Cortesía inexistente
El domingo pasado, intentando disfrutar una buena cinta italiana en la Cineteca Nacional de las Artes, lo que debió ser una experiencia agradeble se convirtió en un sufrimiento cuasi permanente; en principio, porque nuestros vecinos de butaca, sin el más mínimo recato, disculparán la expresión, tragando palomitas rompiendo todos los protocolos de cortesía posibles. Haciendo ruido al tomarlas, masticándolas con sonido estereofónico, impidiendo escuchar la cinta. Eventualmente las palomitas se acabaron y el ruido cesó y supusimos podríamos ver la película.
Pero no, no señor, por si eso no fuese suficiente, otros asistentes, dos filas adelante, platicando sin recato alguno como si estuvieran en un café plácidamente sentados, y para terminarla de amolar, los vecinos de la fila de atrás, entraron con unas papas fritas en bolsa grande, de esas que hacen ruido al intentar abrirlas y consumir el producto.
Es claro, en un mundo cada vez más acelerado, donde la prisa y la distracción parecen ser la norma, la cortesía se vuelve un acto revolucionario. No se trata sólo de buenos modales o de cumplir con convenciones sociales, sino de reconocer al otro como un ser humano digno de respeto; a menudo, las pequeñas acciones que realizamos en lo cotidiano, o que dejamos de realizar, tienen un impacto profundo en quienes nos rodean. Ser cortés no cuesta nada, pero su valor es incalculable.
Por ejemplo, acciones tan simples como dejar el espacio adecuado para que alguien más pueda estacionarse es demostrar una consideración activa por el bienestar ajeno, hay quienes pudiendo estacionar su auto un poco más adelante o un poco más atrás, permitirían a otros automovilistas maniobrar.
No se trata nada más de normas de tránsito, sino de una ética del cuidado. Ese gesto transmite un mensaje claro: te veo, te respeto, y tu comodidad también importa.
Otro ejemplo significativo, es respetar el tiempo de los demás; llegar puntualmente a una cita, no retrasar una reunión innecesariamente o evitar interrumpir a alguien que está ocupado no sólo mejora la eficiencia, sino que también muestra aprecio por la vida y las responsabilidades ajenas. El tiempo es un recurso limitado para todos y honrarlo es una forma concreta de mostrar empatía.
También está el valor de guardar silencio en espacios donde se requiere: bibliotecas, transporte público, salas de espera, CINES o incluso en casa, cuando alguien descansa o está laborando.
Este tipo de silencio no es una omisión, sino una forma de comunicar respeto. Es decir: tu tranquilidad es importante para mí. Escuchar antes de hablar o simplemente no invadir el espacio acústico de los demás puede ser un acto profundo de generosidad.
Estas pequeñas cortesías, tan fáciles de aprender como de olvidar, constituyen una forma práctica de ejercer la empatía. Nos recuerdan que compartimos espacios, tiempos y necesidades con otras personas, y que cada acción u omisión, por insignificante que parezca, puede mejorar o deteriorar esa convivencia.
En última instancia, la cortesía es una muestra de buena educación no solo porque así lo dicta una norma social, sino porque refleja una comprensión madura y compasiva de lo que significa vivir en comunidad.
Hoy, la cortesía es inexistente; ojalá pudiésemos comprender que ser cortés es, en efecto, un modo cotidiano de construir un mundo más amable y si todos aportamos con nuestras pequeñas acciones, el impacto será mucho mayor de lo que imaginamos.
