¿Qué evitar a la hora de hablar?

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“El hombre sabio, incluso cuando calla, dice más que el necio cuando habla”

Thomas Fuller

 

El uso de la palabra es y será parte inherente de la humanidad, es la luz en la oscuridad de quienes “mudos ante la realidad” guardan silencio. La palabra es nuestro escudo de batalla ante las iniquidades humanas, pero también; puede convertirse en espada que desata tempestades y que como un huracán arranca la desbandada de buenaventuras que la vida tiene.

Aún y a pesar de que la humanidad ha evolucionado sustancialmente para agigantarse en estatura mental, ha disminuido en tamaño moral; el hombre tiene en lo intangible una pesada sombra que no le permite ser valorizado, habla pero su palabra tiene el hueco de la indiferencia, su mensaje es una cadena que oprime el pecho del orgullo y los rostros mudos de las nuevas generaciones reclaman ser escuchados, pero difícilmente son entendidos.

Se pide en diversos ámbitos (gubernamental, político, social e incluso familiar) hablar para darse a entender, pero no se instruye como hacerlo; se habla de las nuevas tendencias de la comunicación, pero no se hace mella sobre como nuestra comunicación básica y elemental está siendo poco entendible y muy pocas veces digerida por quienes nos rodean; es de observarse la necesidad de aplicar el postulado: “hablar no es necesariamente comunicar”.

Y es que efectivamente: pocas veces nos enseñaron a saber guardar silencio y más a modo de estrategia; nos enseñaron a alegar pero no hemos aprendido a escuchar, nos enseñaron el lenguaje y sus figuras morfológicas, pero no nos educaron sobre dónde y cómo poderlas ocupar. En un país que requiere que la voz de sus hijos emerja desde el pináculo del hartazgo en el que se encuentran sumidos, es necesario practicar y vivir la palabra, deleitándonos con sus silencios reveladores y sus encendidas chispas de ventura que hacen arder el mar de la conciencia nacionalista.

Y si bien, mucho se ha hablado de cómo hacer uso de la voz, como ejercer el broche velado de la palabra; pocas veces nos encaminan por la vereda de lo que no está permitido, porque esto desdibuja nuestras intenciones y nubla los verdaderos alcances de la palabra. ¿Qué no se debe hacer? es una de las preguntas que pocas veces se escucha en los cursos de la palabra, pero que es la llave por la que deambulan grandes secretos de ese bello arte.

Seguramente amigo lector; te has encontrado con conferencistas, oradores o catedráticos (principalmente) a quienes escuchas afanosamente y te contagian el somnoliento ambiente en el que viven, hablan sin entusiasmo, no le dan la chispa de libertad a la palabra en potencia y eso tiene consecuencias terribles en sus presentaciones, saben mucho y es muy probable que dominen el tema del que están hablando, pero es muy difícil que conecten con su auditorio o transmitan su idea derivado de que no transmiten otra cosa que el desgano propio de su presentación; evitemos por tanto hablar forzando nuestras palabras, aprendamos de los silencios benditos de sabiduría, pues en ocasiones es mejor callar que abrir el espacio al descredito no de nuestro conocimiento, sino de nuestra palabra dicha.

Lo mismo que el desgano, hablar en un tono eminentemente negativo (presa de emociones que no confabulan con la energía de un mensaje verbal), puede llevarnos a contrariar nuestra intención; recordemos que las emociones se contagian y que si el orador habla con una actitud hostil, desganada o negativa evidentemente nuestro auditorio va a retribuir a esa circunstancia mostrando la misma actitud. Lo mismo pasará cuando el ponente u orador constantemente bosteza mientras se encuentra en su exposición o se lleva gran parte del tiempo estando al pendiente de su reloj ¿Cuál será la reacción del auditorio al presenciar estos hechos? A los oradores se nos llega a olvidar en ocasiones que los primeros contagiados de la energía de la palabra debemos ser nosotros mismos, por lo tanto evitemos mostrar actitudes que no queremos que sean replicadas por nuestro auditorio, mismas que son contrarias a la misión por la cual empleamos la palabra.

Triste es escuchar y observar como en eventos públicos surgen las improvisadas expresiones: “espero no aburrirlos”, “no venía preparado”, “espero no enredarme con el tema”, “vengo a aprender”, “es mi primera vez”, “pues a ver que sale”; que lejos de alentar la participación del auditorio dilatan una sana relación, pues los tonos justificatorios del actor principal en un escenario al momento de hablar en público; nos llevan a perder credibilidad, restar atención a un tema que será disertado por alguien poco experto o incluso como impulso humano primario: dejar de escuchar lo que con posterioridad se dirá. Esto a la sazón de que quién habla tiene algo importante que decir, lo ha analizado, meditado e incluso lo tiene dominado y esto facilitara el correcto mensaje comunicativo.

Evitemos el uso de justificantes previos a nuestra intervención, pues denotaran nuestra escasa preparación, una posible improvisación, descontrol de emociones que no hemos sabido canalizar y que sin duda afectarán el desarrollo de nuestra intervención verbal y que por ende proyectan poca seguridad y dominio de sí.

Por último es necesario que aportemos vivencias a nuestra exposición, que hagamos evidente nuestra relación directa o indirecta con el tema a tratar, pues eso nos dará puntos a favor a la hora de hablar en público, ya que es bien sabido que existen líderes sociales que han sobresalido no por el conocimiento de algún tema en lo especifico o su preparación profesional; sino que hablan a razón de su propia experiencia, de esos que conectan con el corazón pues hacen sentir lo que dicen porque ellos lo han vivido primero.

Hagamos que la palabra se dignifique preparándola constantemente, puliéndola de los vicios comunes que la entorpecen y que no le permiten fluir en la diamantina realidad de las ideas, con su sonoridad y benevolencia. Hoy más que nunca necesitamos una palabra comprometida en el decir, pero enraizada en el hacer; seamos agentes de cambio con la contundencia de lo que se dice, evitando los errores que sin percatarse a veces, suelen cometerse.