¿Cómo se mira un milagro? II
En el espacio de la semana pasada nos habíamos referido, tangencialmente, al potencial filosófico de las experiencias milagrosas. Habíamos señalado allí que un milagro puede tener infinitas formas y que su riqueza estriba en el hecho de que no tenga una única manera de manifestarse, que se pueda entender y conceptualizar de manera unívoca, y que pretender explicar su contenido, era, no sólo un error de comprensión sino, además, perjudicial para captar su sentido porque mutila toda su riqueza. Claros aquellos asuntos.
Esta vez me gustaría continuar desarrollando el punto centrándome en por qué nacen dentro de nosotros estas pretensiones de explicar incluso aquello que no se deja, y, en todo caso, qué se logra con esto.
Partamos de la idea de que la pretensión de explicar las cosas, sea por medio de abstracciones puramente teóricas o científicas, es algo casi connatural al espíritu humano. Aquello no quiere decir que sea correcto hacerlo siempre, y que, porque esto nazca en el seno del alma humana sea la manera correcta de acercarse a todo lo existente. Aquello sería establecer una analogía tan superficial como forzada, y, más que ofrecer un panorama profundo sobre por qué explicamos las cosas, esto se mantendría en llamar la atención entre las similitudes de objetos ubicados en una misma cadena causal. Pero, si este asunto aún no nos satisface…, ¿qué nos sigue llamando la atención de que explicar las cosas sea parte de nosotros?: no tanto el asunto teórico implicado aquí, sino el impulso que está detrás de esto.
Cuando nosotros explicamos algo respondemos a un impulso que se ubica en nuestra forma de ser, en nuestra subjetividad, en la naturaleza de nuestra razón que cada uno canaliza de una forma u otra en directa proporción a su manera de ser. Las posiciones filosóficas que se mantengan corresponden a la manera de ser de cada uno, en último término, me hizo saber un valioso profesor hace no mucho. Y justamente porque cuando explicamos algo estamos respondiendo a un impulso, estamos también estableciendo una solución ante el miedo a la oscuridad de conceptos que todos tenemos.
A nadie le gusta encontrarse con un concepto oscuro, lo natural es rechazarlo y –en sintonía con lo dicho– echarle luz con una explicación, porque nosotros mismos necesitamos esa explicación para mantenernos tranquilos frente a la intromisión de aquel fenómeno en nuestra vida intelectual, y no tanto porque éste necesite ser explicado o porque su naturaleza lo permita, como sucede en los asuntos de ciencia.
Ésta, como se habrá podido intuir, es la posición de Wittgenstein, quien estableció por primera vez este quiebro sobre la naturaleza de las explicaciones en sus Investigaciones Filosóficas: Si he agotado los fundamentos, entonces he llegado a la roca dura y mi pala se retuerce. (…) A veces requerimos explicaciones no debido a su contenido, sino debido a la forma de la explicación. Nuestro requisito es arquitectónico; la explicación, un tipo de falsa cornisa que no soporta nada.
Entonces, me gustaría dejar claro hasta aquí, que, además de un asunto relativo a nuestra vida psíquica, nuestra necesidad permanente de explicaciones tiene un trasfondo que nos permite comprender su asentamiento en nuestra forma de acercarnos a todo lo que nos rodea –incluyendo lo maravilloso–desde aquellas sensaciones que esto produce en nosotros; que es, a mi juicio, el rostro, el aspecto infinitamente más interesante de este fenómeno. Y, con una pregunta me gustaría dejar la puerta abierta para el próximo espacio: satisfecha nuestra necesidad interior de darle una explicación a aquello ‘milagroso’ que rompe nuestros esquemas, ¿está acaso comprendido ‘el problema por el problema’, o más bien están resueltas nuestras inquietudes?
Nos acercamos a esta pregunta en el próximo espacio.

