico y social de sus alumnos.

 

Quizás porque no entienden esto (ignorancia tácita), encaran a los profesores y pese a los argumentos de éstos, su necesidad de tener la razón siempre les hacen acudir a instancias superiores (entiéndase coordinadores o directores) para inventar cosas y tratar de echar lodo a colaboradores cuyo único pecado es tratar de hacer bien su trabajo.

 

Sin generalizar, muchos de estos padres prepotentes, ni siquiera están atentos a las necesidades emocionales o sociales de sus hijos, porque los dejan en manos de nanas o institutrices particulares, y la realidad es que no toleran que alguien ajeno a su núcleo cercano sea capaz de sugerir cualquier cosa sobre el buen desarrollo de esos pequeños.  Es un mecanismo de defensa para mostrarse como personas bien preocupadas cuando la realidad es que no.

 

Con el tiempo, esos pequeños educados por estos padres horrendos, acaban por creerse que son superiores y replican conductas que en nada coadyuvan a la generación de mejores sociedades.

 

La arrogancia y prepotencia se mantienen si no se educa en la humildad; reconocer fallos, debilidades y equivocaciones no es un síntoma de inferioridad, por el contrario, nos dignifica y hace grandes ante los demás, aunque nuestra cuenta bancaria no sea tan grande.