PRIVACIDAD Y LA PRESERVACIÓN DE NUESTRA CULTURA

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Hace un par años en un encuentro internacional de autoridades de protección de datos personales
una vez más confirmé el cariño que el mundo tiene con las y los mexicanos y nuestra cultura, sin
embargo, en diversas ocasiones regresa a mi memoria una expresión particular, en la cual uno de
mis interlocutores europeos señaló que teníamos una cultura extraordinaria, que debíamos tener
cuidado de que la protección de datos personales y la privacidad fueran un instrumento para
preservarla, no para acabar con ella.
En nuestro país abordar el concepto de privacidad no es fácil, a pesar de que todos contamos con
una dimensión interior sobre lo nuestro, compartimos una personalidad franca y abierta frente a
los demás, incluyendo familiares, conocidos y extranjeros. Así como nos resulta atribuible el
concepto “malinchista”, en la misma medida resulta aplicable el “compadrazgo”, “chismerío” y
“metichería”, es decir, nuestro actuar tiende al desenvolvimiento y a la transparencia, sin importar
si es propio o ajeno, somos una sociedad conectada por distintos vínculos, en los cuáles, los
círculos sociales están acostumbrados a la ausencia de barreras o restricciones sobre la
información de la vida de otros, como parte del sentimiento de pertenencia a una comunidad.
En mayor o menor medida, esa idiosincrasia es compartida por los connacionales que toman como
punto de partida la Ciudad de México, aumentando la apertura por parte de aquéllos que viven en
la costa o un lugar cálido, o más restringido en los lugares fríos o con condiciones físicas adversas.
Sin embargo, más allá de la teorización sociológica sobre la personalidad y el clima, la cultura
mexicana sorprende al mundo por su sabor y calidez, que siempre tienen un atributo “picante”
que desconcierta y genera sorpresa.
Estos atributos culturales son tan fuertes que tampoco distinguen clases sociales, ni
nacionalidades, por lo que las personas se identifican y mimetizan con nuestra sociedad a pesar de
que conservan su pertenencia a su medio, una de las mejores experiencias en el mundo es sentirse
mexicano. Más allá de los laberintos de nuestra propia esencia y soledad que a pesar de las
décadas no logramos decodificar, somos una sociedad privilegiada por nuestras características y
nuestro mestizaje transformador, altamente valorada por personas de otros países.
No por nada, cuando nos toca salir del país transitoriamente, temporal o permanente, la nostalgia
se queda como una huella que no se borra de la civilización, siempre con el deseo de regresar; la
convivencia en muchas ocasiones invisibiliza nuestras carencias físicas, en las que extranjeros
abandonan el desarrollo de sus naciones a cambio de una pintoresca experiencia; o, cuando se da
un matrimonio con un mexicano o mexicana, la nacionalidad se extiende para toda la familia.
Esos distintivos de nuestra cultura son difíciles de preservar en la sociedad de la información y el
conocimiento, caracterizada por la estandarización y homologación para facilitar el intercambio y
las relaciones existentes en la misma, lo que provoca en muchas ocasiones la falsa percepción de
que es necesario eliminar todo aquello que no se ajusta a dichos parámetros.

Dicha perspectiva, lamentablemente también se traslada al ámbito de la protección de datos
personales y la privacidad, a través de las medidas pertinentes para la preservación de la
individualidad que pretenden la implementación de medidas generales que puedan tener un
alcance mayor, que en el caso mexicano, se sustentan de manera importante en el modelo
europeo.
No obstante el carácter técnico de dichas medidas, el enfoque de protección del sistema al cual
pertenecen condiciona de manera importante su implementación, por lo que no extraña que
diversas experiencias tomen como referencia el caso europeo sin llevar a cabo un análisis para su
adaptación o “tropicalización”, que se requiere para que responda a las necesidades de la
sociedad mexicana, ya que en caso contrario, afecta de manera directa las expresiones de nuestra
cultura.
Es así que cobra sentido la plática a la que hice referencia en el inicio de esta colaboración, debido
a que tanto las políticas públicas y acciones adoptadas para el desarrollo de la privacidad y la
protección de datos personales debe reflejar la experiencia mexicana, como un esquema que
adopta los principios desarrollados a nivel internacional, pero que intensifica nuestra cultura con
su distinción en la sociedad de la información y el conocimiento y tiende los puentes necesarios
para que ésta pueda permanecer y evolucionar en el medio.
En caso contrario, al copiar un modelo que no nos es propio, corremos el riesgo de reprimir
nuestra propia esencia que por siglos hemos tratado de reconocer, en la continua lucha entre el
papel del conquistado o el conquistador, y que en el proceso, el brillo de la fundición del bronce,
ha visualizado frente a los demás un sinfín de virtudes que a veces nosotros no notamos.
Ese reconocimiento cultural, a su vez, debe dar lugar a medidas características que se ajusten a los
requerimientos, por lo que constituirá un proceso complejo establecer las condiciones
estructurales para la protección de la privacidad mexicana, en la cual logremos, insertar nuestra
cultura como uno de los supuestos a preservar en el ámbito digital.
Para tal efecto, tal como acontece con las medidas de protección de datos personales, la finalidad
no será reprimir nuestra cultura o restringir el uso de la información, puesto que dicho enfoque es
perjudicial no solo para el desarrollo de la materia, sino para el desarrollo cultural y social de la
humanidad, en el entendido, de que el reto representa utilizar la mayor cantidad de datos de
manera proporcional de manera segura, es decir, que surtan efectos de manera positiva en la vida
de las personas y disminuir los efectos negativos a su mínima ocurrencia, con el objeto de que
nuestras relaciones físicas y digitales alcancen su máxima expresión, controlando la mayor
cantidad de riesgos presentes, tal como hemos controlado nuestro entorno físico.
Adoptar otra posición, sería como sugerir que para preservar la vida, hay que evitar algunos
nacimientos; para tener seguridad pública, no deberíamos salir de nuestras casas; para tener
salud, no deberíamos interactuar con el ambiente, o que, para tener privacidad no hay que
compartir datos personales por medios electrónicos, situaciones que en todos los casos resultan
ilógicas.
Ello, sin perder de vistas las situaciones particulares de violencia o inseguridad que se viven
actualmente, en las cuales, ante la imposibilidad de control se ocupan medidas drásticas, las
cuales de ninguna medida pueden considerarse reglas de protección, sino medidas emergentes en

un estado de excepción, que no puede perder de vista nuestro objetivo principal, como lo es la
libertad.
En ese orden de ideas, no tendría por qué asustarnos que las relaciones para conocer personas e
inclusive iniciar relaciones sentimentales se inicien en línea, ya sea que se trate de personas con
afinidades o completamente extrañas, mas bien, los medios digitales deben preservar las mismas
posibilidades que se dan en el ámbito natural, a romper cualquier tipo de probabilidad, ya que
ante una mayor cantidad de restricciones, como en el caso de las relaciones, muchas personas,
como su servidor, quién sabe si estaríamos escribiendo estas líneas en este momento.
Hasta la próxima.