Primero adentro

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En el México moderno suceden cosas increíbles; lo acontecido tras los comentarios misóginos y racistas de un tipo que se dice actor y de apellido Goyri, en contra de Yalitzia Aparicio, generaron una ola de reacciones que, de manera prácticamente unánime, condenaban lo dicho.

 

El resultado fue una feroz (y merecida) campaña en defensa de la protagonista de la galardonada cinta de Alfonso Cuarón, Roma.  Que las personas muestren solidaridad ante la agresión del otro me parece positivo en un país en el que la agresión, la intimidación y el abuso en sus diversas expresiones son cosa tan cotidiana como el respirar.

 

El problema radica en que un altísimo porcentaje de esas personas que salen a dar la cara por una causa, lo hacen más por una postura política o de imagen que por una verdadera empatía con los agredidos.  Seamos claros, asumir esas posturas se ve bien.

 

Es hipócrita andar por la vida como salvadores o paladines de la justicia, cuando somos incapaces de mostrar esas conductas que tanto pregonamos en nuestra propia casa.  Resulta muy común que personas que ante los ojos de los demás se venden como hermanas de la caridad, resultan ser justo lo contrario dentro de sus grupos de relación íntimos.

 

Muchos de los que se ofendieron porque llamaron Pinche india a Yalitzia, son los que en casa son incapaces de levantar el plato en el que comen, aportar dinero para los servicios que consumen o agreden verbalmente a quien se les cruza enfrente.  Es decir, afuera son solidarios y comprometidos, mientras que adentro son odiosos y comodinos.

 

En la misma tesitura, escuelas que pregonan educación en valores, pero que son omisas (o fomentan)  la discriminación que reciben alumnos con pocos recursos económicos o con tonos de piel que no convienen a su comunidad.

 

Cabezas de instituciones que se muestran bien preocupados por la situación salarial de sus trabajadores, pero que no están dispuestos a reconocer que la brecha entre sus salarios es francamente exagerada.

 

Padres o madres de familia que están bien buenos para dar sugerencias en torno a la forma en que otros deben de actuar ante tal o cual situación, pero que en casa son incapaces de ver las problemáticas graves que tienen con sus propios hijos.

 

Candiles de la calle que se montan en cualquier causa que parezca justa, con tal de querer mostrar al mundo que son dechados de virtudes y extremadamente empáticos con los más desfavorecidos del mundo; es un asunto de educación, vivimos para la calle, para guardar las apariencias, cuando es nuestra realidad la que merecería tener atención.

 

De nada sirve querer ser perfectos afuera, si adentro tenemos una y mil broncas.  Pero cada quien puede creerse lo que quiera, recordemos que podemos verle la cara al mundo, pero a nosotros mismos, ¡jamás!