+Toluca, la crónica y el cronista. Génesis y legado. Primera de 5 partes; antes los presidentes y gobernadores eran los mejor informados, ahora…

Views: 2913

La frase:

La patria concebible es la autobiografía, el contarle a algunos que se ha ido alguien.

CARLOS MONSIVÁIS

LOS TIEMPOS CAMBIAN: antes los presidentes de la República eran los hombres mejor informados del país, lo seguían algunos gobernadores, pero los tiempos cambian y hoy ni los presidentes y mucho menos los gobernadores son los hombres mejor informados del país.

Primero porque hubo una reforma para que Gobernación ya no tuviera las conexiones necesarias para saber todo de todos y después por la falta de interés de los titulares de los gobiernos, a quienes interesa otra cosa menos estar bien informados.

Por esa razón tanto el presidente López Obrador como ahora el gobernador de Sinaloa Rubén Rocha, dice no saber qué ocurrió con el Mayo Zambada. Y es que si lo saben y lo niegan, es malo y si de plano no lo saben es peor.

Rubén Rocha.

TOLUCA, LA CRÓNICA Y EL CRONISTA. GÉNESIS Y LEGADO

Toluca se anida sutilmente en el regazo del volcán que la ampara, como se acurrucaría un niño en el cobijo de su madre. Este solo hecho explica la elección de los hombres que la fundaron. El Valle de Matlatzinco, donde se constituiría la ciudad, recibe a sus primeros habitantes 12 siglos antes de nuestra era. Nuestros ancestros decidieron dejar riscos y montes y eligieron el valle, privilegiado, cercado por el volcán y por un río, en cuyas orillas decidieron establecer la génesis de lo que habría de convertirse en uno de los asentamientos más importantes de México.

En buena parte, la esencia de la historia se fundamenta en la transformación. Es el cambio la más importante constante –muchos aseguran que la única– que  encontramos para explicar el desarrollo de las sociedades humanas, de su obra, de sus luchas, de sus triunfos y fracasos. La historia los señala, pero es la crónica la que los describe, la que los explica amalgamando un conjunto de singularidades para definir la identidad que las caracteriza y que, por razones obvias, también explicadas por la crónica y por el cronista, obliga a adaptarse a nuevas situaciones que dan sentido al origen, a la esencia y a la tradición que construyen y que proyectan.

La historia registra y el hombre interpreta. El cronista analiza, compara, comenta y difunde –preserva y trasciende– los hechos, les da forma a los acontecimientos y construye la narrativa que identifica, lo más cerca posible de la realidad –nunca se puede separar el enfoque subjetivo–, el ser y la razón de ser del patrimonio cultural que se resguarda.

En este punto hay que diferenciar, de una vez por todas, la historia y su ente, el historiador, de la crónica y su constructor, el cronista.

Puntualicemos, los historiadores son investigadores que interpretan los documentos que se registraron en el pasado, soporta, entonces, sus investigaciones con antecedentes históricos, establecidos por terceros. Hay muchísimos casos en que la historia se basa en leyendas o esquemas mitológicos, cae en la fenomenología de la percepción y pierde su objetividad y veracidad, aunque trasciende en lo que hoy se denomina posverdad.

Cronista, en cambio, es el analista minucioso que no quiere que las cosas se distorsionen o caigan en el olvido. Utiliza la fenomenología de la realidad para convertir en positivo sucesos y acontecimientos que muchos ven como peyorativos o sin importancia.

El cronista debe separar, entonces, la imaginación de la parte real, estructurarla y narrarla en base a su testimonio. Tan solo por este hecho, la crónica es más cautivadora que la historia, muchos historiadores y literatos mexicanos han caído en los encantos de la Crónica: Guillermo Prieto, Manuel Gutiérrez Nájera, Salvador Novo, Manuel Payno, entre otros.

El cronista debe alejarse de la pontificación y sustituirla con la ponderación.

La historia nos hablará de un Valle de Toluca donde había un sinnúmero de haciendas, la crónica nos señalará como se fueron transformando hasta urbanizarse y formar parte del complejo citadino que hoy define al municipio.

La historia acuñará la frase Toluca la Bella, la crónica narrará cómo se conformó y apuntará que, contra lo que parece, la relativamente difícil movilidad proviene de esa reconversión que la hace diferente.

Es un hecho histórico que Toluca es la segunda ciudad con más museos en la República, la crónica resaltará cómo se fueron constituyendo, situaciones y personajes, pero el cronista tiene la obligación de señalar que su posicionamiento como atractivo cultural se ve dificultado por la carencia de un sistema que los articule y ponga en valor su origen y destino.

Esto requiere un esfuerzo significativo por parte del cronista, de ahí su perfil tan especial, que, en un esfuerzo eidético debe explicar, con juicios articulados,  a aquellos que aún piensan que Toluca no tiene atractivos turístico-culturales de interés masivo, que existe una realidad que separa lo correcto de lo incorrecto, el verbo, de la acción.

