Voces de Paz

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“Cantan los pájaros, cantan
sin saber lo que cantan:
todo su entendimiento es su garganta.”

Octavio Paz

 

Si hay algo que enorgullece al mexicano, es su cultura; esa mezcla de colores, que en la historia se fue pincelando. Somos el resultado de lo que nuestros antepasados han construido en el venero de ls existencia; por tanto, el mexicano es la cosmovisión de sus antepasados, la construcción de su presente y el anhelo sobre el cuál se deposita la esperanza de las nuevas generaciones.

 

Cultura, palabra en libertad hecha memoria; bajo ese tintero de pensamientos libertarios encontramos la vida de Octavio Irineo Paz Lozano, el hombre de letras que se deletrea mientras los demás le leen; el mexicano que se imbuye en la mente de sus paisanos y reconstruye la epígrafe de sus pensamientos, haciendo con ella un laberinto de orfandad. Porqué el lenguaje mexicano se ha magnificado con la obtención por uno de sus hijos del máximo galardón de la lengua, el Premio Nobel de Literatura.

 

Y en efecto, Octavio Paz, hereda la idea de la libertad; una libertad que no queda atada a la palabra, pues ella misma ha sembrado las alas y las ha perfumado de algarabía para llegar fugaz hasta los anchos campos de las estrellas, en donde los espíritus de los escritores transforman la realidad en una bella quimera que seduce a los lectores y les otorga un pincel particular para recrear su obra y hacer que los libros sean extensiones de su propio pensamiento.

 

Su vida se torna combate, pues en la cuna de su nacimiento las ideas revolucionarias cobran vida y le dan a su espíritu la estampa que llevará prendada en su andar por la escritura, haciendo revoluciones en el pensamiento, transformado los estilos de redacción; tal vez conmovido por el estilo metafórico del bardo mexiquense, Horacio Zúñiga cuando estudió en la Escuela Nacional Preparatoria;  Octavio Paz va apropiándose de un lenguaje propio y va recreando una vida de poesía, llena de luz y de candor. Surge en su persona, el poeta de la vida, el poeta de luces que va haciendo camino en la métrica, en la modernidad de la prosa y en el espíritu de la rosa.

 

Conocer a Octavio Paz, en la profundidad de su obra nos invita a armonizar las piezas que hilvanaron su vida; primero el joven de lucha agrarista, legado de su árbol genealógico, desde joven conoció la realidad de los problemas de la tenencia de la tierra; pues al dar clases en las rancherías del Estado de Yucatán, entendió sobre la explotación que por años había acaecido entre los mayas, los hombres que trabajaban la tierra pero no recibían una utilidad propia derivada de su trabajo, ahí ocupo como bastión del pensamiento la defensa y el apoyo de las causas populares. De estas famélicas experiencias entre la necesidad del mexicano y su realidad en la parte sur del país, existen pasajes que sin duda  quedaron cincelados en su escritura, testigo de estos hechos es la redacción de su libro “Entre la piedra y la flor”, y el hecho que marcará su vida, fue conocer a quien posteriormente fuera su primer esposa, la también escritora: Elena Garro.

 

Un gesto verdaderamente pulcro y a la vez inverosímil fue la declaración que públicamente hiciera Octavio Paz en una entrevista al manifestar: “Siempre tuve miedo a la palabra hablada”, es insoslayable no sorprenderse al escuchar una manifestación de este tipo en un hombre que juega el bello arte de la palabra escrita y que domina el contexto de la conversación de manera fluida; pero como ocurre en diversas ocasiones, no todo el que escribe sabe hablar, no siempre quien domina las letras en su significado profuso puede externar esa bella metáfora de la naturaleza humana, pensar y hablar, como un binomio de encantos que lo mismo deleita la mente, que lo hace también en las emociones, permitiendo conectar mente y verbo en una lámpara de maravillas.

 

Aunque no es de extrañarse que dada su condición de intelectual y poeta, el joven Octavio figure en los más altos escenarios intelectuales dirigiendo un mensaje de manera verbal; en sus años mozos participaba en los certámenes de Oratoria y más aún, compartiendo de manera efímera el micrófono centellante de las ideas con un joven orador que tiempo después dirigiría los rumbos de la nación mexicana, nos referimos sin duda al “presidente orador” Lic. Adolfo López Mateos; anécdota que mediante la crónica sabemos tuvo cabida en el parque Bolívar, justo a un costado del edificio histórico de  Rectoría en la Ciudad de Toluca, Estado de México. Qué tiempos aquellos y que privilegio tener parte en un memorial donde a la postre se reunieran para hablar de México y Latinoamérica dos personajes centrales de la historia nacional: un premio Nobel de Literatura y un presidente de la República Mexicana, Octavio y Adolfo; personajes de intelecto suculento que desde sus trincheras edificaron el paraninfo de la idea sobre la mexicanidad y el detonante de una cultura que aún en nuestros días y pese a todo sigue brillando en el plano nacional.

 

Si ya de suyo la copiosa obra del Nobel mexicano es basta, tanto en ensayo como en poesía; no solo las letras edificaron su carrera profesional, también es de reconocerse el prestigio que diera a nuestra Nación su asistencia al servicio exterior mexicano fungiendo como embajador en la India, Francia y Japón, en donde abrevando de su estancia pudo avivar el canto sonoro de la melancolía y estampar los trazos de una mexicanidad disoluta que no se rompe en el tiempo ni en el espacio, y que se vislumbra más bien en el rostro de las máscaras mexicanas, en el color de sus sonrisas fingidas a veces, y sonoras en otras; exaltando nuestra cultura, léxico y tradiciones y dándole un sutil prestigio en amable composición con sus comparativos internacionales; redefiniendo el laberinto de personalidades en las que se vuelca el espíritu mexicano, añorando en el extranjero lo que con creces tiene en el suelo nacional.

 

Paz para el poeta que luce su sensibilidad en los círculos concisos de nuestro despertar, acuñando los rasgos de sus versos a la sombra de la piedra del sol, en donde los rayos de astro rey nos muestran los rasgos del alma mexicana; paz para los que creemos aún en las formas democráticas, en donde la tinta es libre de acusar o defender, en donde el mayor obstáculo se encuentra en descifrar las palabras que aún no han sido dichas, en robarle pétalos al espectáculo para convertirlo en realidades mexicanas, alejadas de la farándula y apegadas al razonamiento. Porque en cada palabra que ha sido cincelada alguien al observarla seguramente la deletrea.