Somos auditorio: aprender a escuchar, a luchar siempre contra el ensimismamiento y eliminar el egoísmo

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A fin de cuentas, la humanidad de nuestra existencia depende

de que tan profunda sea la comprensión que aprendamos

a tener los límites de nuestro ser frente al ser de los otros

Hans-Georg Gadamer

En estos tiempos de pandemia, que para algunos se nos ha abierto un inmenso túnel para desarrollar el autoconocimiento y la transformación; una de las cuestiones esenciales y de gran escasez es la humildad. En una primera hojeada podemos decir que consiste en aceptarnos tal como somos, con defectos y virtudes, sin hacer visibles nuestras posesiones materiales o conocimiento intelectual. Se trata de actuar de acuerdo al conocimiento de nuestras propias limitaciones y debilidades. Es decir, se requiere la ausencia de soberbia. Desde la perspectiva que se escriben estas líneas hay una utilización muy común de la palabra humildad, pero que está muy lejos de lo que queremos plantear acá. Muchos piensan que se trata de un sinónimo de pobreza, de falta de recursos. Esto se puede apreciar en las frases una persona humilde o un barrio humilde.

Por otra parte, las religiones suelen asociar la humildad al reconocimiento de la superioridad divina; todos los seres humanos son iguales ante los ojos de Dios y deben actuar en consecuencia. Para el budismo, la humildad es la conciencia respecto al camino que se debe seguir para liberarse del sufrimiento. Desde la filosofía, Immanuel Kant afirma que la humildad es la virtud central de la vida ya que brinda una perspectiva apropiada a la moral.

Sin embargo nuestra perspectiva acá es que no se trata de un concepto, es una conducta, un modo de ser, un modo de vida. La humildad es una de las virtudes más nobles del espíritu. Los seres que carecen de humildad, carecen de la base esencial para un seguro progreso. Las más bellas cualidades sin humildad, representan lo mismo que un cuerpo vacío, un cuerpo que no posee alma. Es un signo de fortaleza. Ser humilde no significa ser débil y ser soberbio no significa ser fuerte. Nos hace humanos, pues consiste en la sabiduría de lo que somos. Practicar la humildad es un ejercicio diario que se mueve con la responsabilidad de hacer las cosas bien, de comprometerse, de hacer lo que toca y lo que es necesario. Son las pequeñas cosas, esos códigos sencillos que tanto nos aportan: una sonrisa, una palabra, un gesto de empatía… aspectos que se instalan en nuestra memoria y que nos aportan la verdadera felicidad. Saber escuchar, entender los silencios, ser receptivos, cercanos, cómplices y sinceros, son características que definen a las personas humildes.

Ahora bien, la consciencia de los límites y de la fragilidad es la humildad; pero como ya señalamos, no en sentido moral, sino en el que a está arraigado al ser. Frente a la arrogancia, ser humilde reconoce su carácter efímero y contingente, se percibe a sí mismo como una manifestación tardía de la vida, como una parte en consonancia con el todo y vive conforme a la ley que rige el mundo, que es anterior y posterior a su existencia. Se puede retratar esto un poco con la afirmación de María Zambrano en  el sentido de que sólo el hombre es pordiosero. El hombre siente su servidumbre y su necesidad; su doble y unitaria condición de ser viviente. Y, al pedir, recoge indigencia y servidumbre, pues pide porque es siervo y necesita; pero en el pedir hay ya un conato de exigencia. Cuando el hombre siente su servidumbre la primera forma de sentirla es pedir. Sólo el hombre es pordiosero y lo seguirá siendo siempre; es una de sus posibilidades esenciales. El pedir muestra la deficiencia en que está, la falta de algo o la falta, sin más. Es ya una primera forma de conciencia.

La humildad tiene todo que ver con la vulnerabilidad humana, sin embargo hay que entenderla en su justa dimensión y no como un sinónimo de debilidad. Michel Henry, expresa de un modo muy lacónico el significado de la vulnerabilidad humana. Señala que somos seres encarnados, atados a una corporeidad que experimenta un cuerpo de necesidades y que requiere todo tipo de atenciones. La arrogancia es consecuencia de una ilusión mental, el fruto de una ideología en la que se evapora el ser íntimo de la persona, su fragilidad. Hay que estar conscientes de que la eliminación de la vulnerabilidad es la disminución de la vida, su reducción a formas inferiores, la supresión del entusiasmo, de la adhesión a lo que, siendo valioso, se puede perder. La invulnerabilidad significa la falta de generosidad, reclusión en la realidad propia, incapacidad de dar y de darse, y por ello de recibir algo que efectivamente valga la pena. La vida humana es transitiva e indigente, se hace con las cosas y sobre todo, con las otras personas. Y es por ello que es imperativo dar, y dar duele, y cuando empieza a doler apenas hacemos conciencia de que estamos comenzando.

Esta forma de ser nos permite constatar que la fragilidad derrumba el individualismo como opción de vida, la autosuficiencia moral y el olvido del otro. Cuando yo me reconozco a mí mismo como vulnerable, me doy cuenta de lo que requiero de los otros para subsistir en el ser, para seguir siendo. Descubro el valor de la alteridad, entiendo que el otro no es la barrera que obstaculiza mi desarrollo personal, pues es la condición de posibilidad de mi mismo. No olvidemos que somos hijos de la tierra y por lo mismo también de nuestra cultura que nos enseña desde que nacemos a satisfacer nuestras necesidades básicas para sobrevivir, pero sobre todo aquellos requeriminetos para sobrevivir desde el auto conocimiento de mi cultura y de mi propio ser como un ente que es una parte con su propia individualidad, pero no deja de ser parte, es decir, también hay que hablar de una humildad cultural.

Voy a terminar considerando el planteamiento de Hans-Georg Gadamer que me parece es de gran utilidad para entender la humildad en el sentido que visualizamos acá para una transformación a COVIDA-19. Esto es en el sentido de que estamos ante un proceso de carácter interpretativo. Por ello es importante señalar su insistencia en que la finitud de todo proceso interpretativo desemboca en la conclusión de que aun cuando el cuestionamiento se muestre como la estructura lógica de la apertura, y el modelo de la conversación, fundamentalmente de inspiración platónica, como el paradigma de toda auténtica conciencia, es decir, no buscamos el diálogo solamente para entender mejor al otro. Más bien, dice Gadamer, somos nosotros mismos los que estamos amenazados por el anquilosamiento de nuestros conceptos cuando queremos decir algo esperando que el otro nos reciba.

Por ello, lo decisivo no es que no entendamos al otro, sino que no nos entendemos a nosotros mismos. Estamos, pues, afectados por una forma de narcisismo que debemos aprender a vencer, pues en la dialéctica del reconocimiento hacemos la experiencia hermeneútica de que debemos romper una resistencia dentro de nosotros si queremos respetar y escuchar al otro como otro. Y en esto consiste el principio de la transformación. Enseguida habría que plantear y ser enfático como lo sugiere Gadamer en el sentido de que el término buena voluntad es la disposición a no tener la razón a toda costa y antes de rastrear los puntos débiles del otro, más bien hacer al otro tan fuerte como sea posible, de modo que su decir sea revelador. Así lo mantenemos a pesar del reproche de Jacques Derrida de manejar este concepto de resonancias kantianas y metafísicas inadmisibles para la hermeneútica originaria de Martin Heidegger. Por el momento nos quedamos en esta interpretación con la buena voluntad desde el punto de vista de la eumeneís élenchoi platónica, en el sentido de que sería algo que nos es requerido a todos, incluso a los inmorales cuando se esfuerzan por comprenderse mutuamente.