TORRES VILLARROEL

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Uno de los mayores lectores del siglo XX lo fue sin duda Jorge Luis Borges, y esa enseñanza la lleva hasta el final de su vida, cuando nos deja el consejo de que si deseamos en la literatura ser recordados, debe ser por aquello que hemos leído y no sólo por lo escrito y publicado. Educador para escritores lo es el argentino. Pues bien recuerdo la conseja del pintor Couber, quien señalaba que: Primero es aprender y después hacer. Y en la vida de quienes decimos o dicen querer ser ‘poetas’. primero es el hacer, aunque no se sepa nada de lo que es la poesía en los siglos, ni quienes son sus mayores representantes. Bien me decía el recordado poeta y gran traductor del italiano al español, Guillermo Fernández García, Francisco, si quieres ser poeta, primero debes leer poesía.

 

La lectura del texto de Borges dedicado a Torres Villarroel, nacido en 1693 y fallecido en 1770, resulta para quienes somos pésimos lectores, de un solo libro al año si bien nos va, me hace reflexionar de la grandeza del autor argentino porque su cultura viene de allá de lo lejos, de los tiempos que quienes sólo creemos que se debe vivir el presente, sin mirar el pasado.

 

Nos enseña que hay que mirar en la literatura siempre atrás. Y nos trae este texto de Diego de Torres Villarroel, alumno de Francisco de Quevedo en la lectura y el seguimiento que hace de sus letras. Hombre de muchas profesiones siempre de las que no dejan claro cuál es la vocación del vagabundo de profesiones y de países. Vivió 77 años, suficientes para hacer lo que Jorge Luis nos recuerda al revisar su biografía: Se adentró luego en el estudio de los diversos ramos de la alquimia, la magia y la astronomía y dio a la prensa alguna adivinación y almanaque.

 

Para los escritores que llegan a ser de verdad, la escuela de la vida es su mejor universidad. Torres Villarroel tuvo en los hechos que mucho sufrió su mejor enseñanza. Como dice el maestro: Obtuvo una cátedra que dejó a los dos años de ejercerla y vagabundeó por la corte, padeciendo hambre duradera, hasta que un médico se compadeció de su estado y le franqueo su mesa y sus libros.

 

Cuántas veces al revisar la biografía de nuestros héroes o ejemplos de vida nos damos cuenta de su sufrimiento para llegar a donde llegaron. Siempre es necesario recordar a Ernesto Che Guevara, que insistía en la necesidad de que los adolescentes leyeran todo tipo de biografías sobre los grandes hombres, para que así comprendieran y pusieran en su justo lugar lo que ellos mismos habrían de vivir en el futuro. La pésima educación que hemos venido viviendo en México da prueba de que la ignorancia sobre lo que es la vida de los pueblos y de nuestro pueblo, así como la de los personajes que son ejemplo para la humanidad, ocasiona generaciones como la de los milenials que sólo se ven a sí mismos, sin atender el presente y el futuro próximo, que ya les dará lecciones sobre la cruel vida y sus vicisitudes.

 

Torres Villarroel tuvo éxito en su carrera de astrólogo, nos cuenta el maestro, y sus almanaques se difundieron en Madrid hasta ganarle buena fama. La lectura de Kempis, Quevedo y Bacon le dieron la solidez que era necesaria para hacerle escribir textos que son parte de las letras españolas unas décadas después del Siglo de Oro. Destaca su comportamiento, escribe: Fue de manifiesta llaneza en la habitualidad de su trato: comió de un mismo pan que sus criados, no despidió jamás a ninguno ni en el vestir se apartó de ellos. Es decir, la pose de divo no fue parte de su comportamiento, lo que en los hechos a lo largo de la historia de las letras sucede frecuentemente. Aquellos que se ‘sienten’ poetas, o aunque lo sean, se comportan con soberbia y prepotentes, hasta resultar insoportables en la vida literaria y social.

 

Lo reitera, al escribir sobre su vida …hay en ella dos excelencias: su aparente soltura y el ahínco del escritor en declararse igual a cuantos lo leen, contradiciendo el desarreglo de la agitada vida que narra y la jactancia que quiere persuadirnos de únicos. Quiso examinar Villarroel la traza de su espíritu y confesó haberlo juzgado semejante al de todos, sin eminencias privativas ni especial fortaleza en lacras o cualidades: desengaño que no alcanzaron ni Strindberg ni Rousseau ni el propio Montaigne. Esta particularidad no es tema menor, pues insisto que tenemos la costumbre de sentirnos seres especiales en tal o cual profesión. Sobre todo pensando en aquellas manuales que construyen casas o edificios y hasta rascacielos, y que se representan en nuestros admirados maestros albañiles, que son los que dejan ante nuestra vista y en nuestra vida, obras de arte y de profunda historia urbanística.

 

La soberbia es propia de espíritus pequeños. Y en las letras de México hay de sobra malos ejemplos, y de igual manera en el mundo sin duda alguna. El poeta está por ello obligado a pensar cuál es su comportamiento al expresar según leemos en sus escritos lo mejor del ser humano. Borges nos recuerda en el caso de Villarroel que sus obras injustamente olvidadas, son editadas en 1795 en Madrid en quince volúmenes. Pensemos en ello, cuando su vida fue un avatar de hechos que lo hicieron andariego de vocación y de sufrimiento.

 

Cuenta sobre esa extensa obra Todas las cosas y otras muchas más están barajadas en ella: tratados astronómicos, vidas de varones piadosos, un Arte de colmenas, mucha desbocada invectiva, romances en estilo aldeano, entremeses, la anatomía de lo visible e invisible, los Sueños morales, la Barca de Aqueronte, el Correo de otro mundo, dos tomos de pronósticos y unos zangoloteados sonetos… la lección que recibimos de esto, es que los ojos de Borges en esos años que todavía podía leer, nos recuerda que el escritor es el que demuestra su obra, y deja a las generaciones posteriores el juicio sobre ella.

 

Cuenta el escritor argentino que sus sonetos tienen reminiscencias de Quevedo y de Góngora. Pensemos que esos genios y expresiones de la más alta obra del Siglo de Oro español, seguramente en aquellos tiempos eran lectura obligada, estudio de sus biografías, que no fueron para el caso de Francisco de Quevedo y de Luis de Góngora y Argote cosa menor. Así que el nacido para ser escritor Diego de Torres Villarroel, viene al siglo XX en el estudio e investigación de Jorge Luis Borges; revisado con esa lupa de lector científico, ajeno a ideologías y banalidades, sino dándonos la enseñanza de que en el siglo XVIII, este español de variada y loca vida, pudo dejar para su recuerdo, la obra escrita que defiende su paso por esa España de su siglo. Que tanto admiramos, por lo que aportó a la humanidad: poetas, dramaturgos, narradores y ensayistas son quienes han llevado a nuestra lengua a ocupar el lugar de privilegio que hoy tiene en el siglo XXI. Borges nos recuerda en su texto, que hablar del presente es obligado saber del pasado, el remoto y el cercano necesariamente.