Tiempo a tiempo

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Mantengo la vista fija en el color rojo del semáforo, mi cuerpo se encuentra ligeramente inclinado hacia el frente, la mano derecha mantiene prisionera la asidera de la palanca de velocidades, como creyendo que podría escapar y dejarme sólo con la intención de embragar, sin la mínima demora, la primera velocidad; me percato que estoy en el borde del asiento, respiro, miro hacia la ventanilla derecha que se encuentra a media altura, el ruido intensifica la presura; al lado, un conductor de traje y corbata de color oscuro, sus manos lucen por la fuerza con que sostiene un celular apretujado entre el volante; aunque quisiera, no alcanzo a distinguir si pestañea o no, a decir por la rigidez de sus facciones, su objetivo visual –el mismo que antes fue mi motivo– le tiene petrificado; ¿cuánto tiempo más para que aparezca el color verde?

Es el tercer día de la semana que me encuentro con un inusual congestionamiento de vehículos, mi tiempo de traslado al trabajo es de, regularmente, cuarenta y cinco minutos y ahora se ha incrementado diez más; ¿qué está pasando con el tiempo?, ¿acaso Cronos se volvió más exigente? Ja ja ja algo debe de estar afectando mi percepción del transcurrir de los sucesos.

En el mejor de los casos, en los últimos once años, transitando hasta el lugar dónde laboro, he acumulado semanalmente doscientos veinticinco minutos, lo equivalente a un poco menos de cuatro horas, mismos que multiplicados por cincuenta y dos semanas del año (aproximadamente), entonces me da el asombroso resultado de doscientas ocho horas, ¡rayos!, ocho días y medio, esto calculado a los once años referidos, ¡no puede ser!, son algo así como noventa y tres días, representando poco más de tres meses –noche y día–, ¡carajo!; un verde intenso aparece en la plenitud de toda la circunferencia colgada arriba, acelero, avanzo lentamente, mis latidos parecen marcar el ritmo, cien metros me separan de la siguiente detención.

Ningún otro momento tan oportuno, como éste, para recordar al Poeta Mario Benedetti:

Tiempo sin Tiempo

Preciso tiempo necesito ese tiempo
que otros dejan abandonado
porque les sobra o ya no saben
qué hacer con él
tiempo
en blanco
en rojo
en verde
hasta en castaño oscuro
no me importa el color
cándido tiempo
que yo no puedo abrir
y cerrar
como una puerta

tiempo para mirar un árbol un farol
para andar por el filo del descanso
para pensar qué bien hoy es invierno
para morir un poco
y nacer enseguida
y para darme cuenta
y para darme cuerda
preciso tiempo el necesario para
chapotear unas horas en la vida
y para investigar por qué estoy triste
y acostumbrarme a mi esqueleto antiguo

tiempo para esconderme
en el canto de un gallo
y para reaparecer
en un relincho
y para estar al día
para estar a la noche
tiempo sin recato y sin reloj

vale decir preciso
o sea necesito
digamos me hace falta
tiempo sin tiempo.

No requerí alzar la mirada, el ángulo donde me encontraba dejaba  ver claramente el rojo de los faros traseros del auto de frente, indicando la urgencia de frenar con motivo del semáforo; ¿cuántas cosas pudieron suceder en tres meses en los que sólo conducía? o ¿puede haber tiempo sin tiempo al manejar el auto hacia el trabajo?, ¿qué hacer con el tiempo?; otra vez llegaré tarde.

Independientemente de nuestra forma de asumir el lapso que comprende de un momento a otro y lo que sucede en él, reflexionar en ello, abre la posibilidad de revalorar cada instante y el cúmulo de los mismos.

Ejerzamos nuestra relatividad en el tiempo. Mi estima y admiración a todos y cada uno de Ustedes mis queridos lectores, sea éste el tiempo de estar a tiempo, hasta la próxima.