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Una noche en la Sala Nezahualcóyotl

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Por mucho tiempo había querido conocer la Sala Nezahualcóyotl de la UNAM. El sábado pasado se me hizo y de pura casualidad.

 

Fuimos de visita al Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC) en el Centro Cultural Universitario UNAM, que por estos días tiene las exposiciones “Hablándole al poder” de la cubana Tania Bruguera; “Axiomas para la acción” de Carlos Amorales; un espacio de experimentación sonora: “Interspecifics: Aire”; y un homenaje al movimiento migrante internacional, incluyendo una urna para emitir votos solicitando al Papa Francisco que otorgue la ciudadanía del Vaticano a los migrantes sin patria. Aunque la muestra que me interesaba y que acabó el pasado 29 de julio era “Sublevaciones”, con la curaduría de Georges Didi-Huberman y una selección transdisciplinaria de una cincuentena de artistas de México y el mundo. Pero otro día hablaré de ésta.

 

Al salir del MUAC, cual sería mi sorpresa al enterarme que pegadita está la Sala Nezahualcóyotl, ni más ni menos que la sede de la Orquesta Filarmónica de la UNAM (OFUNAM). No lo sabía, perdón por la ignorancia. Nos dirigimos a la entrada de la Sala pues estaban abiertas las puertas y mientras yo pedía informes sobre el concierto de la noche, algún buen samaritano le regalaba a mi esposa boletos de entrada (a veces conviene llevarla pues, por lo regular, gente que no la conoce la trata muy bien). Subimos al segundo piso y desde allí pudimos observar parte de la majestuosidad de este recinto que en 2016 cumplió 40 años de existencia (el mismo año la OFUNAM cumplió 80 años).

No obstante, en esta Temporada de Verano 2018 la que está de plácemes es la Orquesta Sinfónica de Minería (OSM), que festeja 40 años interpretando las nueve sinfonías de Beethoven bajo la dirección artística de Carlos Miguel Prieto. Esa noche pudimos apreciar las piezas Mothership del joven compositor norteamericano Mason Bates (41 años), Sinfonía concertante para violonchelo del ruso Sergei Prokofiev (con un muy solvente solista del violonchelo: Pablo Ferrández) y la Sinfonía No. 6 “Pastorale” de Beethoven (subtitulada Recuerdos de la vida campestre y que en el mes de diciembre próximo cumple 210 años de su estreno en Viena). Para hablar del ciclo completo de las nueve sinfonías, doy la voz al crítico musical Iván Martínez:

 

“Escuchar las nueve sinfonías de Beethoven, juntas o por separado, siempre le hace bien al espíritu. Sea al individual o al colectivo… es un compositor que le habla directo a lo más profundo de la humanidad. Y sus nueve sinfonías… comparten una cualidad universal que las hace obras clásicas, tanto en el sentido básico de ejemplo de la forma, como en el sentido filosófico de fuente inagotable. Siempre nos dirán algo. Por más que creamos que hemos escuchado ya la Quinta o la Novena suficientes veces, nunca serán demasiadas… Programarlas juntas, como ejercicio personal de escucha o como ejercicio de programación de cualquier intérprete, me sigue pareciendo audaz, técnica y artísticamente. Y es uno que recomiendo, con cualquier orquesta, con diferentes directores, o con el mismo. Si se puede en vivo mejor”.

 

Me encantó el concierto y me impresionó sobremanera el sonido que permite la acústica del lugar, verdadera maravilla arquitectónica al servicio de la música. Y para conocer lo bueno y lo malo en la ejecución de los instrumentos, los ensambles y la calidad del sonido, hay que leer a expertos como Iván Martínez, concertista él mismo, clarinetista para mayor referencia, quien piensa que “son las maderas las que dan a una orquesta su personalidad sonora”.

 

Mientras escuchaba la Sexta pensaba en el prehispánico in cuicatl in xóchitl, la dualidad flor y canto, “lo único verdadero en la tierra”, según interpreta el maestro de maestros Miguel León-Portilla (que Dios lo guarde por siempre). A partir de las “pláticas de viejos” ó huehuetlatolli, se sabe que mediante la poesía (in cuicatl in xóchitl) los sabios tlamatinime enseñaban a los individuos a adquirir y desarrollar “rostro y corazón” (ixtli, in yóllotl), es decir, a “humanizar su sabiduría y querer”, tener libre albedrío y dominio de sí mismos, a ser rectos (in yécyotl), en suma, a tener su propia “personalidad y dignidad”.

La poesía es, entonces, para los antiguos nahuas, el canto, la música que humaniza a los hombres. Es ese canto, esa música, por la que vivió una vida fecunda en el siglo XV el Rey Poeta que da nombre a la Sala en la que nos encontramos. Uno de sus cantos, “He llegado”, que León-Portilla extrae de los Romances de los señores de la Nueva España, tiene los siguientes pasajes:

 

Ya busco presuroso

mi canto verdadero,

y así también busco

a ti, amigo nuestro…

 

Con cantos floridos yo vivo.

 

Como si fuera de oro,

como un collar fino,

como ancho plumaje de quetzal,

así aprecio

tu canto verdadero:

con él yo me alegro.

 

¿Quién es el que baila aquí,

en el lugar de la música,

en la casa de la primavera?…

 

Fue el Rector Guillermo Soberón Acevedo (1973-1981) quien, a la hora de su inauguración en 1976, sugirió el nombre para la Sala: Nezahualcóyotl. Fue, por tanto, un gran acierto haberle puesto el nombre de uno de los máximos exponentes de la cultura mexicana que dedicó su vida al canto, a la música.