Descifrando lo humano I: el valor de lo hecho a mano.

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Llevamos prácticamente un año explorando los procesos cerebrales y mentales del ser humano, con el objetivo de aproximarnos al estudio de los neuroderechos. Durante este proceso, cada avance ha traído consigo nuevos descubrimientos que han revelado la trascendencia e importancia de la protección de datos personales y la privacidad como ejes rectores de las libertades humanas. A nivel fundamental e íntimo, estos conceptos encuentran un paralelismo con los procesos cerebrales, neuronales y mentales, estableciendo un vínculo profundo con la protección de datos y la privacidad, así como con el acceso a la información y la libertad de expresión, que emergen como dos caras de una misma moneda en la era digital.

Si bien los neuroderechos propuestos por Rafael Yuste han sido ampliamente debatidos en diversos foros, abordando la privacidad mental, el libre albedrío, la identidad personal, el acceso equitativo a tecnologías de aumento mental y los sesgos de los algoritmos de inteligencia artificial, considero fundamental realizar una aproximación previa a los valores que representan a lo humano como el elemento fundamental que subyace a dicho análisis puesto que, gran parte de los efectos que se pretende regular o mitigar mediante los neuroderechos carecen de una correlación clara con los valores humanos que buscan preservar, ni tampoco han sido plenamente definidos en términos de su tipología y taxonomía dentro del marco de los derechos humanos o fundamentales, tal como también ocurre cuando se busca dar coherencia a una teoría y estructura sobre los derechos digitales.

Desde esta perspectiva, por el momento dejaré de lado el análisis existencialista sobre la naturaleza del ser humano como ser consciente, puesto que considero que el tema será abordado más adelante en el ámbito de la mente y la consciencia. Sin embargo, parto de la hipótesis de que la trascendencia del ser humano va más allá de su dimensión mecánica. El verdadero propósito que estamos llamados a descubrir no se limita a una visión mecanicista o utilitarista que reduzca al ser humano a una simple máquina programada para trabajar. Esta perspectiva simplista podría determinar el origen y la naturaleza del ser humano en términos de funcionalidad productiva, pero ignora la riqueza de su existencia y su capacidad de transformación.

En ese sentido, la primera característica esencial del ser humano es de índole económica en cuanto a las expresiones objetivas de su capacidad mental y las estructuras básicas y primitivas del funcionamiento de su cerebro y los elementos basales de la conformación de una conciencia como especie. Para comprender la posibilidad de una privacidad extrema, entendida en términos de ascetismo y soledad, es crucial reconocer al ser humano como un ser con necesidades. Este es el primer parámetro para identificar lo humano: la capacidad de supervivencia y adaptación al entorno. En este proceso, el ser humano ha desarrollado el trabajo físico como una herramienta para interactuar con su entorno y garantizar su existencia. Este trabajo ha evolucionado a lo largo de tres escenarios distintos.

En un primer escenario, el trabajo físico surgió como un mecanismo de defensa y supervivencia de la especie. A medida que la humanidad progresó, esta labor trascendió la mera subsistencia y se convirtió en una forma de colaboración económica, permitiendo la satisfacción de necesidades básicas a través del comercio y la industria. La agricultura y el uso de metales representaron hitos en este proceso, estableciendo las bases para la estructuración de sociedades más complejas.

En un segundo escenario, el trabajo físico se transformó con la integración del ser humano en su entorno y la optimización de procesos. Este cambio se logró mediante la domesticación de animales y, en una fase lamentable de la historia, a través de la explotación de otros seres humanos mediante la esclavitud. Este modelo llevó al surgimiento de castas específicas, donde ciertos grupos privilegiados se beneficiaron del trabajo de otros. Así, los sectores dominantes pudieron disfrutar del tiempo libre para la reflexión y el ocio, sentando las bases para el desarrollo del pensamiento filosófico, la ciencia y las artes.

El tercer escenario es el tecnológico, marcado por las diversas revoluciones industriales. Con el auge de las máquinas, el ser humano comenzó a reemplazar su propia mano de obra, delegando funciones en sistemas automatizados. Este cambio generó una transformación en la estructura social, dividiendo a la población en tres clases distintas. La primera corresponde a quienes dominan los factores de producción, lo que les permite profesionalizar el ocio y la reflexión, desarrollando un nuevo paradigma de conocimiento y poder. La segunda clase es la de los trabajadores que dedican su tiempo y esfuerzo exclusivamente a la producción, dependiendo del sistema industrial para su sustento. Finalmente, se encuentra el grupo de personas excluidas de los factores de producción. Estas personas carecen de los medios para garantizar su subsistencia y, al mismo tiempo, su falta de acceso a los recursos económicos restringe su capacidad de acción y pensamiento, pues su existencia se ve dominada por la necesidad de sobrevivir mediante medios alternativos.

