TRES MUCHACHOS

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OMAR

El girasol de tus ojos, tus cabellos mojados,

tu forma de decirme “te quiero”,

susurraran en mi oído melancolía agridulce de otoño.

Ay la timidez que no quiere escribir

de las horas desposadas con el vago temor de no volverte a ver.

Muñeco tangible para el goce, gemelo de mi anhelo,

la cercanía de dos manos saludándose

va adquiriendo en tu tibieza nuevas y más nobles dimensiones.

Eres el encuentro viril de tu realidad y mi ensueño.

Tienes la simpatía de una hoja de maple,

el aroma del trigo madurando en las praderas,

la apostura de un cervatillo. Y cada instante que vivo junto a ti

es la plenitud de un capullo abriéndose al mediodía,

de una abeja ebria de miel, de una carcajada.

Como aquella vez bajo las luces del puente

que bebíamos de la misma botella de cerveza

y tu entrepierna despertaba

a la honesta caricia de mi abrazo.

Las letras de tu nombre, en otro orden,
forman la palabra amor.

SHUMING

Te anuncias con una guitarra.

Tu adolescencia es en mí como un exótico vaho de vida,

leve goce apenas recordado.

Despacio viertes en la alcoba exhalaciones de una infancia recobrada,

alientos que son fragmentos azules de un anhelo desenvolviéndose en la realidad,

sentencias de una misteriosa promesa vuelta hacia adelante,

al lugar donde se experimentan los exquisitos roces, las voluptuosidades

y aun las místicas asociaciones.

Eres mi imán de carne y hueso,

oloroso, saludable, palpitante, de cara a lo que está.

Tus ojos como dos piedras pulidas atesorando toda posible oscuridad,

ágiles en reconocer mi inquietud

como a un gato que ha ya olfateado la sangre,

mi estremecimiento de tardo despertar.

Tu sonrisa como un arma más desenvainada que el relámpago.

Te anuncias con una guitarra.

Trasformas la quietud de la siesta vesperal

en una convulsión concentrada de ansiedad entre las piernas.

Tus manos como dos surtidores de espasmos eléctricos.

NOÉ

Eres tú.
Sin decir más. Tu lugar exacto en el planeta azul
–tu mano en mi hombro–, incandescente momento
del alcohol arrasando la noche;
bocanadas de humo junto al baile, la deshora
modulando el hechizo:
mi inquieta cabeza que busca su equilibrio
en los vellos de tu vientre.

Pero no es lo mejor. Lo mejor
es la manía siempre crédula
de ser niños de vuelta, enviándonos quásares,
convites a descifrar al aliado que llama
desde los laberintos en que deben perderse dos.
(El pecho es para nosotros un atrio en expansión
donde el afecto descubre
que le place tocarse
y en su ritmo encuentra su verdad.)

El mundo ya se ahogó;
no fueron buenos los hombres: no se amaron.
Mas sobre nosotros no caerán maldiciones si…

Mi prójimo cercano,
de pan y agua dulce
para bordear la única tierra habitable.

Vivamos en tu música.