Y la amo

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Desde cuando que se fueron las tardeadas, y tanto, que parece ya un siglo.

Quién sabe cómo te bañabas a jicarazos o que magia de Houdini poseías para pagar el boleto de regadera individual de los baños María Teresa.

Te enjalmabas tus mejores garritas y vámonos con otros cuates a la tardeada de la vecindad de General Prim 36 Bis.

En los cafés cantantes que habían, se daban otras tardeadas: sin alcohol, con juguito y popote, y a media luz escuchabas: Cadenas malditas me tienen atado hacia ti. Y ya te sabías el nombre de los lugares: Memphis, Caravana, Zodiac, Dosomig’s, Ipanema… Y el de grupos, lo anotaré nomás por nombrar algunos: Incas, Los Intocables, auténticos y piratas, Trauma, 2+3, Tick’s, Hearts, etc., etc.

Pero tu clase más baja que media, sin coche, tacuche y hasta lana, mejor ibas a la tardeada vecindera, con un tocadiscos Admiral y los LP con los éxitos rockeros. Ahí la fiesta tenía refrescos, sandwichitos y lo mejor: se contaría con presencia de las chavas de por ahí.

Y ahí vas con un suéter que ni de lejos se parece al de César Costa, ahí vas a la vecindad de Los Coyotes mascando tu chicle Adams de menta y con la no tan lejana esperanza de ligar, amarrar, pegarla con una agraciada representante del femenino género.

Se acostumbraba –consiguiendo la respectiva extensión– sacar el tocadiscos al patio y ahí ir seleccionando de una gruesa baraja, a las tortillas negras que con lucidoras portadas dejaban ver a Elvis, Los Teen Tops, The Little Richard, Los Locos del Ritmo, Lety Cisneros, Angélica María… uh, agregue 50 más.

Todavía pega el sol y tres nerviosas chavitas se cuchichean desde el fondo de la vecindad, haciendo chirrín a las sillas de tule. Notas con notable desazón que no eres tú el centro de sus cuitas: un rubio envaselinado acomoda su moto Yamaha junto a unas macetas pletóricas de geranios. Baja la palanquita que la detiene y sintiendo encima las femeninas miradas, camina enhiesto, triunfador.

Se te acerca uno de los organizadores:

– ¿Si sabes que son quince Lucas?

Te dan vuelto de uno de a veinte y luego viene una niña con un vasote de Pepsi.

Sigue llegando la gente; las sillas de tule que bardean el escenario son para las damitas, por cierto, que no precisamente embonarían con las crónicas de sociales de nuestra mejor sociedad, aunque de guapura a guapura, empate.

Y entonces, el dueño de los discos que mueve el brazo del tocadiscos y éste que comienza a vomitar pura vida: Y aunque digan los vetarros música infernal, para mí es un encanto que me hace llorar, los fabulosos Locos del Ritmo con Aviéntense todos inauguraba la sesión, y al ataque. Se acostumbraba que los caballeritos haciéndose bola en el centro al influjo de la música, pues vámonos a pedir la pieza. Más hombres que mujeres, algunos sin ser los escogidos esperamos a la otra pieza.

¡Y órale!, comenzaba el show: los que brincaban sobre las baldosas, los que pisoteaban sin fijarse el hociquito de una rata que se apareció por la coladera ¡bájale!, como le ejecutaban al rock: vuelta y vuelta, cabriola, brinquito igual.

¡Aviéntense todos! La voz de Toño de la Villa resonaba en la vecindad, opacando a los zapatazos y a una viejita que se veía a contraluz y quien sabe que fritangas preparaba.

Se acostumbraba no quitar el disco, así, una melodía tras otra.

Algunos chavos ya habían amarrado pareja. En el transcurso del dance decías: ¿Me concedes la que sigue? Si la respuesta era afirmativa, órale ¡yes! a aventarte Pólvora, Chica Alborotada y las demás, hasta terminar con Tus Ojos: Quiero ver tus ojos, la primera vez que los vi supe por fin que era el amor…

En este comienzo, diré que ciertos tímidos y feos chavos no teníamos la suerte de otros y menos al llegar trajeados, elementos del masculino género.

Seguía la tardeada, con tarde luminosa y obscuridad en mi solitaria alma, cuando quien sabe de donde aparecieron como bajadas del cielo diez chavas amigas –y luego supe compañeras de salón– de la hija del señor que ponía los discos.

Y de la decena de guapas damitas de la localidad, una me atrajo: morenaza, risa y risa, piernón bruto, quien sabe que chingá más tenía.

Se metieron a saludar y ¡chin!, ¿Qué tanto harán que no salen?