Esta evolución del trabajo humano nos lleva a cuestionar el papel de la tecnología en la redefinición de lo que significa ser humano. A medida que la automatización avanza, surgen preguntas sobre el futuro del empleo, la distribución de la riqueza y la naturaleza misma del ocio y la creatividad. En este contexto, resulta imperativo repensar el significado de la labor humana y su relación con la dignidad y la autonomía. La historia del trabajo no es solo un relato de supervivencia y producción, sino también una narrativa sobre la evolución del pensamiento, la cultura y la organización social.

Al examinar estas cuestiones, nos acercamos a una comprensión más profunda de la intersección entre los neuroderechos, la privacidad y la estructura socioeconómica del ser humano. En este punto de la historia, donde la automatización y la inteligencia artificial están transformando el mundo laboral y la manera en que interactuamos con la información, es necesario replantear el concepto de lo humano desde sus raíces más fundamentales. La relación entre el individuo y su entorno tecnológico ya no puede entenderse únicamente desde una perspectiva económica, sino también desde un prisma ético, filosófico y jurídico que garantice la protección de su autonomía y derechos fundamentales como podremos identificar en los siguientes análisis de los valores de lo humano.

Este análisis es solo el inicio de una exploración más amplia sobre los valores humanos y su relación con la tecnología. El próximo paso nos llevará a examinar la naturaleza de la intimidad, el impacto del entorno digital en la construcción de la identidad y la necesidad de garantizar un equilibrio entre el avance tecnológico y la preservación de los derechos humanos. En esta búsqueda, la pregunta central sigue siendo la misma: ¿qué significa realmente ser humano en una era donde la automatización y la digitalización han redefinido nuestra existencia?

En ese sentido, así como no puede aseverarse que el ser humano, a pesar de su composición, absoluta o relativa de energía, no puede definirse como un ente meramente energético, ni tampoco como un ser completamente material, lo cual eventualmente debe ser trasladado a los resultados de su actividad, como en el caso del producto de trabajo, el cual, puede por una parte verse como un aspecto necesario para su subsistencia, pero prescindible de su ejecución con el apoyo tecnológico, así como una expresión trascendental de su existencia, con una singularidad vernácula en el que la tecnología no encuentra cabida.

La evolución del ser humano ha transitado por caminos donde la tecnología no ha sido un ente ajeno, sino una extensión misma de su propia naturaleza. Desde tiempos inmemoriales, la oralidad fue el vehículo que permitió transmitir saberes y costumbres, acortando distancias entre generaciones y estructurando sociedades que, en su devenir, consolidaron Estados, naciones y culturas. En ese flujo incesante del conocimiento, la aparición de la técnica ha desempeñado un papel crucial, pues ha permitido encapsular aquellos procesos fundamentales que alguna vez fueron ejecutados por la destreza humana, trasladándolos al dominio de la programación, es decir, si verificamos la evolución humana desde el ámbito de la técnica vinculada con el espacio cognitivo, la especie humana ha logrado emancipar el conocimiento de sus funciones orgánicas para poderlo trasladar a partir de diversos instrumentos tecnológicos. 

Con ello, nos encontramos en un presente en el que es posible la automatización de prácticamente todos los procesos productivos, desde la agricultura hasta la manufactura, liberando al ser humano de la obligatoriedad del trabajo manual para su supervivencia y otorgándole, a su vez, la capacidad de moldear el mundo que le rodea con herramientas que, paradójicamente, provienen de su misma inteligencia. Sin embargo, a pesar de estos avances, la cultura y la materialidad aún erigen barreras que nos recuerdan que la transición no es absoluta ni desprovista de complejidades.

En este contexto, la exploración del valor humano adquiere nuevas dimensiones cuando se analiza en función del aislamiento o la soledad. No es posible comprender estos estados sin antes definir el entorno en el que se inscriben, pues las circunstancias pueden variar desde aquel individuo cuya vida está determinada por la satisfacción de necesidades básicas, hasta aquel que elige activamente su retiro del mundo, respaldado por una estructura social que le permite ejercer su derecho a no ser molestado. Reflexionar sobre esta condición implica necesariamente cuestionar los cimientos sobre los que se construyen las garantías de autonomía y libre elección, ya que la mera posibilidad de escoger el aislamiento está, en última instancia, condicionada por la existencia de un marco que lo haga viable.

