Una larga travesía en busca del pan, el progreso y la esperanza

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El siguiente es un capítulo del próximo libro de Guillermo Garduño.

¿Qué puede cambiar la vida de un hombre nacido en la pobreza, envuelto en harapos y sin más destino que levantarse y acostarse con el estómago vacío, sin otro deseo que poder sobrevivir en la miseria, sin más anhelo que enriquecer al patrón, respetarlo y servirlo por encima de tu propia sangre, sin importar siquiera que poseyó a tu hermana sin que ella lo deseara?

¿Quién saca fuerza de la debilidad, de dónde sale ese temple en el que se lucha por la vida cuando en la misma se ha muerto mil veces?

Ignacio Vilches Alcázar no sucumbió ante la sugerencia que el destino tenía para él, Ignacio,  –proveniente de Ignis, fuego–, quizás en el nombre llevaba marcado que su vida sería diferente.

A ‘pa, ya me harté, me largo. No más patrón, no más lamerle las suelas al hacendado, no más latigazos, ni refriegas, quiero que mi vida sea diferente a la suya y a la de mi abuelo.

Todos los días pienso que hoy habrá otra cosa de comer y no sólo tortillas duras, que me tengo que tragar con agua, porque ya no nos alcanza ni pa’ frijoles.

Salvador y Efigenia, sus padres, no emitieron palabra ¿Cómo coartarle a un hijo el deseo de superarse, con qué cara ejercer la fuerza para detenerlo si cuando el patrón abusa, la debilidad es total? El silencio de ambos alentó a Ignacio, le dio valor, decisión.

A pesar de su corta edad, 13 años, fueron suficientes para que el coraje y las ganas de ser, vencieran el miedo a lo desconocido.

Me iré pa’l Estado de México, así no estaré tan lejos de asté, má, y cuando la suerte me cambie, vendré por astedes, pa’que volvamos a estar juntos.

Hay mi’jo, cuídate mucho, no te metas en líos, no armes pleito, y no se te vaya ocurrir andar en malos pasos, por el amor de Dios, prométeme que no te harás ladrón ni malandrín, que irás a misa, que respetarás a tus mayores, que…

Ignacio dejó de escuchar los consejos de su madre, y pensó: ¡con un carajo, pobres pero honrados, qué no me entenderán, ya me harté de estar jodido, y no estoy dispuesto a seguir así!

Mi’jo, lo último que le digo, es que si las cosas le salen mal, regrésese, aquí, ta su pobre casa.

Don Salvador, no alcanzaba a entender los anhelos de Nacho; ni idea tenía de que ese chamaco, formaría parte de la revolución, sería pieza clave para la transformación de nuestro país y su ejemplo alentaría a muchos a rebelarse.

Sin más equipaje que su calzón de manta, un zarape, una docena de tortillas, un poco de sal y un guaje lleno de agua fresca, Ignacio dejó la hacienda del Carmen, en el Estado de Michoacán.

La Piedad, Puruándiro, Zacapu, en este pueblo Ignacio aprendió el arte de secar la carne y hacer cecina, lo cual le valió para que de allí a Morelia, capital del Estado de Michoacán, tuviera un buen atado de carne seca, que le permitió hacer más corta su estancia al pasar por Tzintzuntzan, Pátzcuaro, Cuanajo y Quiroga, en donde la talla en madera, el maque, la elaboración de lacas y de pasta de caña, requerían de gente docta en el oficio, por lo que Nacho se conformó con poder pasar las noches guarecido de las intemperies, a cambio del oficio de velador.

En la capital se estableció por dos años, en los que sobrevivió  de mozo, aprendiz de talabartero, se enseñó en el arte de curtir la piel para fabricar equipales,  a encerar los albardones y podría decirse que concibió él como se enguanta una montura de cuero.

La travesía duró 5 años, en los que Nacho, aprendió a ganarse el pan y a pelear por llevárselo a la boca, los tratos que recibían los peones y  los externos, en otros ranchos y haciendas, no eran muy diferentes a los del Carmen.

