Un escritor del siglo XVIII

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Cuando recuerdo el texto de Borges sobre el escritor español Diego de Torres Villarroel, me viene por la fecha de su nacimiento, 1693, es decir dos años antes de que nuestra Décima musa, Sor Juana Inés de la Cruz, fallecida tristemente en el año de 1695, siendo hija del Siglo de Oro español, y a la vez, digna representante desde las tierras de la Nueva España, representante de este Siglo con todos los méritos. Me pregunto si Diego de Torres habrá conocido las letras de nuestra nacida en aquella comunidad de Nepantla —territorio cercano a Yecapixtla, Morelos— municipio de Tepetlixpa, en el Estado de México en la actualidad.

 

Nos recuerda Jorge Luis que Torres Villarroel, en sus versos, no hizo sino metrificar recuerdos de aventadas lecturas, engalanándolos de rimas. Y en sus palabras de seria investigación sobre el escritor del siglo XVIII pone atención especial en su prosa, para ello cita algunas oraciones entresacadas de su texto Sueños mortales: Encendióse el mozo yesca a los primeros relámpagos del ayre de la chula; le hizo cenizas el juicio y desmayado el valor del ánimo: empezaron los terremotos de bragueta; los ojos de la niña le menudeaban los sahumerios y el mozalbete quedó zarrapastrozo de palabras, zurdo de acciones y tartamudo de voces… pensemos que en estos primeros veinte años del siglo XXI mucho se ha ido adelante en el mundo de nuestro idioma.

 

Que los poetas y prosistas son como en el caso del autor argentino verdaderos especialistas del escribir con belleza, técnica, imaginación y dominio del género, hasta el grado, como lo he escrito que don Alfonso Reyes enseña a Borges que los géneros pueden intercalarse a la hora de escribir un poema, en el mundo del teatro o del ensayo: muestras de ello son en el caso de Reyes: Visión de Anáhuac, que tiene lo mismo párrafos de ensayo, de prosa o poesía. O su drama: Ifigenia Cruel, que siendo una obra de teatro, está escrita en lenguaje poético. Las dos obras son suficientes para hablar de la grandeza de nuestro Alfonso el Sabio.

 

Del texto que hemos leído de Torres Villarroel, notamos ingenuidad y lenguaje popular, ideas que van entre los barrios o la comunidad de manera sencilla. Así cita por lo mismo Borges: Los racimos iban ginetes en los meollos y caballeros en los cascos: los vapores eran inquilinos de las calaveras, en infusión de mosto los sentidos, las almas embutidas en un lagar, nadando las fantasías en azumbres, alquilado el cerebro a los disparates, los sesos amasados con uvas, los discursos chorreando cuartillos, las inteligencias vertiendo arrobas, las palabras hechas una sopa de vino, muy almagrados de cachetes, ardiendo las mexillas en rescoldo de tonel, abochornados los ojos en estíos de viñas, encendidas las orejas en canículas de bodegón y delirando los caletres con tabardillos de taberna.

 

Leyendo esto, me pregunto del por qué Borges es en el siglo XX seguramente uno de los escritores que más palabras aportó a nuestra moderna lengua. No creo equivocarme en ello, pues los siguientes textos que he de relatar comprueban que su lenguaje fue ya entre sus años de vida —veinte o treinta de edad— prueba de que en Argentina y América no había muchos ejemplos de sabiduría literaria que se le comparara. Quizá Alfonso Reyes o don Pedro Enríquez Ureña, tenían ese nivel para sentarse en el banquete del Olimpo a discutir y charlar sobre nuestra lengua.

 

Me imagino en las reuniones que tenían los escritores de aquellas primeras décadas del siglo XX en Buenos Aires —la mítica ciudad que tanto amó— en las reuniones de escritores, con tanto genio que iba y venía, con sus batallas y egoísmos, pero siempre llevando a la palabra a mejores estamentos. Ya sabemos que de dichas reuniones y formación de grupos surgieron revistas de todo tipo, y fueron para América Latina una gran escuela y ejemplo a seguir.

 

Retorno al texto, dice el sabio argentino: Existe en Torres Villarroel un milagro, tan impenetrable y tan claro como cualquier cristal y es la potestad absoluta que don Francisco de Quevedo hubo sobre la diestra de ese discípulo tardío. Sabemos de escritores que han arrimado su soledad a la imagen de otros escritores pretéritos. Lección de Borges paso a paso, no olvides si deseas ser un escritor serio, el arrimarte a genios que te den enseñanzas que al seguirlas serán tu herencia, tu brújula para saber por dónde has de ir.

 

Soledad del escritor que busca en sus lecturas, en esa soledad y ese silencio interior que se da, y que permite que aprendiendo de quien es ejemplo en las letras, pueda ser aprendido y recreado como lo hace Gabriel García Márquez al reconocer la influencia de Juan Rulfo y su Pedro Páramo, escuela para muchos escritores, en lo que se llamó en el siglo XX como Realismo Mágico. En el caso de García Márquez su novela Cien años de soledad, cuenta con ese espíritu metafísico, que hace de toda obra literaria la complejidad del alma del que la escribe y, expresión del espíritu de un pueblo todo. Así también nuestro mexicano logró su obra maestra.

 

Como lo expresa T. S. Eliot en su ensayo ¿Qué es un clásico? En el campo de la literatura esto exige que el poeta esté consciente de sus predecesores y que nosotros también estemos conscientes de los predecesores que se asoman tras su obra. Pienso al leer esto que los predecesores en Jorge Luis Borges son tantos. Se encuentran en el fin de los siglos por el lado de la literatura árabe, en los siglos que viniendo del Medioevo español, encuentra también la literatura inglesa, por herencia de parte de su familia, por sus lecturas de Italia, Francia o Alemania, y por sus estudios nórdicos o de la cultura japonesa.

 

T.S. Eliot nos dice que para crear un clásico en las letras se debe abandonar lo individual para volverse una colectividad. Es decir, cuando pensamos en Pedro Páramo o Cien años de soledad, encontramos en tales textos precisamente esa desaparición del autor, para entregarnos dos obras que son colectividad, historia de un pueblo, espíritu del mismo; y eso sólo lo alcanzan pocos escritores en la vida, como bien podemos individulizar al revisar libros y libros o autores de la más variada invención.

 

Para Villarroel su predecesor está en el ejemplo rebelde, heterodoxo que se inscribe en Francisco de Quevedo, pensando en su vida y sus letras seguro que fue un personaje único para España y para el mundo. Dice: Pero cualquier ejemplo es inhábil frente a la omnipresencia de Quevedo en los retiramientos más huraños de la intelectiva de Villarroel. Quevedo es el personaje principal de Sueños morales. Jorge Luis, navegando en la vida de otros escritores se fue haciendo grande, muy grande como sabemos y al estudiarlo uno aprende y aprende.