Fiestas patrias

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Hay países que celebran su historia, otros la sobreviven. Y hay países, como el Perú, donde la historia no se celebra ni se sobrevive, sino que se arrastra como una herida que sangra en silencio cada 28 de julio.

Hoy (ayer cuando lean esto) flamean las banderas rojiblancas, se canta el himno en las plazas, se entonan discursos oficiales sobre libertad y patria. Pero en lo más profundo, lo que resuena no es un canto de júbilo, sino un grito ahogado. Porque hay una diferencia brutal entre la independencia proclamada y la libertad vivida. ¿De qué independencia hablamos cuando seguimos habitando un país fracturado por la desigualdad, el racismo, la corrupción y el desprecio institucional por la vida?

La historia, como dijo Walter Benjamin, no es una marcha triunfal de héroes hacia la gloria, sino una pila de ruinas apiladas sobre los vencidos. Y en el Perú, esa ruina tiene nombre: se llama república. Una república que nunca fue pensada para todos, sino para unos pocos, una nación que nació sin pueblo, como denunció Flora Tristán en el siglo XIX, y que dos siglos después sigue negando a sus propios hijos. Porque aquí, los vencidos nunca dejaron de estar en el suelo.

En este texto no hay lugar para el cinismo ni para el consuelo fácil, hay lugar, sí, para la memoria, para la verdad y para la herida. Hay lugar para la historia que no aparece en los manuales.

Hoy, más que nunca, necesitamos mirar a este país con la lucidez de los que aman de verdad, sin romanticismos ni eufemismos. Y si queremos que este país tenga un futuro, debemos atrevernos a narrar su pasado sin maquillajes. A gritar lo que incomoda. A incomodar con verdad.

Este no es un texto que busca condenar al Perú. Es un texto que lo ama tanto que no está dispuesto a mentirle. Que lo ama con la ferocidad del que no se resigna. Que lo ama con la claridad de Jorge Basadre, que nos recordó que el Perú es un problema, pero también una posibilidad. Y que esa posibilidad sólo podrá nacer cuando seamos capaces de mirar el fondo del abismo.

Porque solo desde la verdad se construye una patria. Y la nuestra, aunque todavía no ha nacido del todo, late. Late herida, late silenciada, pero late. Y por eso escribimos…

28 de julio, el calendario flamea con cintas rojas y blancas que buscan encubrir la herida abierta de una historia inconclusa. Se conmemoran 204 años de la independencia del Perú, pero (¿de qué independencia hablamos cuando el país sigue arrodillado frente a sus propios fantasmas?). Si no somos capaces de nombrar la miseria política que nos gobierna ni el racismo estructural que nos define, ¿qué celebramos realmente?

Porque este Perú, mi Perú, no es un país que se alza con júbilo. Es un país que camina herido. Herido de olvido, de corrupción, de racismo, de abandono. Un país que sigue esperando su nacimiento real.

La historia inconclusa 

La historia oficial nos dice que el 28 de julio de 1821 nos independizamos. Que San Martín proclamó la libertad desde un balcón y que desde entonces el Perú fue libre. Pero la historia verdadera no vive en los manuales, vive en los cuerpos. Y esos cuerpos siguen siendo los mismos que no se emanciparon.

Desde Bolívar hasta el presente, el Perú ha sido un proyecto a medio hacer, una nación interrumpida.

Lo dijo Flora Tristán, que cruzó medio mundo para mirar a este Perú desde sus entrañas:

El Perú no tiene pueblo, tiene clases.

Y tenía razón, la independencia no fue del pueblo, fue de una élite criolla que simplemente sustituyó al virrey por una bandera. Cambiaron los nombres, pero no las estructuras.

Pero permítanme decir: este texto no es una queja, es un acto de amor que arde, que observa puesta.

Para entender por qué en Perú no hay nada que celebrar, hay que recordar que el país fue uno de los últimos en independizarse en Sudamérica. En 1820, San Martín llegó por mar desde Chile. Un año después, el 28 de julio, declaró la independencia en Lima. Sin embargo, el poder real de la corona española recién fue derrotado en 1824, en las batallas de Junín y Ayacucho, dirigidas por Bolívar.

Pero esas batallas no fueron libradas por criollos. Quienes enfrentaron a las tropas realistas fueron, en su mayoría, campesinos indígenas, hombres quechuas y aymaras, afrodescendientes esclavizados que se alistaron con la esperanza de libertad. La promesa no se cumplió. La esclavitud recién fue abolida en 1854, y los pueblos indígenas siguieron siendo tratados como menores de edad legales hasta el siglo XX. 

El Perú es un país culturalmente colonizado, escribió Sebastián Salazar Bondy. Y tenía razón, incluso en la educación, la historia oficial glorifica a Bolívar, a San Martín, a los próceres ilustrados, pero olvida la resistencia indígena anterior a todo eso: como Tupac Amaru II, líder del mayor levantamiento anticolonial del siglo XVIII, que fue descuartizado en 1781 junto a su familia, frente a miles de personas. El grito de su muerte: Volveré y seré millones no es una metáfora, es una advertencia.

 

La república que nació no fue mestiza ni diversa. Fue blanca, masculina, católica, limeña, militarizada y profundamente clasista.

La espera del sur: Tacna

El siglo XIX peruano fue una sucesión de guerras internas y externas que desgarraron cualquier posibilidad de cohesión nacional. La Guerra del Pacífico en 1879-1884, Chile invadió Perú, saqueó Lima y se llevó libros, arte y maquinaria industrial. La derrota fue humillante, pero peor fue la traición interna: la élite limeña se entregó sin resistir, mientras las comunidades indígenas y del sur defendieron con armas lo que otros entregaban con discursos. 

