Tecnoética ciudadana vs tecnototalitarismo

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Entre las diversas señales, signos e informaciones que circulan en estos momentos, se mezclan soluciones, preocupaciones e instintos en torno a las decisiones e iniciativas que encabezan el combate de la pandemia y la reconstrucción de nuestro futuro común, en el que la tecnología ha dado muestra de sus beneficios en la organización, pero que por configuración y por diseño todavía devienen insuficientes como para permitir fluir un liderazgo compartido para la resolución de los problemas públicos.

La capacidad de la sociedad de la información y el conocimiento para gestionarse a sí misma todavía no alcanza a madurar para mostrar su faz como un solo ente, que conforme al organicismo sociológico pueda tener una existencia rastreable en el ámbito digital, parte debido a la falta de una plataforma o infraestructura común en la cual las personas puedan gestionar su identidad de manera eficiente, y parte, puesto que ese conjunto orgánico de individuos todavía no ha decidido categóricamente transitar por medio de las tecnologías a una política digital. 

No obstante, el poder de las redes sociales ha empezado a influir políticamente en la vida de las nociones y al día de hoy permiten medir la temperatura social de manera indirecta, en un proceso incluyente e inclusivo, en el cual si bien la brecha digital y cognitiva todavía resulta amplia, la dinámica social digital ha demostrado que puede superar dichas barreras eficientemente a través de un devenir funcional de los aplicativos, por lo que solamente es cuestión de tiempo que aquellas personas que tradicionalmente no han tenido voz, puedan participar de manera activa en las decisiones públicas a través de mecanismos de interacción persona a persona a través de los teléfonos inteligentes y el internet, herramientas fundamentales para la erradicación de brechas y desigualdades. Bajo esa perspectiva, las legiones de imbéciles y la invasión de necios, puede transitar a una sociedad crítica y propositiva, desde la vía digital.

Así, al día de hoy se advierten barreras relevantes para una adecuada comunicación política por parte de la sociedad que provoca zozobra en torno a la posibilidad tecnototalitaria ante la dosificación discriminada de la tecnología y la manipulación de los medios utilizados por la población para realizar sus actividades, que podría de facto, disminuir las posibilidades de desarrollo y afectar libertades fundamentales a través del control de las personas a través del control de los medios tecnológicos a su alcance, razón por la cual el avance de los derechos digitales como fundamentales provoca que se deba incentivar un acceso igualitario a los beneficios tecnológicos.

Esta agenda de posibilidades benéficas y de riesgos en torno a la tecnología surgen de y hacia la ciudadanía, que si bien transforma sus intereses dependiendo del rol que desempeña actualmente, ya sea como empresa o como gobierno, puede trazarse el alcance de las acciones ciudadanas por y para las personas a través de medios digitales, que son quienes encabezan principalmente, las propuestas de intervención por parte de la sociedad que al día de hoy han generado crisis que soportan fuertemente la revolución intelectual que estamos viviendo y que ha podido ser vislumbrada a partir del cambio de dinámica provocada por la pandemia.

La nueva normalidad que se atribuye a los efectos generados por un virus, no es sino el reflejo de un sentir autárquico de la sociedad como conjunto, como ente, en el que las decisiones políticas contemporáneas son síntomas de un malestar que trasciende fronteras y, que eventualmente, se encuentra vinculado con la propia subsistencia, que podría analizarse a la luz de las decisiones radicales de cambio de opción política de las diversas naciones en la última década.

Dentro de esos revulsivos, el contrato social se redefine y las posibilidades tecnológicas si bien han llegado a aliviar las desigualdades a partir de la última crisis reciente acontecido en los últimos años de la década 2000, como en el caso de las Fintech que plantean un nuevo ecosistema que se aceleró para resolver el cambio de las demandas de una sociedad más informada, comunicada e interconectada, no dejan de verse con recelo debido al carácter estratégico que dichas tecnologías pueden tener en nuestras vidas, sobre todo considerando las posibilidades relacionadas con su procesamiento que salen de nuestra comprensión como en el caso del big data y la inteligencia artificial, que ante la implementación de aplicativos de rastreo para alertas en caso de contagio, encienden las alarmas respecto de las pérdidas en derechos y libertades en que se traduciría una mala implementación de dichos aplicativos, riesgo inherente al del anillo de Giges, en el que una posibilidad de control de tal envergadura, requiere de mecanismos de salvaguarda de la privacidad que se encuentren a la altura, a fin de evitar la mezquindad de las tentaciones tecnoautoritarias y tecnototalitarias, sobre la cual eventualmente, se orientan las acciones sociales en su conjunto.  

Adicionalmente, el escepticismo social dificulta la maduración de las ideas a fin de encontrar un nuevo equilibrio en el redescubrimiento de las relaciones que soportan las relaciones de poder entre las personas y que ante situaciones como la actual, en la que la brecha en los insumos de información disponibles han favorecido la desorganización, ante los cambios conductuales y económicos que se han dado a partir de la pandemia en las que cada grupo de personas propone soluciones, divididas entre los que creen, los que no creen, y aquellos que creyendo o no creyendo, se han visto en la necesidad (física o psicológica) de buscar retomar actividades normales con los riesgos que ello implica y que dan muestra del limitado alcance que pueden tener medidas de coordinación con los elementos tecnológicos actuales, lo cual, eventualmente sigue justificando que se tercerice la toma de decisiones por parte de la sociedad, en espera de un mayor grado de madurez sustantivo o estructural.

Ello, eventualmente tenderá a redimensionar el alcance del Estado, frente a un nuevo pacto social de la política digital, en el que la participación potencial de la totalidad de sus integrantes no rompa a través de decisiones de mayoría, con el alcance de los acuerdos alcanzados hasta el momento con los que se ha posibilitado la civilización, y que eventualmente constituirán las bases de negociación de un nuevo trato en el que el reconocimiento de los nuevos derechos derivados se extiendan de manera expansiva y progresiva.

Ante la falta de un nuevo pacto digital, de facto, a través de la tecnología que empodere a la ciudadanía digital de manera eficiente, o político, mediante la adopción de garantías que permitan una nueva culturización, el tecnototalitarismo representa un riesgo real derivado de los beneficios que puede representar el control de una sociedad que no ejercer directamente su poder, para lo cual, como se ha dicho, debe existir una serie de principios y valores que trasladen al ámbito digital una nueva concepción de Estado de Derecho en el que cada persona pueda elegir, en el marco de la ética inherente a lo humano, decisiones que permitan seguir avanzando en torno a la sustentabilidad y felicidad de la humanidad, teniendo como uno de los insumos principales, un conocimiento aplicado que puede resultar la principal base de construcción de una sociedad organizada, implicando inclusive una nueva dimensión de democracia, que asociada al manejo de conocimiento útil, puede dar lugar hacia una democracia inteligente. 

Hasta la próxima.