Rubén Darío, Amado Nervo, Alfonso Reyes y Pablo Neruda

Views: 415

El principal líder de los modernistas no pude quedar lejos de su recuerdo por los héroes y la patria mexicana —ni por Benito Juárez—, que le es cercano porque el poeta nicaragüense viene del siglo decimonónico, Rubén Darío, escribe con el afecto con que hizo sus poemas a héroes latinoamericanos Apóstrofe a México dice así: México: de glorias sumas, / de altas empresas dechado; / suelo imperial, fecundado / por sangre de Moctezuma / jardín que riega de espuma / tu golfo azul y sonoro; / preciado y rico tesoro / que, con sangriento destello, / hirió la frente del bello / príncipe barba de oro. / Patria de héroes y vates, / cenáculo de áureas liras; / bravo y terrible en tus iras, / victorioso en tus combates: si contraria frente abates; y te levantas potentes / y orlado, a la luz del día, ¡como tu águila bravía / devorando a la serpiente!

 

Por su parte el nayarita —gloria de las letras mexicanas— Amado Nervo, canta en su poema La raza de bronce, en el VII capítulo de dicho texto que por su significado es de los más memorables: Y el fantasma postrer llegó a mi lado: / no venía del fondo del pasado / como los otros; mas del bronce mismo / era su pecho, y en sus negros ojos / fulguraba, en vez de ímpetus y arrojos, / la tranquila frialdad del heroísmo. / Y parecíome que aquel hombre era / sereno como el cielo de primavera / y glacial como cima que acoraza / la nieve, y que su sino fue, en la historia / tender puentes de bronce entre la gloria / de la raza de ayer y nuestra raza. / Miróme con su límpida mirada, / y yo le vi sin preguntarle nada. / Todo estaba en su enorme frente escrito: / la hermosa obstinación de los castores, / la paciencia divina de las flores / y la heroica dureza del granito… / ¡Eras tú, mi Señor; tú que soñando / estás en el panteón de San Fernando / bajo el dórico abrigo en que reposas; / eras tú, que en tu sueño peregrino, / ves marchar a la patria en su camino, / rimando risas y regando flores! / Eras tú, y a tus pies cayendo el verte: Padre, te murmuré, quiero ser fuerte: / dame tu fe, tu obstinación extraña; / quiero ser fuerte como tú, firme y sereno; / quiero ser como tú, paciente y bueno; / quiero ser como tú, nieve y montaña. / Soy una chispa: ¡enséñame a ser lumbre! / Soy un guijarro: ¡enséñame a ser cumbre! Soy una linfa: ¡Enséñame a ser río! / Soy un harapo: ¡enséñame a ser gala! / Soy una pluma: ¡enséñame a ser ala! / y que Dios te bendiga, padre mío! sólo un fragmento de uno de los poemas más grandes hechos en este continente de raza cósmica y mestizaje de oro. 

 

Por su parte, es recordable la figura de don Alfonso Reyes, el sabio mexicano, quien pone sus palabras y letras para hacer un retrato del Benemérito de las Américas. Don Alfonso nacido en 1889 no podía hacer a un lado la figura de Juárez, aunque el prócer hubiera muerto en 1872, su imagen llegaba a final de siglo XIX con la fuerza de un huracán, canta así Reyes en poema que escribe a los 19 años, pues aparece en el año de 1908, en ceremonia de su fallecimiento ese 18 de julio que lleva por título En la tumba de Juárez y dice así: ¡Manes del héroe cantado! ¡Sombra solemne y austera! / Hoy que todos los vientos llegan los hombres en coro, / echan la sal en el fuego y, al derramar la patera, / dice el texto sagrado de gratitud, y el decoro / del pavimento se exalta con los licores y mieles; / y con tu lanza de piedra, y con tu escudo de pieles / vienes a oír los cien himnos de las cien bocas, y el quieto / aire se anima de pronto con tu carcaj, que repleto / de las aljabas sonoras a tus espaldas resuenan: / hoy que por montes y campos se oye el triunfal caracol / yergues la estoica figura bajo la lumbre del sol; / hoy que a tu influencia divina gana el espanto a los seres, / y que combaten las águilas entre las nubes, y el rudo / Genio del bosque despierta su fauna, pues eres / el Domador de los Tigres, y con tu lanza y con tu escudo / vienes a oír nuestros himnos; pues con tu clava titánica / grave dominas, tú el ceño torvo contraes, y ahuyenta / sorda tu cólera el brío de los guerreros, y grávida se hincha la tierra en volcanes a tu mandato, y violentamente / su entraña vomita, para servir tus hazañas… El aire encantado, aguardando la voz de las vírgenes: yedra / corona las sienes. Lleguemos al catafalco de piedra, / hoy que, anunciando a los pueblos por el triunfo caracol, / yérguese el héroe, gigante, bajo la lumbre del sol. Nuestro escritor más importante de los primeros cincuenta años del siglo XX a sus 19 años tiene en la imagen un río de palabras para el héroe por encima de todos los otros: háblese de Porfirio Díaz o de los científicos que con su soberbia intelectua’ piensan que han llegado para reinar hasta la eternidad. 