Algunos podrían pensar que esta actitud crítica rebasa las acciones encomendadas a un Cronista de la Ciudad, no es así: Por definición, el cronista narra hechos y sucedidos que perfilan a la ciudad que lo nominó. Esto implica señalar, también eidéticamente, el porqué si y el porqué no entre lo que se busca y lo que se tiene; debe, pues, señalar lo que debe hacerse si se quiere alcanzar un objetivo, pudiendo incluirse aquí también el criterio de la calidad y/o de la belleza, con un alto contenido de ética, pues se trata de dar valor a la ciudad.

El cronista, como se le concibe actualmente, narra y presenta hechos actuales, de los que regularmente es testigo y que, en su apreciación, trascenderán como hechos históricos. Sin embargo, su actividad rebasa este concepto tan simple, debe de preservar y revisar la memoria de crónicas y de cronistas anteriores e incluso comparar narraciones sobre el mismo hecho y llegar a una conclusión probada y comprobable.

Se han celebrado los 500 años de la Fundación de Toluca y, analizando una gran cantidad de fuentes, aún no existe un consenso general alrededor de la verdadera fecha original, ¿fallaron los cronistas de la época o se ha subjetivado la fuente?, aunque en esencia no sería la tarea del Cronista, por tratarse de hechos históricos, debieran de trabajar conjuntamente antropólogos, cronistas e historiadores para definir un hecho de interés general, basado en una tradición oral que se convirtió en hecho histórico.

Como ya señalamos, notables historiadores han desembocado en señalados cronistas. Este es el reconocimiento de que se trata de actividades y vocaciones diferentes. Como habitualmente el cargo o el encargo de Cronista de la Ciudad lo realiza alguna autoridad, regularmente se nombra a un historiador. Esto se refleja cuando en sus escritos, conferencias, cátedras y actividades, proyecta una visión del pasado y, regularmente, omite los acontecimientos actuales que irán, en su momento, al archivo o al acervo de la historia, pero que hoy por hoy deberían de ser la crónica del diario acontecer. No en balde los grandes cronistas han surgido más del periodismo que de los acuciosos revisadores del pasado.

Esto no significa que un historiador no puede ser cronista, simplemente se plantea que debe separar ambas actividades: un corredor de 100 metros, en atletismo, puede ser competidor de salto largo, en ambos casos es un atleta, pero la actividad y –lo más importante– el entrenamiento son diferentes.

El término cronista hace referencia al escritor que recopila y redacta hechos de la actualidad dignos de ser recordados, esto ha derivado en un género literario que recibe el nombre de crónica. De su percepción cosmogónica, de su ética, pero también de su formación, depende la calidad de su actividad, en todo caso, repetimos, debe  privar la idea de estudios eidéticos, es decir, que genere un conjunto organizado de proposiciones, donde la narrativa, aún de hechos diversos, se integre en un conjunto coherente, que es la crónica. Por ningún motivo pueden ser frases sueltas o argumentos historicistas, vacíos de pensamiento. Llegamos así a tres características más del buen cronista: credibilidad, coherencia y cultura.

Hasta aquí, hemos perfilado la actividad inherente a un cronista responsable, lo hemos diferenciado del historiador y hemos apuntado los valores que, positivamente, lo caracterizan, en un enfoque contemporáneo y, pudiéramos decir, de alcance universal.

La crónica, en México, inicia con la conquista. Por describir hechos que ocurrían en ese preciso momento, podríamos señalar a Hernán Cortes como el primer cronista novohispano, y a sus Cartas de Relación de la Nueva España como las primeras y verdaderas crónicas de doble valor para el Estado de México, porque hace referencia al asentamiento de Toluca, si bien no en lo que ahora es el centro de la ciudad.

Más adelante, Bernal Díaz del Castillo, quien en su Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España –manuscrito que se mueve sutilmente entre la ficción y la realidad– relata la importancia que tenía el Matlatzinco (Valle de Toluca) para los mexicas, en Tenochtitlán.

Fray Bernardino de Sahagún plasmó, en su Historia General de las Cosas de la Nueva España, como una cosa notable, la versión de barbarie como adjetivo para los antiguos matlatzincas, hay que precisar que se basó en tradiciones orales que hacían referencia a un pueblo que se distinguía por su bravura e impiedad.

Frailes como Toribio de Benavente (Historia de los Indios de Nueva España) o legos como Fernando de Alva Ixtlilxóchitl (Código Ixtlilxóchitl) marcan lo que sería la conjunción entre cronista e historiador, Predominando la tendencia a establecer un predominio cultural europeo, por lo que esa línea caracteriza sus crónicas y sus escritos.

Asentado el dominio español, la narrativa del desarrollo de los pueblos conquistados o de las ciudades edificadas conforman el rico bagaje del que hoy disponemos y sobre el que podemos discernir. La crónica, repetimos, es la que se escribe día con día y, de alguna manera, nos toca vivir.

Y Toluca no es la excepción, su desarrollo está documentado en la narrativa de sus cronistas y en su línea de pensamiento o interpretación, no quisiéramos creer que en alguno de ellos haya privado el dictado o la línea de una corriente específica, en cuyo caso, la crónica, en lugar de convertirse en herencia histórica, tomaría el carácter de mentira inducida, posverdad. (Continuará)