TRES MUCHACHOS

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ADOLESCENTE EXQUISITO

Voy a cantarte mi poema

así, del modo que te amo, ingenuamente,

simple como el animal que mama por instinto,

ángel venido de musicales constelaciones,

ángel de pecho exaltado por la mano del viento.

De tu lira se desprenden los ecos sexuales, las alucinaciones

que estremecen mi cerebro, que juegan mi razón.

Tu carne tensa las fuerzas de la más sana juventud,

tu piel exhala aromas que me invitan
a en tus brazos medirme sin recato.

Tu abdomen es la llanura donde quiero mi muerte reposar.

Cuando recuesto mi cansancio en tu pecho

tu corazón late una música especial por mí;

y en cada respiración tu cercanía me explora, me domina.

Ah, no desertar nunca de esta excitación,

de este recorrido de prisas en el tacto

de quien siente las ganas de llevarte siempre adentro,

de ser llenado por ti.

Estas aquí: dictas mis sentimientos,

produces mi turbación, ensanchas mi capacidad de sonreír

y la mano de tu ausencia con delicada presión

va guiando mi pluma sobre esta nostalgia de olor.

Te llevo como a un asombro:

si pudieras ver dentro de mi

te sorprendería lo hermoso que eres.

A UN MUCHACHO PELIRROJO

Tu cabello es la escarcha de fuego de no sé cuál lejanía.

Quisiera sentarme a la sombra de tu cintura

–palma apacible– a escribirte poemas con olor a naranja,

robar los guantes de tus manos separándose de mí

con una gracia que no tiene igual.
Muero por desnudar tu pie,

hincado ante su prohibida hermosura,

como las comadronas en el templo ante el Niño Dios.

Tus piernas me han recreado sueños de tan trémula avaricia.

¡Ah, no poder secuestrarte desmayado en mi abrazo

para que despertaras en una realidad trasfigurada,

de mejores y más bellos espejismos!

Tus rizos solubles en mi deseo,

tu cara de blanco sol, tus andares delgados;

todo a lo que se fija a mi anhelo, todo lo que debo callar,

todo está aquí, oculto y preso, en este corazón de obsidiana.

Acaso sientes un tránsito de manos, un pudor infantil,

si –hechicero vudú– me toco el tatuaje que llevo en el pecho,
si escarbo la inicial de tu nombre con aguja cerca de mis pezones.

Si escribo un poema de ti.

EL BAILARÍN

Cara iluminada por artificiales estrellas,

torso sudando al vapor de cálidas emanaciones,

cuerpo como un tallo que madura

su deliciosa juventud que es ahora el centro de atracción

de apetitos lascivos e intensos.

La pista se dispone en su totalidad.

¡Acción!

Y allí está él,

astro que hace explosión de talentos,

fama, flexibilidades, cadencia:

gracia y sensualidad que se desatan

como un demonio de una contorsionada botella de licor.

Nadie mira a la multitud que fuma, aplaude, sonríe enardecida.

Todo lo llena el bailarín, esclavo y amo imposible de una canción,

héroe y semidiós creador de un instante

en que espectador y artista se vuelven, más que partícipes,

mártires de la codicia de una extraña dimensión mágica

que es motivo y fin de la fiesta.

Más el motivo que el fin;

más un principio que no termina.

Porque cada noche, en cada oportunidad,

el bailarín se da a sí mismo en un momento en su grandeza inapelable,

irrepetible.