Dos prosas poéticas…

Views: 1021

Cinco minutos

a Mirna

No quiero dejar de abrazarte. Déjame aspirar tu piel recién bañada, alborotar la humedad de tu pelo, besar tus virtuosos labios. No me pidas disfrutar tu ausencia de cinco minutos.

Electricémonos, tengo miedo al destierro, a la distancia; a que la muerte me envuelva antes de tu regreso. Déjame encontrar en tu espejo los senderos olvidados, recuperar la edad que tus besos aspiran.

Rehúye a violetas de cinco minutos. Ven, nutre al espejismo con travesuras de adolecente, con universos ilusorios, donde crezcan sueños, consagrados por suspiros de luna.

Abrígame en desiertos donde beberé de la roca; donde luces persigan raíces, aquí junto al pasado que te ofrece recuerdos y los pinta en tus mejillas. Abrígame, no me interesa que hoy el viento se haya enamorado de tu pelo.

No quiero dejar de abrazarte, no importa la lluvia, ni el tiempo, ni los demonios. Deseo moldearme en tu piel; escarbar entre tus ropas hasta encontrar delirios; anhelo sentir tu fiebre arropando travesuras.

Deseo besar tu aura sin pizcas de maquillaje. En este crepúsculo ceniciento, garabatear en tu sonrisa, en tus ojos que no permiten dormir a los míos.

Te abrazaré en el agua que me extiende tu rostro, aun cuando mil ojos rondan nuestras sombras y un centenar de pasos escurren nuestras huellas.

Abrígame esta vida de cinco minutos.

En tu ombligo

Invítame a cenar tu piel; absorberé libélulas de malos pensamientos; soledades empachadas de nostalgias, diabólicas vibras de sueños carnales. Invítame a disfrutar manjares embriagados, en el fuego que te consume entre ronroneos, en el caudal sudoroso de tu inexplorado pelo.

Si lo deseas, iniciaré por tus labios repletos de cristales, por tu cuello donde escondes al arcoíris. Tal vez, pidas iniciar por la miel alojada en el paraíso del dedo gordo de tu pie izquierdo, o por la nieve de guanábana que escurre entre tus senos, o por el tequila agitado en tu ombligo.

Cenaré entre marcas de besos que a cada noche retoñan en tu cuerpo, beberé del fuego multiplicado en tus ojos, succionaré en los treinta y tantos años que ofrece tu piel. Cenaré y beberé sobre la sonrisa de los quinqués, entre retazos de infierno acogedor, aun cuando despierte con resacas de madrugada.