Visita nocturna

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Es una noche cálida. Son las 10:30. Llego a mi casa después de un día pesado en el trabajo. Lo primero que hago es quitarme los zapatos y caminar descalza, sintiendo cómo el frío descansa mis pies. Hago esto desde la secundaria, aún con mi madre gritando que me ponga los zapatos… que las calcetas se van a ensuciar… que me voy a enfermar… Y me la vivo enferma, pero no por esa razón, mi psiquiatra tiene otras explicaciones para ello.

Camino hacia la cocina y me preparo un té de frambuesa, amo todas las frutas y cosas de color rojo.

Me llevo el té hacia mi habitación y me recuesto sobre la cama. No quiero pensar en mi jefe ni en el altero de pendientes que hay sobre mi escritorio. Tomo un sorbo del té caliente, cierro los ojos y voy soltando las presiones y las responsabilidades y simplemente me interno en mis fantasías.

Todavía tengo calor, así que me quito la ropa, me quedo en brasier y en pantis de encaje rojo. Por mi ventana entra un aroma delicioso, es la planta del vecino, dicen que se llama huele de noche, inhalo una gran bocanada, suspiro y me colma de paz.

Después de un momento de relajación mi consciencia se va desvaneciendo.  A lo lejos me parece escuchar a los perros de mis vecinos ladrar. Siento que estoy a nada de quedarme dormida y, aunque acostumbro a leer antes de dormir, dejo que mi mente decida el rumbo de la noche.

En ese instante escucho una voz que me dice eres hermosa. Quiero moverme y no puedo, intento levantarme de la cama, extender los brazos o patalear, pero es inútil, mi cuerpo no me responde. Pareciera que me han amarrado.

Volteo a ver mi cuarto. Advierto que los libros del estante comienzan a caerse. No sé qué está ocurriendo… Siento cómo se mueve y se hunde mi cama. El foco comienza a parpadear… hasta que termina por apagarse. No distingo nada. Mi cuarto es tan obscuro al igual que mis recuerdos… y mis miedos.

Siento un calor que se enreda en mi cuerpo y alguien tratando de controlar mi angustia. Esa presencia se sienta a horcajadas y toma firmemente mis muñecas, las atrapa por encima de mi cabeza.

De forma absurda el miedo que quedaba se disipa. Mi cuerpo comienza lentamente a frotarse en la cama… Se mueve sin mi consentimiento… y cada vez se torna más rápido. Emito suaves gemidos y la sábana blanca y tersa comienza a humedecerse. En ese momento, esa extraña presencia me coloca bocabajo y me estremece con un terrible tirón en el cabello. Grito sin censura. Pero por más que grito y lo fuerte que lo intento no se escucha nada en mi habitación. Sólo se oye el ruido de la noche que atraviesa las ventanas.

Intento zafarme y algo se entierra en mi espalda, se sienten como uñas de gato recién afiladas. Se deslizan desde mi cuello hasta mi coxis provocando en mí una mezcla de excitación y de dolor.

Y ya sé qué es lo que quiero. Mis nalgas se tensan y mi cuerpo se conmociona. Se escucha un golpe… dos golpes… tres golpes… Tres azotes secos que retumban y se mezclan con mis quejidos.  Se forma una marejada en mi organismo y se cimbra todo a mí alrededor.  Trato de convencerme de que todo esto es un sueño. (Admito que me hace falta sexo desde que él se fue…  y quizá sólo son mis fantasías revelándose en mis sueños).

Pero algo muy extraño sucede: del calor paso al frío. Se siente un vendaval gélido entrando y saliendo de mí. Mi respiración se torna agitada y con cada embestida se hunde más en mí.  Creo que a cada penetración le revelo mis secretos y mis deseos, pues pareciera que sabe perfectamente cómo tomarme, cómo moverse, de qué manera tocarme. Hace justamente lo que quiero. Adivina cada uno de mis pensamientos. Se escucha el aire brotar de mi nariz. A pausas.

Luego todo se detiene. Me retuerzo en la cama. Mis ojos tratan de enfocar, de percibir algo, de saber quién es… pero es imposible. Todo sigue igual de obscuro y de confuso. La presencia me aspira del cuello a la oreja, mi cuerpo se tensa, mi piel se eriza y un calambre recorre todas mis terminaciones nerviosas acabando en mi cerebro. Sorpresivamente un dolor se instala en mi pecho, un remolino se desatornilla de mi clítoris y el peso sobre mi cuerpo se aligera.

Ya no siento ni frío ni calor. Me muevo sobre la cama y me descubro empapada en sudor. Con temor me levanto de la cama. Camino, desconcertada y con gran torpeza. Mis manos se apoyan de los muebles para llegar a la puerta. Aprieto el interruptor. La luz regresa tímidamente. Lo primero que hago es acercarme al tocador y verme en el espejo: mis ojos están desorbitados y mi cabello hecho un desastre.

Ansiosa, volteo a ver mi cama y mis pantis están en el borde. Rápidamente busco algún indicio en mi cuarto. No hay señales de nada ni de nadie. Curiosamente los libros están perfectamente acomodados, menos uno, lo levanto del piso y me asusta el título Donde cruzan los brujos. Lo coloco en mi buró y cuando lo hago, noto que olvidé tomarme mis pastillas. Con un sorbo de té me las trago.

Salgo de la recámara y camino por la casa. Todo está en calma y en orden. Sólo escucho el reloj del pasillo marcando los segundos. Son las 11:11 de la noche.

Me dirijo a la puerta principal y la encuentro emparejada: me aterro al instante. Mi cabeza se desborda al imaginar que él pudo haber venido. Sé que debí quitarle su juego de llaves cuando terminamos. Me reprocho, aunque todavía creo que estoy alucinando y todo ha sido un sueño.

Cierro la casa y voy hacia la regadera. Necesito un buen baño para poder relajarme y olvidar el incidente. Cuando me cae el chorro del agua caliente, mi cuerpo se arquea al sentir un terrible ardor. Salgo del baño y me miro en el espejo, observo los rasguños marcado en mi espalda con la herida… aún punzante…