Sentido contrario

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Errar es humano (aunque muchos abusen del privilegio), al final del camino, los fracasos y las caídas nos dejan mejores aprendizajes que los que obtenemos cuando estamos en una zona de confort y la vida parece transcurrir sin problemas.

 

Quien diga que nunca se equivoca, miente con todos los dientes, porque si algo forja el carácter y la entereza de un ser humano es justo su capacidad de aceptar que ha fallado y la voluntad por enmendar el camino, siempre que esa voluntad se manifieste en un verdadero cambio.  El aprendizaje implica un cambio de conducta.

 

Esto implica un proceso de metacognición en el que llegamos a la conciencia de aceptar lo que hacemos y, con base a ello, evitar hasta donde se pueda, errar el camino.

 

Sin embargo, encontramos que muchas personas realizan acciones que, para ser honestos, rayan en el absurdo por la connotación que dicho acto tiene en un contexto específico, y me permito relatar algunos casos.

 

Por ejemplo, es recurrente que en vía rápidas, algunos conductores deciden echar las luces (encenderlas y apagarlas rítmicamente unas 5 veces en 2 segundos), para evitar que otro vehículo se incorpore en su carril. ¿Ganamos algo con ello?, ¿las luces poseen algún tipo de poder sobrenatural que genera un campo magnético invisible que limita la movilidad del vehículo que se tiene enfrente?

 

¡Por supuesto que no!, pero estamos en la egoísta idea de que ese acto será suficiente para tener bajo control la situación, ¿no es más un ejercicio de poder?

 

Algo similar sucede cuando en un cruce, alguien decide tocar el claxon para apurar el paso de los autos que tiene enfrente. Hasta donde he podido constatar, nunca un claxon ha sido capaz de hacer volar o desaparecer los automóviles que se encuentran a su paso, por lo que esa manía de tocar (en algunos casos quedarse pegado) la bocina del carro no es más que un gesto descortés y una absurda premisa.

 

En la vida debemos hacer un mayor uso del sentido común, pues lo que la lógica establece como pertinente no será modificado por nuestra decisión de hacerlo diferente; siempre debemos preguntarnos por qué y para qué hacemos las cosas.

 

Situaciones como no encontrar las llaves (auto o casa), olvidar la toalla cuando tomamos una ducha o derramar el café sobre la camisa; sólo hablan de la falta de cuidado al hacer las cosas.  Si dejáramos las cosas en el lugar que les corresponde dentro de casa, nunca tendríamos la necesidad de buscarlas, pero siempre será más cómodo ponerlas en el primer lugar que nos place, porque ser ordenados implica mucha fatiga.

 

Si fuésemos previsores, sabríamos que ropa utilizar y tendríamos dispuestos dentro de la bañera todos los insumos necesarios para hacer eficiente nuestra experiencia de limpieza; igualmente, no ponemos la suficiente atención a lo que hacemos y nos manejamos como robots, automatizados y sin el respeto suficiente por todo aquello que hacemos.

 

Cierto es que todo puede ser percepción, pero pareciera que ir en sentido contrario es un reto nacional; además, con la arrogancia de sabernos o asumirnos como sabelotodo.

 

¿Cuántos y cuantos de nosotros actuamos así?

 

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