Repitiendo tragedias  

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La muerte de Norberto Ronquillo, estudiante universitario, a días de culminar sus estudios, remueve y exhibe, otra vez, la realidad de un México golpeado, preocupado y cómplice de todo aquello que cuestiona.

 

Nada, absolutamente nada, justifica que grupos criminales, por obtener unos tristes pesos, fulminen por capricho la vida de personas que estaban haciendo lo que les tocaba de manera cotidiana. Nada, absolutamente nada, justifica la hipocresía social para quejarse y manifestarse en redes mientras permite en los hechos que cosas así sucedan.

 

Lastima todavía más, darse cuenta de que cuando existen medios económicos, ligeramente superiores a las clases menos favorecidas, hay un despliegue mediático que pone en la mira un caso, a la par que hay cientos de casos similares todos los días, en todo el territorio nacional, que por la pobreza de las personas, no se ventilan de la misma manera.

 

Enerva revisar el caso y darse cuenta de la nula preparación de la autoridad que ni siquiera fue capaz de salvaguardar el auto de Norberto para buscar la más mínima pista; es inconcebible que se haya permitido a un familiar retomar el auto en el lugar donde apareció, para irlo a guardar a casa. De kindergarden.

 

Preocupa la santurronería de algunas personas que, literalmente, se cuelgan de la tragedia, para hacer sentir a sus amigos o seguidores de redes que son personas probas, súper comprometidas y socialmente responsables. ¿Cuándo entenderemos que nada logramos con hacer alarde de las cosas sin acciones reales y concretas de fondo?

 

El problema es de una complejidad espantosa; porque por un lado existe ese rechazo social, legítimo, aunque no siempre honesto, y por el otro, una permisividad evidente en los senos familiares, o inconsistencias en el proceder de quienes tienen en sus manos posibilidad de cambiar las cosas.

 

La autoridad capitalina no sale de su discurso sobre el cochinero que se encontró, pero basta revisar que los dos partidos políticos creadores de la llamada mafia del poder tienen 22 años de no ser autoridad en la Ciudad; esas declaraciones me suenan a autogoles contundentes.  Más que lamentos, debemos exigir soluciones.

 

En Facebook o WhatsApp, expreso mi preocupación por lo acontecido, pero en mi entorno cercano reduzco mi plantilla laboral o les bajo el sueldo porque lo digo yo; en mi auto pego un letrero exigiendo justicia, pero a la primera oportunidad, me paso la luz roja y estoy a punto de atropellar a alguien; en pláticas con mis grupos de interacción, soy el más beligerante y hablo sobre cómo hacerle para cambiar las cosas, mientras en los hechos no pongo límites a mis retoños y les dejo hacer su santa voluntad, sin que haya un compromiso real que les haga valorar lo que tienen.

 

Griten, reclamen y sean empáticos, pero en donde deben, no en sus espacios virtuales. No hay otra forma de coadyuvar a un cambio, de otra forma las tragedias seguirán repitiéndose.

 

Abramos los ojos pronto.

 

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