Ahora le habían cambiado de LP y erróneamente colocaron al guitarrista Al Caiola y su orquesta: ¿Quién chingá va a bailar Los Cañones de Navarone?… No sean tarimas.

Y que van saliendo las palomas del nido. Ahora el tocadiscos mandaba algo dulzón: El Tercer Hombre que se me prestaba para bailarla así, lentita, romanticona.

Y que me lanzo en pos de la morenaza. Ahora y creo que de pocas ocasiones de arrojo como ésta contarán mis biógrafos y ahí me tienen:

– ¿Bailas?

– Bueno, sí.

Y tomando la manita suave, la suave mano, que horita, ah chingá, como no se me olvida, que la guío por rumbos de la atarjea y sin mucha competencia –no todos eran rockmanticos– que veo que mi eros bailarín la contagia, a la morenaza; pasito a pasito, ah, el cuerpo junto y la melodía  tema de la película de Orson Welles, ahí nos tenía pegados. Latiendo más aprisa las corazas, sintiendo la caliente respiración de Elena, luego supe su nombre. No hablamos: hablar ¿Para qué?, la música Tu, Tu, Tum, Tun, suavecito, nos hacía viajar en nubes de algodones de azúcar rosadas.

– ¿Estudias o trabajas?

– Estudio. En la Superior de Comercio, en primero… ¿y tú?

– Tercero de Normal, me llamo Raúl.

– Y yo ElenaElena Sanguillén García.

Y vino mi otro rasgo de valentía:

– ¿Bailarías la otra conmigo?

– Sí…

En nuestro vivir como en la añeja revista, hay Lágrimas y Risas. ¿Quién hay, quién es el que dice que puro blanco o puro negro sacó? Y como en la canción ranchera: en esta tardeada, hoy me tocó ganar. Y que le cambian de disco: Que hubiera dado por escogerlo personalmente, darle una lana al ñor que la hacía de disc-jockey. Y ¡suerte de cabrón! Que deja Nunca en Domingo, también llamada Los Niños del Pireo la canción griega que se presta a inventar. Con liberal gesto, solté a Elenita, y órale, y pa’lla, pa’ca, los pies seguían el ritmo. Me siguió y vi con gusto que algunas rebeldonas y chavos de pantalón vaquero ceñido y chamarra roja, nos veían como pensando Ah, que cabrones, ¿pus dónde aprendieron?

Cuando le cambiaron a Los Teen Tops para mi fortuna la guapa me dijo:

– La que organizó es mi amiga, vente a que nos dé Coca Cola, ya vi que compraron el resto. Y guiado por una manita morena mi corazón quería saltar como saltaperico.

– ¿Otro refresco?

– Mira un amigo.

– ¿Cómo supiste de la tardeada?

Yo no veía a nadie, no sabía nada de lo que pasaba a mi alrededor. Las gentes pasaban, subían y bajaban una escalera como de adobes, la música se oía más fuerte y la noche había llegado. De pronto, El tocadiscos exhaló Harlem Español tocada por Santo y Johnny Farina. Y de nuevo me llegó la eros inspiración:

– ¿Bailamos de new?

– Ok.

Y lentamente alcanzamos Fue en un Harlem… y esa boca tuya color de purpura… Me acordé de la interpretación de Enrique Guzmán.

Ahí estamos viéndonos a los ojos, colocados casi en el centro y ahora vino la melodía de los Beatles Y la Amo, tibia, sensual, lentita, puro corazón, me hizo medio conocer el cielo. Y me aventé a matar a morir:

Elena de Troya ¿Quieres ser mi novia?

– Pero si apenas nos conocemos.

– ¿Y cómo te caigo?

– Ohh… Súper.

Y cuando Santo y Johnny hacían llorar a la cítara, y las ventanas rompían lo oscuro y la viejecita del 4 seguía friendo tacos, me acerqué al oído de esa bella chamaquita y le iba a dar un beso, cuando ella cambió el script y me mostró su boca y yo, guauuu, supe ahí pa’que vale la pena vivir.

¿Qué nos vieron, que nos veían dos viejitas, que seguro no aprobaron nuestro actuar? Y que, ahí, tropezándonos con las baldosas comenzamos un noviazgo:

– ¿Puedes ir por mí?

– ¿Y por cierto eres de aquí?…

Un noviazgo que terminó pronto, como dijo Consuelo Velázquez en su canción Que seas Feliz: Por esas cosas tan absurdas de la vida.

Y hoy que volví a escuchar Y la Amo con Santo y Johnny, Elenita hermosa, donde quiera que estés, Gracias y como la canción Que seas Feliz.