Esos quehaceres, forjaron un hombre, en el que el anhelo de libertad y el deseo de igualdad retumbaban en su cabeza, todos los días, a cada minuto.

Pos que le digo, es verdá que ya he recorrido hartos pueblos, pero sinceramente las cosas son iguales en todos lados Nachito, aquí y allá lo que sobran son jodidos, pero si tienes tantas ganas de juntar unos centavos, dedícate al pulque, eso sí que deja, ya ves que un buen macho sabe que entre más pulque, más macho.

Si Jacintopero ¿Cómo vendo lo que ni siquiera puedo comprar, además, en dónde lo compro para después venderlo?

¡Ah! Po’s no seas buey Nachito, si juera tan sencillito, hasta yo le entraba, pero una cosa si te digo, chamaco, si logras mercar con pulque ya chingaste, más pa’arriba, hay una mentada hacienda que se llama El Hospital, y en el rancho de El Gigante, que es parte de lo mismo, sacan buen pulque, es más yo voy a ser tu cliente, pos ese pulquito ta’ mucho mejor que éste, ira no más, –Jacinto se limpió con su brazo el excedente del pulque que colgaba en las comisuras de sus labios y lo sacudió–. Ya ni el canijo alacrán se forma. -Se dice que con  los buenos pulques, se forma la figura de un alacrán, cuando se sacude  el brazo en el aserrín-.

Ignacio conoció a Jacinto en Villa Victoria, de pasada a la escuela, porque era dueño del tendajón del pueblo, en la que vendían parafinas, queso de puerco en canasta, refino, piloncillo, azúcar en marqueta, manteca, petróleo, jarcias, en fin, de todo.

Más por hambre que por ganas de aprender, Ignacio aceptó que le enseñaran a leer y a escribir,  era parte de la entretención de la solterona del pueblo, escoger entre los trabajadores de su padre, a los muchachos mejor parecidos, para instruirlos en las letras, claro que de pasadita, les enseñaba otras muchas cosas.

Ignacio era muchacho corrioso, alto, de cabellera abundante, muslos firmes, su piel canela resaltaba el color de sus ojos, sus manos curtidas –a base de esfuerzo–, eran fuertes, grandes, abarcaban en pleno la cintura de casi cualquier dama, y por lo regular casi cualquier dama quería ser abarcada por esas manos, besada por esos labios gruesos y carnosos, mordida, poseída, cualquiera deseaba que esa barba cerrada raspara hasta dejar la huella del placer que provoca la juventud, y Julia, la solterona del pueblo, no era la excepción, al contrario, Juli, como la llamaba su padre, estaba perdidamente enamorada de Nacho

En cambio Juli, lograba con sus tratos y deferencias que Nacho tuviera una vida confortable y aún, cuando al principio era quizás divertido seducir y poseer a la hija del patrón,  ahora se había convertido en algo más que fastidioso, no sólo despreciaba la idea de volver a besarla, le causaba un rotundo asco el tener que sostener aún su mano en esas caminatas en la que Juli, lo atosigaba por una muestra de cariño.

Ándale Nacho, dame un besito, ven,  no seas así, antes eras más apasionado, ya casi ni me besas, ¿Quieres que le diga a mi papá que te regrese a la siembra, quieres otra vez arar la tierra y que tu cara, tus manos y todo tú, se cuarteen? ¿O quieres volver a dormir en los galerones, entre la cargada? ¿Quizás ya no te acuerdas de los olores, los ruidos y las caricias que a Pancho el caporal le gustaba hacerte? Entonces qué Nachito ¿Me abrazas tantito?

Entre más insistía Julia, más repulsión sentía Ignacio.

Me carga la fregada, esta mujer además de vieja, fea y mula es una mendiga arrastrada,  me largo, iré a probar suerte al Gigante,  ni modo que con lo que he aprendido, no me den trabajo por lo menos de gato de alguno de los patrones.

