TIBIEZA

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Felisabell Yesenia Esparza Holten

Desperté un día
en que los árboles
hincaban
su brazos en la tierra.

Todo era frío
como los pies de los mendigos
y el traste hondo
de su miseria.

Hallé a la soledad
en mí instalada
con las uñas penetrando mis costillas
con la mirada roja
y su cabello atado a mis pantorrillas.

Le ofrecí, para que se fuera
los pájaros muertos
de mis días
la tristeza de mi alcoba
la fe de mis labores
mis secretos, mis pequeños goces.

Luego tú
que llevabas en tu vientre
la soledad serena
que andabas por la vida como por el mar
que nunca me necesitaste
miraste mi soledad
y la colmaste al fin
de sí misma.

Y me dejaste
el sabor completo de tu aliento
tu perfume
para siempre
hilvanado en el viento.
Y dichoso me quedé sin ti
en la tibieza
de tu ofrenda
de mi soledad entera
y tu recuerdo.