Y ahora, ¿qué hacemos?

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“A partir de ahora no viajare de otra forma, más que en sueños”

Julio Verne

 

Irremediable y lamentable situación la que permea en nuestro país; infestado de violencia, luchando cada día por hacer efectivos los derechos de igualdad, asoleado por el escarnio y polarización social propiciada por las ideologías propias o sembradas por quienes deberían defender la libertad de expresión y elección, y no conforme con lo anterior es foco rojo en materia de salud ante los embates del “Coronavirus”.

Y es que el panorama no puede ser más desalentador para el país; la realidad cambia latentemente, mientras las cifras de contagios aumentan diametralmente día con día, nuestras autoridades dan versiones encontradas de los cercos sanitarios que en el ámbito de su competencia conocen, llegando en ocasiones a contradecirse una entre otra y la interrogante que permea en la mente de la sociedad no puede ser otra que: y ahora ¿qué hacemos?

 

¿Qué hacemos? ¿A quién le creemos? Son solo algunas de la serie de preguntas que no alcanzan a ser resueltas y “la vida sigue” dicen algunos, mientras la sociedad de manera colectiva cae en el pánico y se deja llevar por una oleada de información que en ocasión de ayudar a preservar la calma, llega a desinformar y a generar expectativas que no llegan a ser resueltas.

 

Y es que aunque México se ha caracterizado por ser un país solidario, hoy nos toca ser solidarios, pero con nosotros mismos, con la gente de nuestra cercanía; la vorágine informativa que ahora nos acerca más al concepto global de humanidad, nos permite apreciar en tiempo real cómo es la forma de vida y en este caso, como se afrontando la contingencia sanitaria a nivel mundial: consejos, estrategias y cifras, corren sin desdén y son propagadas en el mundo de la red (internet) sin siquiera comprobar su viabilidad o bien la veracidad de la fuente.

 

El reto de la presente generación, es muy distinto al de generaciones pasadas; pues de nada nos van a servir los adelantos tecnológicos o los avances sobresalientes en el campo de la ciencia, si no somos capaces de rediseñarnos y dejamos de ver únicamente el beneficio personal y empezamos a luchar por el beneficio colectivo para con ello, llegar a encontrar la mayor satisfacción: el bien común. Las generaciones pasadas han surcado el horizonte siendo previsibles al manejo de enfermedades, crisis económicas, guerras mundiales, olas de violencia, existencias de psicópatas y otras tantas catástrofes naturales que dañaron su naturaleza, pero nunca logran perturbar su esencia; la notoria diferencia es que ellos no conocían lo que nosotros ahora si conocemos y, sin embargo, actuamos en retroceso.

 

Hoy el país necesita despertar de su letargo, desempolvar su grandeza y erguir el pecho ante el peligro, por supuesto, informándose, acatando los protocolos establecidos, confiando en las autoridades sanitarias y no generando un caos del cual la propia sociedad es participe; como generador y como afectado, debemos entender que como seres humanos somos uno.

 

Es cierto, tal vez no estábamos preparados para vivir una contingencia como la que se está presentando a nivel global, pero seamos realistas; en caso de saber cómo actuar, ¿cuál sería nuestro accionar? ¿cómo sociedad que tan solidarios somos? Es momento de enfrentar nuestra realidad, existe un problema tangible y ello nos incita a tener que accionar, a transformar -aunque sea de manera temporal- nuestros usos y costumbres; debemos atender las demandas ciudadanas, exigir a nuestras instituciones y no fanatizar las decisiones gubernamentales.

 

Los tiempos mismos requieren una nueva forma de comunicación, una comunicación más empática, más fundamentada, más razonada y sobre todo llena de un fin común, las palabras que han permeado en la sociedad pueden convertirse en el lastre que acarreamos en esta época de “sana distancia” donde todo creemos y luego averiguamos, en donde lo que pareciera que menos importa es lo que más impacto causa en nuestra comunicación; y es que muchas veces lo que decimos y como lo decimos (aunque no sea tan relevante) pueda tener una influencia en la sociedad que muchas veces no dimensionamos. Dicho sea de paso, podemos compartir muchos datos, información razonada, pero si nuestros actos no dicen aquello que pregonamos, entonces vendrá el descredito y un mal social que puede ser la peor crisis de la humanidad: la falta de credibilidad.

 

Los tiempos de “cuarentena”, aunque nuestras autoridades federales determinaron en un primer momento 30 días (un mes); deben de ser un tiempo para reencontrarnos como humanos, para saber de nuestras fragilidades y entender que a pesar de que estamos avanzados en términos de tecnología y ciencia; las catástrofes naturales y/o biológicas no tienen distingo, no miden el nivel de avance como civilización, no caigamos en el descredito en el que cayó un gobernador recientemente al afirmar que “los pobres somos inmunes”, seamos entes pensantes, pero sobre todo seamos responsables de lo que se dice, pues cada palabra tiene un efecto en quien la escucha.

 

Es tiempo de reinventarnos, de caminar por el sendero de la imaginación, de la creatividad, de comunicarnos nuevamente con nuestros cercanos, de conocer nuestra posición dentro de la esfera global y sobre todo es una época de revalorar a quienes dan su vida por cuidar la nuestra; el sector salud en sus diversas esferas debe tener un laurel prendado por la sociedad pues, en tiempos de contingencia son ellos quienes como ejercito de ciencia nos protege del enemigo.

 

A los voluntarios, a la sociedad que de manera altruista ayuda a otros, a los que son conscientes y concientizan; a todo aquellos que, en estos momentos con su energía positiva, plegarias y fe elevan las manos al cielo para buscar consuelo para la humanidad: nuestro agradecimiento, la humanidad tiene esperanza, entendamos que esta puede ser la oportunidad para pensarnos y reorientarnos, para reforzar nuestros actos buenos y empatizarnos.

 

Ten por seguro que de esta emergencia ¡salimos juntos!