Mira Juli, está muy mal que una dama como tú, que ha sido capaz de provocar en mi hasta cariño, se porte así, yo te estoy muy agradecido, me enseñaste a leer, a escribir, a hablar correctamente, pero que te digo, ¡A fuerza ni los zapatos entran y la verdad ya ni me gustas ni te quiero, así que allí la dejamos!

Si piensas que me quedo a servir a tu padre y al imbécil de Pancho, estás bien loquita, tú no me vas a volver a ver en todo lo que te resta de vida y con el favor de Dios yo a ti tampoco.

Así que Ignacio más pronto que inmediatamente, emprendió  camino.

Al día siguiente ya había llegado al Gigante, de madrugada, por unos momentos observó a su alrededor,  era un rancho grande, con magueyes enormes, en el que  se sentía un ambiente cálido.

¿Qué te trae por acá muchacho? -Pregunto uno de los capataces; -pues verá usted, vengo en busca de trabajo.

Újule! chamaco, si no te vieras tan fuerte, te diría que mejor busques en otro lado, pero con esos pectorales, de seguro si puedes arrancar, raspar y cargar los corazones de los magueyes, necesitamos gente recia, así que si estás dispuesto a fregarle, ya encontraste en donde.

Ignacio no reparó en las advertencias de Juan, todo cuanto quería era ganarse la confianza del hacendado para poder mercar con el néctar de los dioses.

Esta bien patrón dígame ¿Cuándo empiezo? Pos’pa luego es tarde chamaco, quítate el jorongo, que con todo lo que hay que hacer lo menos que tendrás es frío, ahorita te desentumes.

Era invierno y el viento que bajaba de las faldas del Xinantécatl, lograba que los pastizales se llenaran de escarcha, las heladas convertían aquellos pastos en otra hora verdes, en zacates amarillentos.

Ira escuincle, esto de raspar los magueyes no es cosa fácil, aquí como en todo hay orden y jerarquías, no creas que puedes saltarte las trancas, porque por acá quien desobedece, o se larga, o se muere, así que tu dirás, te lo advierto antes de que le entres pa’ que luego no te quejes.

Desde que dejó el CarmenNacho había escuchado muchas veces palabras parecidas, así que no le importó mucho todo lo que Juan decía; de pronto se acercaron a los magueyes productores, eran más grandes, podían tapar a un hombre a caballo, fue entonces que toda su atención se volcó ante Juan.

Esta bebida, fue muy  apreciada en el imperio mexica, como te darás cuenta se obtiene de las pencas del maguey, cuando la planta ta’madura. Para ello se le arranca la yema o corazón y sus paredes se raspan hasta lograr un hoyo, de la que, unos días después, manará el aguamiel de las pencas, ¿me entiendes?

Si claro que entiendodon Juan.

El tlachiquero es el encargado de extraer el líquido, pa’eso ocupa un acocote, como éste, ¿lo ves? -Si don Juan; -con  eso le chupa dos o tres veces al día, y  a luego lo echa en una botija o pellejo (cuero de pulque), o en una castaña,  pa’después vaciarlo en el tinacal, donde se fermenta,  o sea que se guelve pulquito, ¿Ta’clarito o me regreso?

Si está claro don JuanTa’gueno chamaco, pero también debes de saber que el aguamiel sin fermentar es delicioso  está rete fresco, dulce y transparente, te aconsejo que cuando te arda el lomo por cansancio, te eches un trago, ya verás que te sale juerza de donde ni te lo imaginas.

Güeno, ya que te expliqué como ta‘la cosa, vete a cargar las pencas que están allá y mete las que estén tiernas en la carreta, porque esas sirven pa’hacer la barbacoa, ya, ni creo que sepas lo que es la barbacoa, ni sé pa’que te explico, ¡apúrale!, las que están tiesas pásalas pa’ca ¿Me entendiste?  Y en cuantito acabes me buscas chamaco.

Si don Juan. ¡Ah! otra cosita, mas te vale que no te encuentre chismeando, aquí solo se lo permitimos a las viejas.

