Piedra Solar

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Un viaje rápido, como hace tanto tiempo, abordar el autobús, el metro, la caminata bien conocida. La orientación permanece, el instinto nos conduce al centro del espacio, inicio de los cuatro caminos, al punto de origen de nuestra Historia o  lo que todavía resplandece de ella, el Museo Nacional de Antropología, más mexicano que ninguno otro, con su bandera ondeante, su escudo monumental y su arquitectura abierta a la manera de las plazas mayas y su distribución equilibrada donde los elementos no dominan el movimiento, sólo conducen los pasos de los visitantes.

 

Al fondo, tras recibir la lluvia profunda de la fuente-paraguas gigantesco con ese bramante sonido recogido por un caracol espondillus de mármol blanco que languidece ante el color oscuro del concreto, ahí, junto a una sencilla imitación del paisaje lacustre se resguarda el tesoro de piedra más venerado de nuestra mexicanidad; la Piedra Solar, desatinadamente llamada Calendario Azteca, en un intento mercantilista de encontrarle una clasificación inmediata a toda reliquia antropológica.

 

Este disco gigante tiene su propia energía, lo demuestra la procesión de nacionales y extranjeros que deambulan bajo su influjo y lo miran e intentan descifrar las cámaras, casillas y recuadros, eventualmente, tras visualizar las serpientes celestes que son las primeras que saltan a la vista y regocijarse por entender una fracción de la sabiduría que encierra el monumento de la “Cuenta de los días”.

 

Innumerables también son las explicaciones que presumen los espectadores, muchas acercándose a lo científico, las más, producto de la necesidad de creer y del orgullo nacional, esa enfermedad que a los pobladores del  Ombligo de la Luna nos afecta durante las fechas conmemorativas.

 

Sabemos de los cuatro soles, poco, porque de ellos sólo tenemos presente el Quinto Sol y de los hombres que fueron sobreviviendo a cuatro cataclismos que ignoramos, primero se convirtieron en monos, luego en aves, después fueron peces y al final jaguares, esas crónicas se pierden en la incertidumbre de los tiempos.

 

Los que sí han llegado hasta nuestros días, sin deberlos ni temerlos, son los 20 días funestos, que arriban cada año y nos obligan a permanecer al margen de cualquier decisión, sólo que no lo sabemos y le llamamos mala suertesiempre vendrán tiempos mejores.

 

La Piedra Solar nos dice muchas cosas sobre la vulnerabilidad de la estirpe humana, su desconocimiento o ignorancia de lo esencial,  y el porqué de  salir corriendo a buscar la protección de Coatlicue. Regresar al Museo en domingo es vivir una personal búsqueda del corazón sacrificado.