Renata en tiempos de Coronavirus

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Con respeto a la familia Servín

 

 

Hace poco tiempo atrás, él declaraba haberlo vivido todo. Su condición de salud no le favorecía para hacer planes a largo plazo. Sin embargo, en los últimos meses, mirar el vientre creciente de su hija le despertó un sentimiento jamás experimentado.

Mientras observa el adelanto del embarazo, el hombre se pregunta ¿Qué sentiría ante la calidez de la existencia nuevamente entre sus brazos? ¿Viviría algo similar como cuando tuvo a sus hijas por vez primera en sus manos? Sueña con tener a su primera nieta en sus brazos; un pequeñito ser lleno de vida.

 

Mira a los nubios padres con la ilusión del primer hijo; jóvenes como el amor que dirige sus corazones.

 

La llegada de Renata –el ocho de abril– a este mundo de coronavirus, jamás será  olvidado. Tuvieron la fortuna de lograrla, pero sus pulmones nacieron tiernos como ella; es tan frágil. Hija y yerno, van y vienen por los pasillos del hospital, hay que trasladarlos, acompañarlos de un lado al otro de la ciudad.

 

Los cuidados son extremos, han apostado sus vidas por preservarla, han dado todo su amor de familia para evitar el contagio.

 

Ellos son la generación que enfrenta el miedo a la muerte, una muerte invisible persiguiéndolos en todos lados y en cualquier sitio incluido en el aire que respiran.

El abuelo está con ellos todo el tiempo; los mira angustiado con la zozobra de la vulnerabilidad. Los lleva y los trae, extreman los exigentes cuidados para protegerla. El corazón del hombre se sobrecoge ante Dios cada mañana que la niña sale al quite por la vida. Saberla un día más, le da la esperanza de compartir su mundo para cuando vaya creciendo.

 

Entre el amor y el miedo, van y vienen bajo la amenaza implacable muerte invisible. Renatita es una bendición en Dios obsequiada a la familia, un regalo en el amor, en la fe, y en la ilusión de la vida generada. La niña será la historia recordada como Renata en tiempos de Coronavirus.