Antes  de que Juan terminara la frase, Nacho ya traía varias pencas tiernas entre los brazos.

La comezón y el ardor que le provocó el contacto con las pencas, hizo que le diera  temperatura, hinchazón y salpullido, nunca se imaginó, ni nadie le dijo que eso le iba a suceder, así que por unos momentos pensó que le había picado un animal ponzoñoso, hasta que  encontró a Juan y le contó lo que le pasaba.

¡Uy chamaquito!, que delicadito me saliste, déjate de cuentos, a ti no te picó nada, lo que te pasa es que yo creo que tenías un tiempecito de andar de huevón y por eso te cayó tan mal la curtidita, pero con los días y la joda se te va a quitar, ya verás, ahora sígueme pa’que te eches un taco y a luego te jalas pa’yariba a llevar las botas pa’ los tinajales, ¿Me entendiste?

Si don Juan. -Po’s ton’s ¿Qué haces allí paradito como estatua? Es que me siento mal. Es que nada, tú pediste trabajo y yo te lo di, así que te aguantas y le friegas o te largas de una vez.

¡No!, no, don Juan ya voy; por la cabeza de Nacho sólo pasaba la imagen de Julia burlándose de él, así que prefirió la fiebre y el dolor que volver al lado de esa mujer.

El cansancio y la fiebre, no alentaron mucho a Nacho, sólo comió tres tacos, pero las cosas cambiaron cuando llegó Ana, y le ofreció un pedazo de queso, no fue el hambre el que lo convenció de aceptarlo, si no la cara de esa hermosa mujer.

Pero más tardó en probarlo  que Juan, en reprimirlo, ¡oyeme!, oyeme, escuinclito tarugo, ni te fijes en esa vieja, que es mi’ja y lo que menos quiero es que se involucre con un chamaco como tú, así que mírale pa’ otro lado ¿Me escuchaste?

Esta vez Nacho no contestó, solamente se levantó y caminó rumbo a la encomienda que le había hecho Juan unos momentos atrás.

Los días pasaron y Nacho se fue ganando el aprecio y respeto de los otros peones. En una ocasión, una de las tinajas se rompió y como él, días antes, había curtido unos cueros de toro que compró a buen precio, no dudó en ofrecerlo para reponer la tinaja, así se gano la confianza de José María, el tlachiquero.

Poco a poco logró juntar unos centavos, y cuando consideró que eran suficientes, habló con Juan y le pidió que le prestara dos mulas y le vendiera 50 litros de pulque, le contó del anhelo de poder hacerse de un capital y regresar por sus padres, a lo que Juan asintió, después de casi dos años Nacho le había demostrado que era un hombre de trabajo, respetuoso y honrado.

Con una tremenda ilusión Nacho llevó su pulque a Villa Victoria, a la tienda de su amigo Jacinto, y cumpliendo con lo acordado, este le compró los 50 litros y le encargó 100 para la siguiente vuelta.

Para ese entonces; Nacho ya conocía un camino más corto y la travesía duró solamente unas horas.

Fue así que empezó a lograr su sueño. Un día platicando con Juan, le sugirió que llevara pulque a la capital, argumentándole que después de venderlo, podría traer algunas mercancías y venderlas en El Hospital o en El Gigante.

Ignacio le pareció una buena idea, sin embargo nunca contempló que no conocía a nadie en Toluca, lo cual haría que desplazar el pulque se convirtiera en una tarea muy complicada.

Transcurridas 16 horas, llegó a la capital, como no calculó bien los tiempos, pasaban de las 5 de la tarde, para ese entonces, el cansancio y el temor de encontrarse en una ciudad que, desde que cruzó por Morelia, no veía, comenzaron a apoderarse de él.