Es en este punto donde se hace necesario replantear el discurso sobre la relación entre el ser humano y la tecnología. No se trata de un dilema de exclusión donde una opción deba prevalecer sobre la otra, sino de un equilibrio que reconozca la influencia mutua entre ambos elementos. Al concluir la lectura de un libro como «Minimalismo Digital», surge la necesidad de ir más allá de la dicotomía simplista que postula la renuncia a la tecnología como una vía hacia la recuperación de lo humano. Desprenderse de los avances tecnológicos en nombre de una pureza inalterada no solo resulta inviable, sino que constituye una forma de reduccionismo que ignora la naturaleza evolutiva del propio ser humano. De igual forma, la tendencia a deshumanizar la experiencia bajo la premisa de que todo puede ser replicado y mecanizado se enfrenta a un obstáculo insalvable: la consciencia dinámica y cambiante que define nuestra existencia.

Resulta contradictorio que el minimalismo digital, al proponer una eliminación de distracciones tecnológicas para maximizar la productividad o potenciar actividades físicas, termine por caer en un esquema mecanicista que no solamente evade la importancia del valor de lo hecho a mano, sino que adopta una postura determinista de que la labor del ser humano se debe dedicar a una actividad física. No se trata de una simple dicotomía entre lo artesanal y lo industrial, sino de reconocer que, en un giro inesperado, la propia tecnología ha contribuido a revalorizar el trabajo manual. En un mundo donde la automatización permite la producción en masa de bienes, lo que surge como una respuesta significativa es el reconocimiento del valor intrínseco del objeto creado por un ser humano, dotado de una intencionalidad y una historia única. Así, la paradoja se resuelve en el hecho de que la tecnología no desplaza ni anula el quehacer humano, sino que lo realza y lo diferencia de la mera repetición mecánica.

En este sentido, las actividades de ocio que suelen proponerse dentro de las estructuras minimalistas deben ajustarse a una comprensión más profunda de lo humano. No basta con eliminar distracciones tecnológicas para dar paso a actividades alternativas, sino que se requiere una exploración consciente de los valores que subyacen en tales prácticas. El equilibrio no radica en la supresión de herramientas tecnológicas, sino en la integración armoniosa de estas dentro de una visión más amplia de lo que significa ser humano en la era digital. El arte, la artesanía, la música, la escritura y tantas otras expresiones del espíritu encuentran en la tecnología un medio para expandir su alcance y su impacto, sin perder por ello su esencia ni su autenticidad.

En última instancia, estas reflexiones apuntan a un replanteamiento de la relación entre la humanidad y su entorno tecnológico. La pregunta ya no es si la tecnología nos hace más o menos humanos, sino cómo elegimos interactuar con ella para definir nuestra propia existencia. Andrew Sullivan expresaba su preocupación al afirmar que «antes era un ser humano», reflejando el temor de que la hiperconectividad digital nos haya alejado de nuestra esencia. En contraposición, Cal Newport sostiene que pretende que con su obra sobre minimalismo ayudar a generar un equilibrio que permita aseverar: «gracias a la tecnología, soy un ser humano mucho mejor de lo que era antes», subrayando la idea de que los avances pueden potenciar nuestras capacidades y enriquecer nuestras vidas. Sin embargo, la propuesta que aquí se plantea va un paso más allá a partir del desarrollo de elementos que nos permitan asociar valores fundamentales hacia lo humano y que se trasladen para cualquier escenario, incluyendo el tecnológico de manera óptima a fin de lograr que: «Gracias a la tecnología, me he descubierto como ser humano y existo eligiendo las posibilidades que ello me otorga frente a la consciencia infinita». No se trata de una visión ingenua ni de una apología ciega de la era digital, sino de un reconocimiento de que la clave no está en la tecnología en sí misma, sino en la manera en que decidimos integrarla en nuestra experiencia de lo humano.

Con esta premisa, se abre la puerta a futuras exploraciones sobre lo que significa ser un zoon politikon en la era digital, sobre la intimidad del corazón en un mundo hiperconectado y sobre la inabarcable profundidad de la consciencia humana. La tecnología no es un enemigo ni un sustituto de la humanidad, sino un reflejo de nuestras elecciones y un vehículo para nuestra evolución. La cuestión fundamental no es si podemos prescindir de ella, sino cómo podemos usarla para expandir nuestra comprensión de nosotros mismos y del universo que habitamos, mientras seguimos explorando fenomenológicamente, demás aspectos que pueden estar vinculados con valores de lo que puede representar, ser humano. Hasta la próxima.