Siempre pretextos

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Para muchas personas, cualquier excusa es buena, ¿o no?, siempre será mejor buscar justificaciones que asumir nuestras responsabilidades.  El asunto radica en que esas conductas parecen tranquilizar, al menos momentáneamente, la conciencia de quienes las usan.

 

¿Quién no ha dicho que llega tarde a cualquier cita por el tráfico o una situación emergente, además asegurando que nunca ha sido puntual?, cuando la realidad es que siempre son impuntuales.

 

Con tal de justificarnos enfrente de nuestros interlocutores, somos capaces de decir y hacer lo que sea, lo cual puede funcionar algunas veces, pero llegará el momento en el que incluso diciendo a haciendo, no alcanzará para paliar la mala imagen que nos hemos construido con el tiempo, y los juicios acabarán por carcomernos o generarnos un mundo en el que nos acabamos creyendo todo lo que supuestamente hacemos bien.

 

¿En dónde está el problema?, quizás en un proverbio árabe que versa: Quien quiere hacer algo encuentra un medio, quien no quiere hacer algo encuentra una excusa. Esta visión se ha transformado con el tiempo, y en nuestros días bien se puede interpretar como Quien quiere hacer algo (indebido) encuentra un pretexto, quien no quiere hacer algo (que debiera hacer) encuentra una excusa.

 

Los pretextos surgen de creencias muy profundas que tenemos y que, como no identificamos, nos estorban.  Por ejemplo, supongamos que una persona quiere tratar de atender a sus hijos de mejor manera, se autoconvence y todos los días cambia su estilo de vida y se sienta con ellos, les ayuda en la tarea como no lo hacía con regularidad; se da cuenta de lo bien que se siente hacer las cosas como deben ser.  Al principio está sumamente emocionada y lo hace durante tres días, pero al cuarto, aborta la misión.

Entonces, su cabeza empieza a buscar razones para justificarlo (pretextos): Ya no tengo tiempo, Es muy difícil, Yo no puedo hacer esto, y demás situaciones.

Sin embargo, lo que esta persona no puede ver y lo que esos pretextos ocultan es que tiene una creencia desde siempre, que dedicarles tiempo a sus hijos le ata y le obliga de sacrificar su vida personal (sic), y no está dispuesta a dejar de vivir por culpa de sus retoños.

Dar un paso hacia algo que queremos muchas veces puede dar miedo porque implica muchos cambios, o incluso muchas veces podemos sentir que no merecemos, por eso es más fácil comprarse los pretextos a realmente arriesgarnos.

Las zonas de confort son sumamente peligrosas para los seres humanos, quien ahí se estanca, corre el riesgo de no salir. El autoengaño es un arma que uno mismo dispara; quien pretexta, puede querer engañarse y engañar al mundo, pero su realidad, objetiva y concreta, acaba por decir y definir quien realmente somos.

¿No es momento de darse cuenta?