Resiliencia

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¡Cree en ti! ¡Ten fe en tus capacidades! Si no tienes confianza –una confianza humilde, pero razonable- en tus propios poderes, no puedes tener éxito o ser feliz.

Norman Vincent Peale

 

Los tiempos que vivimos, nos están orillando a caminar dentro de nosotros mismos, a interiorizarnos, a aprender a vivir en un mundo interno de pensamientos y sentimientos; donde cada vez el ser humano socializa menos y se individualiza más. El resultado es catastrófico, si tomamos en consideración que entre más individualizado es un ser humano, menos puntos de equilibro percibe pues, la convivencia armónica tiende puentes e incendia la lámpara de cuartos inexpugnables aún en nuestra propia persona.

Ahora que comulgamos frecuentemente con términos como pensamiento mágico, empoderamiento, despertar de la conciencia; habría que cuestionarnos sobre que tanto influyen las tendencias en nuestro actuar, dejar de lado los productos de moda, para transformarlos en hechos tangibles que cumplan un resultado o atiendan una problemática en particular.

Es el caso de la resiliencia; entendida como una forma de resistir y superar las adversidades de la vida, tengan el nombre que tengan, pues el ser humano es constructor de realidades, pero en muchas ocasiones las limitantes que la vida presenta y las circunstancias adversas, van desmoronando nuestra capacidad de reacción, e incluso en ciertos casos nos van mecanizando a un actuar precedido de meros formulismos y frases perfectamente hilvanas para que sean repetidas copiosamente sin encontrarles mucho sentido en la aplicación de nuestras vivencias.

Sin duda, cada ser humano reacciona diferente ante la adversidad: hay quienes desisten del camino, otros tantos se vuelven retadores ante la vida y crean una coraza de autodefensa que se activa ante cualquier alerta de peligro, hay quienes evaden la realidad y con ello, el problema, e incluso hay quienes tristemente se arrebataron la vida por no poder caminar entre la adversidad; pues a nadie le enseñaron que hacer o que sentir cuando estuviéramos ante una decepción en la vida o ante un problema que afecta nuestra zona intima, es más; nadie nos ha enseñado a reaccionar ante los embates que se presentan en el día a día, el manejo de emociones no tiene más limitante que el no dañar al de a lado, el gran problema, consistente en que no sabemos, ni nos responsabilizamos cuando nuestra conducta va afectando la vida de la gente que nos rodea.

 

Es innegable que nacimos para ser felices y libres, pero profusamente resuena la gran verdad que entonara Rosseau: “El hombre nace libre, pero en todos lados está encadenado”. Cierto, vivimos atados a muchas cosas en nuestra vida: a recuerdos, circunstancias, personas, emociones negativas, etc.; el momento de levantar el rostro es el justo momento en que reconocemos el objetivo de nuestra vida, entre más entendamos a nuestro ser, más fácil lograremos un proceso de reestructuración y de adaptabilidad. Me atrevo a decir que en la medida que reconozcamos el lugar en donde nos encontramos parados, en esa misma medida podremos estirarnos para crecer; pero si permanecemos como el péndulo ondulatorio, caminando sin llegar a un punto fijo, estamos viviendo por vivir; desearemos alcanzar nuevos pedestales pero no sabremos hasta donde llegar pues relativamente no sabremos qué lugar ocupamos.

Empecemos por cambios sensibles, pequeños pero muy importantes. Sin duda el primer paso para afrontar una adversidad será reconocernos, entendernos, tener la intención de querer salir de la zona nociva en la que tal vez estamos viviendo; es importante sabernos para entendernos, ponernos a la vista desde la óptica de la verdad. La pregunta más efectiva para realizar tal tarea es: ¿Quién soy yo?, realizando un análisis a conciencia de defectos y virtudes, saber qué circunstancia o motivo nos ha llevado a estar en esta zona, para posteriormente pasar a la pregunta: ¿Quién soy ante el mundo? sin duda la percepción que los demás tienen nosotros afecta nuestra actuar, para bien o para mal (aunque no debería ser así). Mucho se ha dicho que somos arquitectos de nuestro propio destino.

Los grandes líderes o personas que tú y yo admiramos, han pasado por el crisol de la prueba en fuego y ante la tempestad decidieron no doblegarse y levantar las alas para surcar con más fuerza el horizonte, aprendieron en la dura prueba la muestra más grande del valor que se tiene como persona. Se dice con atinada razón que los grandes espíritus se miden en los problemas, en la capacidad que tienen para contrarrestarlos e incluso para superarlos, de tal suerte que no somos lo que logramos sino los retos que superamos.

Sabemos entonces que tenemos una capacidad innata para luchar, para levantar nuevos bríos, que por muy complicada que sea la situación todo tienen una solución, que la primer medida para contrarrestar la adversidad es reconocer lo que somos, para entonces tomar la decisión, o quedarnos sumidos en la desesperanza o bien asumir con responsabilidad el reto de decidir hacia dónde vamos y que haremos para cambiar el panorama.

El mundo está muy contaminado de competitividad, de protagonismo exacerbado, de una dosis contraindicada de deshumanización; no nos damos cuenta que tenemos dos manos y con una nos anclamos para no caer y con la otra podemos sostener a alguien para levantarlo o para apoyarlo ante una eventual caída. Hoy que se habla mucho del humanismo, del diáfano entramado de protección de derechos humanos, debemos replantear la medida de la humanidad, debemos educarnos para aguerridamente aprender a manejar nuestras emociones, para eliminar lo toxico de nuestra vida y aprender a vivir, no ha sobrevivir.

En tal medida, comprendemos que nadie sana siendo la misma persona, que el mundo está lleno de pruebas y desafíos, que hay tragos amargos que tendremos que aprender a digerir, que lo que hoy parece difícil mañana será simplemente una experiencia más en tu vida. Solo en la medida que comprendamos que nosotros decidimos hasta donde una adversidad nos puede afectar, podremos ser capaces de arrancarla de nuestra vida; hoy más que nunca, quiero que sepas que tú puedes si tú quieres; siempre habrá un momento para decidir: “no puedo seguir o no, puedo seguir”.