¿Y si me asaltan? ¿Y si no me compran el pulque? ¿En dónde voy a dormir? ¿Qué tenía en la cabeza cuando escuche a don Juan? ¿Por qué no me conformé con lo que vendía en Villa? Estas y más preguntas pasaron por su mente, pero cual sería su sorpresa que a la vuelta de la esquina que iba cruzando se encontró con  La Reina Xóchitl, era una pulquería rebosante de mujeres y hombres, embriagándose a placer, sin tardar, Nacho, amarró sus mulas y le pidió a su ayudante que lo esperara.

No te muevas de aquí, y si alguien se te acerca, ¡Gritas, pateas, berreas o haces lo que te dé tú gana, pero no permitas que desamarren las mulas!

Entre tantos briagos, no le quedó más que abrirse paso a codazos y empujones, hasta que por fin llegó a la barra en la que despachaba un hombrecillo regordete y con cara de chiste. Disculpe usted, el dueño ¿se encontrará? Depende quien lo busque y pa’qué. –Mire mi nombre es Ignacio Vilches Alcázar y estoy aquí porque traigo muy buen pulque para vender.

El hombrecillo se rascó la cabeza y con cara de incredulidad le pidió que le enseñara el producto, Nacho destapó la bota, y virtió una cantidad generosa de pulque en la xoma.

Se ve bueno, dijo el hombrecillo, al tiempo que ofreció el brebaje a uno de los rancheros que estaba recargado en la barra, con alegría el tipo sorbió, y después de algunos tragos, limpió las comisuras de sus labios y arrojó el excedente que escurría por su mano al aserrín que cubría el piso de la pulquería, allí estaba, perfectamente bien definida la figura de un alacrán.

¿De dónde trae el pulque? Inquirió el hombrecillo, –del rancho El Gigantecerca de Villa Victoria, está pasando la hacienda de El Hospitalsí, sí ya sé donde es. Me lo hubieras dicho antes, y no habríamos ahorrado todo este teatro ¿Cuántos litros traes?

Mire son 150 del dulce, 125 del que no esta tan dulce, del semi, y 75 del ácido, para acabar pronto entre tornillos, caras blancas y catrinas son 350 litros, ¿Cuántos quiere?

Tras arreglarse en el precio, el hombrecillo le compró toda la carga y además le encargó el doble.

Nacho se sintió tan feliz, que decidió quedarse por un rato entre la gente, él no bebía, así que optó por invitarle a su chalán unas cuantas catrinas (vasos de un litro).

Hubo una plática que atrajo su atención, era de un grupo de hombres que  hablaban de sublevarse, de libertad, de igualdad, hablaban de todo aquello que Ignacio había soñado, eran palabras que llenaban su mente y ocupaban su esperanza, se acercó y escuchó, después de algunos instantes, ya estaba compartiendo sus ideales.

A la mañana siguiente,  desvió un poco el rumbo a El Hospital, para comprar algunos animales en el mercado de San Bernabé.

Por su mente sólo pasaba la imagen de Ana y la plática de la noche anterior.

Fue unos meses después que lo invitaron a formar parte de las tropas de la revolución. Pero Ignacio, estaba enamorado, endiosado con Ana, que para ese entonces ya era su novia, con todo y la venia de don Juan.

