POEMAS ESCRITOS A A. S.

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TRÉBOL DE CUATO HOJAS

Debo confesar que eres, ya, una leche
que se bebe despacio por la sinrazón
del caudal tibio y ancho en que fulgura
un concierto de chispas y beldades.
Lo siento como una fiesta tranquila de colores. Esa leche
destila de tu rostro hace poco imberbe;
es una certeza de hacer el bien.

Aspiración. Alegría. Un regalo
encontrado que debe repartirse. ­
(Estas palabras apenas sueltan el polen deseado
en el despertar de simpatías reunidas
para la manifestación de lo diáfano:
el ser que comulga.)

Por suerte acerté tus ojos: nobleza;
su mirada como un campo que alguna vez se revuelve.
Y estaría dispuesto a regalarte mi corazón
en la confianza sin cláusula
de quien participa del pan de las almas
danzando en el viento suave,
el buen vino de los días multiplicado en la sangre.

Nada soy que no serías por ser humano.
Trébol de cuatro hojas, te levanto en mi corazón
para amarte más de cerca, profundamente agradecido
por tan sólo haber figurado en el camino.

TE EXTRAÑO

Estás lejos;
y mi mano no puede acariciar un segundo el fieltro de la tuya
ni mi voz (ahora como un vidrio roto)
resuena junto a ti como una queja
que entre el ruido más grave de la vida se perdería.

Estás lejos (te siento lejos);
y he pensado en ti
como un niño con gripe, apartado en su camastro,
piensa en reunirse con los suyos. Y he querido
rechazar, arrugar como a un papel inútil la desazón
de no poder desanudar el laberinto de los días hasta encontrarte,
llegando a un horizonte cercano,
y mirarte como a un pequeño sol de los minutos
llenando de colmenas el momento,
certificando, con algo menor que una mirada cómplice,
la risa ciega de lo que también siento mío:
tu callada belleza de amigo.

Es como una miel que se derrama desperdiciándose,
pero que aún es dulce. Y clara. Y espesa:
el brillo de un afecto puro hasta las lágrimas.

Es el egoísmo piadoso.
El miedo difuso de perderte, que me pierdas,
como se pierde, olvidado en un pantalón, un billete,
y luego se moja y ya no sirve.

Y una como obligada necesidad de espejear el optimismo
para demostrar su valor,
viendo en ti, por los dos, lo hermoso que hay en mí.
Y que puedas hacer, seguro, lo mismo.
Una vez al menos,
acaso, todavía.