Limitaciones y Digitalidad

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La semana pasada, nos habíamos ocupado de las diferencias a la hora de concebir el mundo que tenían las personas que podemos entender como nativos digitales y como no nativos digitales. Esta respondía, fundamentalmente, al tipo de objetos técnicos en los que cada uno de ellos decidía apoyar su humanidad. Y como los objetos técnicos digitales son capaces de generar una realidad con injerencia en la percepción y apreciación del mundo del nativo digital, la manera de vivir la humanidad de cada uno, era completamente distinta.

Con aquello, se aclara, en primer término, la pregunta que habíamos dejado sin contestar, a saber: ¿no es, precisamente, porque el nativo digital no es consciente de las limitaciones del mundo, que su asombro está dormido, y que, por lo mismo, se ha vuelto insensible ante las problemáticas más agudas de nuestra sociedad? Y es que, el nativo digital ya no sólo se expresa apoyándose en la digitalidad, sino que busca en el campo de relaciones humanas que es ésta las maneras en que tiene que vivir y que tiene que desear.

Sucede ahora, algo parecido a lo que Ortega y Gasset ya había anticipado en su Meditación de la Técnica: obnubilados por toda la posibilidad de fines que podemos lograr y hacer realidad, hemos perdido la imaginación que es propia de quien tiene deseos insatisfechos. Vivimos, pues, una crisis de los deseos porque todo cuanto había deseado nuestra época se encuentra ya satisfecha. Tenemos que encontrar los deseos que muevan nuestra existencia en los de tecnólogos: ellos enteramente ajenos a nosotros, e incapaces de amplificar nuestra capacidad de ser en el mundo.

No se puede desear, según lo dicho por Ortega y Gasset, lo que otro hace si esto no está aterrizado en nuestro suelo vivencial y en las necesidades que más nos demandan nuestras sociedades. Y sin embargo, la digitalidad ahora nos ofrece no nada más un repertorio de acciones y objetos que desear y una serie de programas de vida bien detallados según los cuales poder alcanzarlos. 

Este asunto, finalmente, si bien no nos da derecho a condenar la digitalidad,           –porque ella, en el fondo, no es otra cosa que una gran potencialidad en la actualidad desperdiciada– no debiera, tampoco, hacernos perder la atención en la hemiplejia vital en que nos está induciendo progresivamente.