-Ana, todo me ha salido bien, Diosito es muy bueno conmigo, pero tengo una promesa que cumplir con mis viejos y quiero que ellos estén presentes cuando tú y yo nos casemos, así que mañana mismo salgo para el Carmen, regreso en un mes, ya hablé con tu padre y él está de acuerdo, ¡ay cariño!, si viera que ganas tengo de hacerte míaAna se ruborizó, pero dentro de ella sintió un calor que recorrió todo su cuerpo, y como no, para ese entonces Ignacio era un hombre hecho y derecho, un macho de 26 años, que expiraba virilidad, fuerza, juventud y experiencia. Ana tan sólo tenía 16 años,  sin embargo, era toda una hembra, de grandes caderas, nalgas firmes, redondas y pechos abundantes, en los que más de una ocasión Ignacio se había perdido queriéndolos besar. Extrañamente esa tarde, Ana tras negarse por unos instantes,  se dejó  por la fuerza que Nacho ejerció en ella, la tomó por los hombros con una mano, y con la otra la alzó por las piernas, después de unos cuantos pasos, la tendió en la paja, y comenzó a desabrochar uno a uno los botones de su blusa, la besó, la olió, raspo su cuello con esa barba espesa y cerrada que cubría su mentón cuadrado, al tiempo,  con las yemas de sus dedos recorría por debajo de su vestido, esos senos firmes, la entrepierna, sus muslos suaves, la despojó de cada prenda que cubría su cuerpo, la observó; -¡Me gustas!, es más, me encantas, sabía que eras mía, que ya no te resistirías más. La volteó y mordió su espalda hasta llegar a sus nalgas, nuevamente hizo que girara, hasta encontrarse sumergido en su pubis virginal, absorbió, besó, repasó una y otra vez su lengua, mientras que Ana entre gemidos, se negaba a sentir esa explosión celestial que empezaba a recorrer uno a uno los poros de su piel; Nacho se arrancó la camisa, la misma suerte corrió el pantalón y las botas, las arrojó a cualquier parte, ¿qué más daba, qué importan unos trapos cuando te cubrirás con una piel  de seda? Ana se sorprendió al ver a Nacho desnudo, nunca había visto algo así, y más se sorprendió, al ver el tamaño de su miembro, contra toda su voluntad, clavó su mirada en él, su tamaño era descomunal, ¿Por eso enloquecían las mujeres? Si que era superdotado ¡De ahí nutría él toda la energía que tenía para trabajar! Instintivamente cerró las piernas; una sensación de miedo placentero se apoderó de ella, Nacho permaneció allí de pie, endiosado, presumiendo de sus dones, los mostraba como si fueran un arma de fuego, el orgullo de un cazador. Ninguno de los dos hablaba, Ana, apenas respiraba, tenía la boca seca, las manos heladas. Arrodillado sobre la manta que había colocado unos minutos atrás, le pidió que girara y lo único que ella vio fue el crecimiento de aquello que no entendía como lo alojaría en su interior.

Nacho le hablaba con palabras dulces y tiernas para tranquilizarla, pues vaya que lo necesitaba.

Te cuidaré, no te preocupes, adujó mientras subía la intensidad de sus caricias.

Por su parte Ana, disfrutaba plenamente el apetito feroz que le mostraba su hombre, mientras exista ese deseo, habría amor para siempre; la besó, la besó toda, la tocó sin lastimarla, la sedujo, la estrujó, enredó en sus dedos sus cabellos, con su aliento recorrió su cuello hasta introducirse en sus oídos y estremecerla profundamente, susurró palabras prohibidas, encendió su vientre, hasta que por fin la montó, Ana, le mordió el cuello, le arañó la espalda, le encajó las uñas, empezó a gemir, a gozar, luego a gritar con ese dolor placentero, le exigió paciencia, tiempo, amor, cariño, trató de detenerlo, al tiempo que sus movimientos los excitaban,  procuró  contenerlo,  hacerlo esperar, pero cuando se dio cuenta, ya eran uno, su piel se había fundido, entre sudores y calores Ignacio, cabalgaba por los cielos, montado en una potranca joven, con la que recorrería los espacios abiertos hasta llegar al final del universo.

Las sensaciones eran muchas al igual que las incertidumbres, Ana no entendía cómo pasó, cómo su piel, sus huesos, sus sesos y todo su ser, se habían entregado. Los primeros rayos de luz se filtraron por las tablas del granero, el frío hizo su presencia, los gallos empezaron a cantar, era de madrugada, pronto su padre notaría su ausencia. –IgnacioNachome tengo que ir, levántate, se me hace tarde, mira que nos cachan y adiós planes de boda y de vida, ándale Nacho

Ignacio no quería ni podía moverse, el cansancio y el placer lo tenían atrapado. Entre sueños escuchaba una voz que cada vez se volvía más clara, levántate, los peones nos van a ver desnudos, mi padre nos va a matarNacho.