 

América llena de hitos heroicos, de proezas que canta en el siglo decimonónico el poeta de América Walt Whitman, con su libro publicado en 1853 traza para los que hemos venido a este mundo, el canto para sí mismo, para los otros, para la naturaleza que nos rodea. Que si bien lo ha hecho el poeta cubano-mexicano 

José María Heredia y Heredia en su oda Al Niágara, para hablar de la naturaleza que rompe con toda imagen ideada a la naturaleza; en el Teocalli de Cholula recuerda el patrimonio natural que los gigantes de nuestras culturas olmecas, toltecas y aztecas han pintado y labrado o construido en Mesoamérica. El libro de Whitman Hojas de hierba es el canto general para el nuevo continente que ciertamente es nuevo, aunque viene de lo viejo, sabiendo que al guardar la tradición se forma la modernidad por lo que los versos del poeta americano están hoy presentes en toda su personalidad contemporánea. 

 

Ese ejemplo lo siguen muchos poetas de la América: inglesa, francesa o española. Recordar al poeta chileno Pablo Neruda, su composición Viaje por la noche de Juárez —copio de la revista Castálida— versos, que aparecen en su libro Canto General publicado por Editorial Lozada, Buenos Aires, 1955: Juárez si recogiéramos / la íntima estrata, la materia / de la profundidad, si cavando tocáramos el profundo metal de las repúblicas, / esta unidad sería tu estructura, / tu impasible bondad, tu terca mano. / Quien mira tu levita, / tu parca ceremonia, tu silencio, / tu rostro hecho de tierra americana, / si no es de aquí, si no ha nacido en estas / llanuras, en la greda montañosa / de nuestras soledades, no comprende. / Te hablarán divisando una cantera, / te pasarán como se pasa un río. / Darán la mano a un árbol, a un sarmiento, / a un sombrío camino de la tierra. / Para nosotros eres pan y piedra, / horno y producto de la estirpe oscura. / Tu rostro fue nacido en nuestro barro. / Tu majestad es mi región nevada, / tus ojos la enterrada alfarería. Canto general, es un Canto que recuerda los mejores momentos de un poeta que ama a su nueva tierra, a la que pertenece con todos los títulos. Seguro que no hay mejor título para ser ciudadano completo, que el serlo siendo poeta.

 

Más adelante Neruda, poeta de cascadas en letras y palabras, que se desparraman con fuerza de tornado en manos de un poeta prodigioso: Otros tendrán el átomo y la gota / de eléctrico fulgor, de braza inquieta: / tú eres el muro hecho de nuestra sangre, / tu rectitud impenetrable / sale de nuestra dura geología. / No tienes nada que decir al aire, / al viento de oro que viene de lejos, / que lo diga la tierra ensimismada, / la cal, el mineral, la levadura. / Yo visité los muros de Querétaro, / toqué cada peñasco en la colina, / la lejanía, cicatriz y carácter, / los cactus de ramales espinosos: nadie persiste allí, se fue el fantasma, / nadie quedó dormido en la dureza: / sólo existe la luz, los aguijones / del matorral, y una presencia pura: Juárez, tu paz de noche justiciera, / definitiva, férrea y estrellada. Juárez sabe que tiene en el juicio de los poetas, contemporáneos o no, el juicio de la historia, y eso en el mundo de la política se mide con los dedos de una mano… y quedan dedos, de tan difícil lograr que en política se salven los que cuentan con la virtud como escudo de sus hechos y decires.