POEMAS A XAVIER

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XAVIER

Imagino en tu pecho un maizal
en donde el sol sonríe porque acaba de despertar:
un sol niño con los cabellos despeinados.
Alrededor, en el músculo rosado:
un pueblo pisa descalzo la tierra.
Sobre cada cabeza una nube
cuya caricia algo tiene algo de fiesta.
Palmeras mueven su cintura como mujeres
y los pastizales altos desearían arder
y elevarse como incienso.
El horizonte tiene, como en la infancia, un arcoíris:
las monedas doradas del sueño.

La frente se purifica por el sudor.
Es un orbe ancho como posible, donde los días
dejan su marca que no siempre es de esclavitud.

Y la distancia no es límite
si el cariño ilumina como hoguera.
Y cada palabra de un muchacho
es una finísima gota de miel resbalando de lo eterno.

Tu sonrisa, aquí, se detiene
en un remanso
para que alguien pueda beber un trago.
Y al apurarlo bebe también lo mejor de sí mismo.

Es un contacto simple, pero intenso.
Parecido al del niño dormido
que aprieta entre sus piernas una almohada.

Un viento caluroso de poesía.

ME HE DEDICADO A ANTICIPARTE EN SUEÑOS

Abandonado a la sábana de mayor fortuna,
sueñas en mi sueño la entereza de una fruta;
y algo angelical, religioso,
acude a ordenarse al instante:
como si de tu frente naciera una estrella
y tus pies fueran lavados por leche.

Y cuando despierto, el día bendice las horas
que paso delineando cada uno de tus cabellos, tu rostro
en que la hermosura del niño y el hombre están juntas,
sin disputarse el trazo definitivo.

Eres algo que no podría compartir con nadie:
mi gotita de miel, mi pedacito de oro.

Te busco como la madrugada busca cumplir su hora;
y te intuyo siempre dichoso, ráfaga de fuego
para arrasar cualquier espíritu.

Cuando pueda estarte cerca
y tu cuerpo sea algo más que luz del pensamiento,
algo inabarcable como el mundo habrá declarado la paz:
confirmaré mi locura
y tú estarás completo ante la voluntad que te adora.

Serás la vida de verdad u otra máscara de la nada.
Pero serás al fin mi igual.

SOL DE CUALQUIER HORA

Eres pan solar para este corazón nervioso.
Cuando me hablas,
se inflaman las horas como ráfagas dichosas
y la ansiedad se diluye en tus dulces palabras.

Aun en la tiniebla, si tan sólo te pienso,
conduces mis pasos de vuelta al hogar.
Me duermo abrazado a tu recuerdo.
Y, ay, si de nuevo amanezco afligido,
buscando no sé qué cosa fuera de mí,
tu luz desanuda los nudos de la garganta
y traza en mí una sonrisa.
Porque eres fuego familiar
que sin quemar cauteriza.

Astro de mis días, tiendo siempre a ti
con manos alzadas.
Tu indulgencia baja mi pecho,
ensanchándolo; y allí cabes siempre,
en toda tu formidable magia de muchacho amado.

Tu belleza ilumina entonces La Creación entera
y la sostiene.

No dejes nunca a esta humildad que tanto te necesita
vagando de vuelta en la oscuridad.