Sobre Galeano y educar

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Quiero confesar que me ha costado trabajo saber cómo entrarle a este asunto de una poética educativa que surge como una inquietud ante el delirante mundo de instruir en nuestro siglo. ¿Cómo expresarme desde la enseñanza con todos los cambios contundentes que enfrentamos en el arte de enseñar? ¿Cómo hablarles a mis alumnos y compañeros docentes sobre lo que implica llevar a cabo la tarea educativa en este enredado mundo de la era cibernética y globalización que nos sobrepasa en la comprensión del mismo ser humano? ¿Cómo hablar del valor de educar como lo titularía Fernando Savater?

¿Cómo plantear a estudiantes y profesores —en este caso— normalistas que somos el caldo de cultivo de  formadores de formadores que siguen al pie del cañón esta labor loable y necesaria como sociedad pese a padecer de las grandes controversias del sistema educativo que nos acaece como mexicanos? ¿Qué voz debo usar para no incurrir en un protocolo sistemático y despersonalizado cuando hablamos de la formación humana que se recibe desde la columna del ser humanitario? ¿Cómo hacer eco a la voz poética de un pensador ocupado de la conformación sensible y artística que desde el proceso educativo se labra dentro de los salones de clase y se ejerce al conducirnos como ciudadanos del mundo?

La educación, a través de los siglos, ha tenido una variada gama de modalidades, de acuerdo a  los contextos y al  tiempo-espacio en los que se ha desarrollado, por lo que, cada sociedad padece una serie de variantes que impactan contundentemente en la formación de los habitantes del mundo.

México, tiene una realidad educativa, determinada por el sistema que nos lleva como sociedad, en un siglo de la automatización y caos existencial, perteneciente a una era digital y/o informática. Frente a estos desafíos socio-culturales, educar, en este siglo XXl, no es faena sencilla, el estar frente a grupo al ser maestro y ser el receptor del régimen gubernamental como alumno hace más complejo el proceso de enseñanza aprendizaje que se espera. Según Bauman: Ahora la memoria se transfiere del cerebro a los discos electrónicos, lápices USB y servidores—en cambio lo que él trató más como si fuera un cáncer que un tejido sano, hoy se ha convertido en la norma de la enseñanza-aprendizaje.

¿A qué se refiere Eduardo Galeano cuando habla respecto del derecho al delirio? Dice el maestro ¿qué tal si empezamos a ejercer el jamás proclamado derecho de soñar? ¿Qué tal si deliramos por un ratito?, al fin del milenio, vamos a clavar los ojos más allá de la infamia para adivinar otro mundo posible. El aire estará limpio de todo veneno que no venga de los miedos humanos y de las humanas pasiones.

Si en la comprensión de Galeano delirar, en este siglo, es el permiso voluntario de soñar que las cosas son, desde uno mismo, muy otra cosa de lo que sucede en la realidad, entonces lo que me confronta, lo que me acaece, lo que me lastima, lo que me causa impotencia, no debe existir en mi forma particular de hacer las cosas diarias de mi vida. En el caso de ser maestra por más de veintitantos años y ser consciente de los factores que se contraponen al sueño de ser una excelente educador, esta parte del delirio me permite vivir en una burbuja de ensoñación que me concederá dar clases en los mejores ambientes de aprendizaje creados desde mi interior.

En esta percepción de idoneidad educativa –frente a esta percepción ideal de llevar a  cabo el proceso enseñanza aprendizaje—entonces,  ése estado de buen ánimo en mi delirio de educadora, hará surgir un estado de bienestar interior que se verá inevitablemente reflejado en mi discurso de enseñante en mi lenguaje corporal y emocional en mi ser de maestra.

Si delirium, que es de origen latín, me permite la alteración de la mente para mirar el mundo de la escuela como un lugar magnífico para llevar a cabo una bella educación, entonces hay que asumir que las actitudes y conductas que se tomen, serán a favor de un bien común que se lleve a cabo a través de dar las clases.

He estado frente a grupo muchos años de mi vida, he tenido tantos alumnos de distintas formas, colores y tamaños. En cada grupo o generación he vivido tantas circunstancias frente a ellos y junto a sus vidas. Desde nivel primaria hasta nivel superior he pasado un sinfín de experiencias educativas y personales que han construido mi propia historia como maestra, como persona y lo mejor o peor, he pasado a ser parte de la historia de cada alumno que ya me gozó o padeció como su profesora.

Tenía catorce años cuando decidí ser maestra, ese fue mi primer delirio, dado que la expectativa social de mis hermanos mayores es que yo fuera abogada. Ellos buscaron argumentos para que yo desistiera, igual que ahora cuando pregunto a mis alumnos ¿qué los mueve para ser maestros viviendo tiempos de crítica social y política, además de las grandes desventajas laborales que empieza a padecer el magisterio y entrar en un proceso de evaluación que los aprueba o no para ejercer el arte de educar siendo que los aspirantes a docentes tienen un sueño que anhelaban y que el mismo sistema lo destruye al descalificarlos para ejercer la instrucción pública?

Ahora tengo treinta años ejerciendo la docencia, soy hija del sistema y he tenido que aprender a convivir con aquellos asuntos que provocan desencanto, que nos confrontan con un ideal perseguido, con los sueños que se diluyen entre el imaginario de lo perfectible ¿cómo conservarse delirante, soñador o utópico?

¿Qué les puedo decir a ustedes para que no los trague y vomite su decisión? Hay que ir más allá de la miseria humana que nos sobrepasa, sugiere Eduardo Galeano,  por ser considerado un utópico necesario del infortunio sistemático: hay que la gente trabajará para vivir, en lugar de vivir para trabajar.