Miradas epidérmicas

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Por lo general, se me hace profundamente desagradable pronunciarme sobre el estado de nuestras sociedades actuales usando la palabra ‘decadencia’ o ‘pérdida’. Ambas ya no pueden ser utilizadas sin evocar aquellos aromas a resentimiento y a frustración tan propios de algunos de los ‘críticos de la cultura’ actuales, cuya única misión es complacer a las mentes que necesitan regocijarse en los fracasos sociales de las generaciones actuales para paliar el dolor que les causa saber que, como individuos, han sido profundamente estériles. Sin embargo, tras poner atención en una noticia triste hecha pública hoy en Perú, creo que, al menos, una facción muy concreta de nuestra sociedad actual, efectivamente debe ser considerada en un estado, cuanto menos, preocupante. 

Me he declarado taurófilo en este espacio múltiples veces y no tengo problemas en seguirlo haciendo. Tengo seguridad en que no soy ningún sádico y ningún depravado que disfruta del sufrimiento y del maltrato de un animal indefenso. Pero, como tengo esa seguridad, también acepto lo discutible que es el hecho de que, para lograr hacer de la fiesta de los toros un arte sublime, debe hacérsele al animal una serie de cosas que hieren la sensibilidad de cualquier persona no versada en asuntos taurinos -e incluso para los versados, porque incluso los mismos aficionados nos aberramos a veces ante prácticas incompetentes por parte de malos profesionales taurinos-. 

Hago esta aclaración porque el asunto al que quiero referirme hoy tiene que ver, una vez más, con el mundo del toro. Hoy, domingo 6 de septiembre de 2024, el torero peruano y máxima figura del escalafón Andrés Roca Rey sufre una brutal cogida en la Plaza de Toros de Las Ventas. Las imágenes son brutales y espeluznantes. Roca, como se le llama entre los aficionados, se enfrentaba hoy a una ganadería de una bravura sin límites y de un volumen y una fuerza descomunales: Fuente Ymbro. Soplón, de 557 kilos, se llamaba el toro que casi le quita la vida. Ya horas antes de salir al ruedo estaba peleándose con sus hermanos en los corrales de la plaza y causando conmoción entre apoderados. Como se puede ver en las imágenes, el animal tenía una mirada asesina -cosa muy rara hoy en día- y una furia sin límites. La saña con la que coge al diestro escarapela a cualquiera. El animal pierde la razón ni bien siente que su pitón perfora glúteo. Algo se despierta dentro de él en aquel momento. Sobrevivir, a partir de ahí, es simplemente un milagro.

Inmediatamente Andrés es atendido por su cuadrilla. Tiene una cornada con dos trayectorias, o siendo más explícitos, huecos de 15 y 20 cm de profundidad que le producen destrozos internos en el glúteo y que comprometen parte del nervio ciático. Su adrenalina jubila al rigor médico en aquel momento y es capaz de encadenarle varias tandas de derechazos para rematar su faena con una buena estocada. El toro cae rendido a los pies del torero y la plaza, enardecida, pide la oreja. El presidente la concede. No puede pasearla y recibir los honores del caso porque su apoderado lo conmina a ir a la enfermería. Una vez allí todo son malas noticias. El cirujano de la plaza ordena sedarlo y operarlo de urgencia. El pronóstico es peor: tiene el interior de la pierna izquierda comprometida permanentemente. Lo último que se sabe de él hasta ahora, es que fue trasladado a una clínica.

Pasan las horas y el diario capital del Perú, El Comercio hace pública la noticia. Su tendencia taurina es evidente no solo por el lenguaje con el que está redactada la crónica, también por su larga trayectoria dedicándose a cubrir noticias relevantes sobre el mundo del toro en Perú, más allá de los funestos sesgos políticos de la mayoría de sus cronistas taurinos, tristemente filtrados casi siempre hacia sus crónicas. Como fuera, el sentido de cubrir la noticia responde a que, en la actualidad, Roca Rey es considerado la mayor figura del mundo casi por unanimidad. Y por lo mismo, que, se sea aficionado o no, no deja de ser un motivo relevante para la actualidad nacional en Perú.

El asunto de fondo se encuentra en los comentarios de dicha publicación: casi todos ellos alegrándose por el accidente sufrido por Andrés; riéndose de la redacción de quien cubrió la nota; celebrando una supuesta hazaña conquistada por el animal; lamentándose porque después de aquello matarán al toro con más saña en los corrales; y, no en menor volumen, lamentándose de que el diestro no haya muerto o esperando que su desenlace en la clínica sea fatal.  No puedo dejar de admitir que el 90% de las personas a las que se pregunte, en el Perú actual, dirán que detestan la fiesta de los toros y que esto explica el asunto. Tampoco puedo negar sus días contados, por mucho que me entristezca. Pero lo que creo que no se puede aceptar o pasar por alto tan fácilmente es la inaudita superficialidad de todos estos comentarios y su moralismo ridículamente encaminado. Pues, quisiera ser muy explícito en algo: desearle la muerte a un torero no hace mejor persona a nadie.

No voy a entrar al hecho de que, para detestar el mundo del toro es menester conocerlo medianamente bien gracias a un aficionado enterado y crítico de la fiesta cuando esta no respeta religiosamente sus reglas, en tanto y en cuanto no hacer esto desemboca en maltratar insulsamente al animal. Es a partir de ahí que uno, con todo derecho, puede decir que detesta las corridas por cómo estas hieren su sensibilidad o porque no se es capaz de ver nada bello en ellas aún entendiendo sus justificaciones biológicas y su ética implícita. En lo que me interesa concentrarme, es en aclarar que estos terribles deseos y vaticinios para el torero peruano responden a una vanidad intelectual sin fondo ninguno y en algunos casos a no poder ver en la realidad nada más que lo que aparece ante nosotros. 

Con aquello, quiero decir que tras todas estas acciones moralizantes subyace un sentimiento romántico y sensible mal entendido a priori; que es adoptado por las personas cuyo mundo interior no les permite construir un sentido de la ética lo suficientemente sólido como para regirse por él. Y es que, siempre será más fácil adoptar causas ajenas y mostrarse como un ser sensible e inconforme con el mundo que entender a profundidad qué sucede en su interior. Siempre será más fácil que a uno ‘le regenten la existencia’, ser masa.

A esto responde el título del espacio de esta semana, porque, tras todos los problemas que involucra este triste fenómeno se esconde uno de los principales problemas de nuestra mirada, de nuestra forma de ver el mundo, de entenderlo, de adentrarnos en él, de ser en él: ser profundamente superficial. No poder ver qué hay más allá de lo que nos es inmediato, y por lo mismo, entender que allá donde hay algo que se nos hace inaccesible, también hay una oportunidad para hacer crecer nuestro interior. Tomar los dilemas éticos como si se tuviese que encarnar el papel de un alma sensible y sufrida. Reaccionar ante ellos pragmáticamente en el sentido vulgar de la palabra. Tener, en suma, una mirada epidérmica del mundo.