Cuando volvió en sí y se dio cuenta de la situación, sus movimientos fueron precisos, en menos de lo que el sol se puso, Ana ya estaba en su casa y él camino a la hacienda de El Carmen.

Los árboles, las nubes, las flores, el viento todo le recordaba esas intensas horas que había pasado al lado de Ana, no dejaba de oler la pañoleta que instantes atrás, sostenía la cabellera de quien sería la madre  de sus hijos, su mujer.

Los días transcurrieron, y aun cuando el camino pudo hacerse de algunos clientes y lograr buenos negocios, la espera por volver al lado de Ana se tornaba insoportable, por fin los arcos que 13 años atrás lo habían visto irse, hoy lo recibían. Su llegada causó intrigas, los cuchicheos entre los peones llegaron a oídos del patrón.

Ya llegó Ignacio, ahora es rico, se ve muy bien vestido, dicen que viene por sus padres, también dicen que viene a comprar la hacienda, quizás a cobrarse las malas pasadas, dicen que es poderoso, dicen que…

Las especulaciones eran tantas que el patrón decidió cerciorarse por sí mismo y fue a su encuentro.

Nacho había entrado en el jacal en el que vivían sus padres, si a eso se le puede decir vivir, en cuanto su madre lo vio, sus ojos se llenaron de lágrimas, –Nacho mi Nacho, volvistes, mi’jo, ¡esta pobre vieja puede morirse tranquila. Era lo único que esperaba. Tras abrazar y cargar a su madre, Ignacio pregunto  por su hermana y por su papá, el llanto fue simultáneo, la viruela había cobrado muchas vidas y sus amores estaban entre ellas.

Tras enjugar sus lágrimas, Nacho, puso al tanto de sus triunfos a su madre, le contó sus sueños y sus victorias, le habló de El Gigante, de su nueva casa, del hogar que formarían y del gran amor que sentía por la que iba a ser su esposa.

En esas estaban cuando la puerta se abrió, era el patrón, sin tomar en cuenta su presencia Nacho cargó a su madre la subió a la carreta  y emprendió la regresada, en el camino, le compró mantillas, vestidos, medias, zapatos, chales y rebozos.     –Estas arracadas se ven muy lindas, quiero que mis suegros  y mi futura esposa la vean muy guapa, así que ni una palabra más se las lleva puestas. ¡Hay Nacho, cómo crees están bien caras!, Ya dije ni una palabra más.

Efigenia, su madre, irradiaba felicidad, por fin estaba con su hijo, por fin podía ver el sol de cada día sin tener que esconderse del patrón, por fin no sentía ese vacío y esa hambre, no recordaba hace cuánto tiempo no comía carne, es más no podía recordar cuándo fue la última vez que había estrenado un vestido. Dios era justo, el amor que su hijo le demostraría recompensaron esos años de sufrimiento.

La boda se celebró, pronto vinieron los hijos, Nacho dejó el negocio del pulque, formó parte de los movimientos revolucionarios, tras comprar un rancho cercano, se dedicó a la siembra y al ganado. Alimentó y hospedó a las tropas villistas, persiguió sus ideales y ayudó a muchos  jóvenes a estudiar y a forjarse un futuro, murió viejo, rodeado de sus hijos y nietos, próspero y feliz.

El rancho El Gigante, dejó de producir pulque, para convertirse en un lugar de esparcimiento y confort, ahora además de ser un hotel gran turismo, cuenta con varios salones en los que la alta sociedad lleva a cabo eventos familiares y sociales, sin embargo conserva la vocación de rancho al contar con establo, ganado, siembra de maíz y hortalizas, con las que se elaboran deliciosos manjares que se pueden disfrutar en el restaurante gourmet, que es parte de Real Hacienda Santo Tomás, las familias que trabajan en las instalaciones del Gigante, al igual que Ignacio Vilches Alcazar, siguen forjando ideales y consiguen lograr sus sueños.