Tacna, mí ciudad natal , fue tomada por Chile y vivió en cautiverio 49 años, 3 meses y 1 día, desde el 26 de mayo de 1880, después de la Batalla del Alto de la Alianza, hasta el 28 de agosto de 1929, cuando fue reincorporada al Perú. Baluarte del sur, cimiento de nuestra casa, aquí no acaba el Perú, aquí comienza la Patria. Decía Nicomedes Santa Cruz.

Durante casi cincuenta años, sus habitantes resistieron con la voz, con el silencio, con la persistencia. Mujeres como doña Francisca Zubiaga y hombres anónimos defendieron una patria que el Estado muchas veces olvidó.

Jorge Basadre, tacneño, no escribía historia desde el archivo frío, sino desde la memoria viva. En La República Aristocrática y Perú: problema y posibilidad, nos advirtió que el Perú siempre ha sido una promesa inconclusa.

La historia del Perú es la historia de sus frustraciones y sus posibilidades. Y para que las posibilidades se vuelvan realidad, es indispensable mirar a los de abajo, a los postergados, a los eternamente saqueados.

El racismo estructural: herida sin cerrar

Hasta el día de hoy, el Perú es un país profundamente racista, el racismo no es solo un insulto, es una estructura que organiza quién accede a salud, educación, justicia, trabajo y representación. Como lo explica Jorge Bruce en Nos habíamos choleado tanto (2007), el Perú niega su mestizaje, se avergüenza de su raíz indígena, y castiga lo diferente.

En Conversación en la Catedral, Mario Vargas Llosa lanza la gran pregunta: “¿En qué momento se jodió el Perú?

Y quizás esa pregunta no tenga una sola respuesta, porque el Perú no se jodió en un instante.

Esta grieta viene desde el inicio de nuestra independencia, ¿Cuando inició ese nudo colonial? Se formó hace más de cinco siglos, cuando los conquistadores españoles instalaron un sistema de dos repúblicas: una de blancos y una de indios.

Es simple: Eran repúblicas con sistemas tributarios diferentes, regímenes legales diferentes, derechos diferentes. Y desde entonces hemos vivido obsesionados por saber en qué lado de la república vivimos.

Lo que hay en Perú es una gran mayoría mestiza que no se asume como tal. O se asume mestiza de la boca para afuera, está obsesionada por ver cuán cholo es el otro, que porcentaje de choledad tiene

Gamaliel Churata, desde El pez de oro, nos habla de un Perú mítico, profundo, andino, inasible por las categorías occidentales. Ese Perú no ha sido liberado, ni siquiera visibilizado del todo que sigue siendo empujado a los márgenes por una élite que se mira al espejo europeo sin ver sus propias raíces.

Si la discriminación del blanco al negro es triste, del blanco al indio es triste, es más triste del negro al negro y del indio al indio y existe también, entonces hay algo que tenemos que descubrir: ¿Quiénes somos?» ¿Por qué existen las tazas? Si eso se desconoce con qué derecho se arrogan unos el derecho de decir: soy superior, y esto es inferior, dijo Victoria Santa Cruz.

De Fujimori a Boluarte: la continuidad del desprecio 

En los años 90, el Perú vivió una de sus etapas más oscuras, el régimen autoritario de Alberto Fujimori, que disolvió el Congreso, instauró una dictadura disfrazada de tecnocracia y esterilizó forzosamente a más de 300,000 mujeres indígenas. Esto no es una exageración: es un dato documentado por la Defensoría del Pueblo. 

Fue una política racista, clasista y misógina, aplaudida por organismos internacionales en nombre del desarrollo.

Hoy, su hija Keiko Fujimori sigue siendo una figura central del poder, pese a estar acusada de corrupción

El gobierno actual, encabezado por Dina Boluarte, no representa a nadie más que a los intereses de una élite empresarial y militar.

Hoy, desde el Congreso, se legisla el olvido. Se penaliza la protesta, se protege la corrupción, se desmantelan los derechos. Se vende y se compra la naturaleza para explotarla. ¿Qué es el Estado peruano sino una maquinaria para la desigualdad? ¿Qué es la política sino una caricatura del poder, una danza de oportunistas que juegan con la necesidad del pueblo?  ¿Qué le corresponde celebrar a un país que vive sometido a los caprichos de una sociedad injusta, inmoral y criminalmente organizada? ¿Qué puede celebrar un pueblo que en los últimos siete años ha tenido seis presidentes, varios de ellos encarcelados o investigados por corrupción? ¿Qué tipo de “pueblo” es este donde se privatiza el agua, se criminaliza la protesta y se reprime con balas a quienes se atreven a exigir dignidad?

Mencionaré algunos de los atajos institucionales más recortes, aprobados por el gobierno.

El 14 de junio de 2025, el Congreso aprobó una ley que otorga amnistía a militares, policías y comités de autodefensa mayores de 70 años, que enfrentan procesos por violaciones a los derechos humanos durante el conflicto armado interno entre 1980 y 2000 . Quedan excluidos quienes ya tengan sentencia firme por terrorismo o corrupción.

En la misma jornada, los parlamentarios instauraron nuevamente la inmunidad parlamentaria para delitos comunes, que protege a los legisladores durante su mandato y hasta 30 días después de dejar el cargo, sin intervención judicial previa si su cámara no autoriza el proceso.

A mediados de 2025, los mineros informales de Ica, Arequipa y Pataz iniciaron un paro nacional exigiendo la ampliación del Registro Integral de Formalización Minera (REINFO). El gobierno respondió con bloqueos, militarización y enfrentamientos. En la provincia de Pataz hubo desapariciones forzadas: tras una masacre, se decretó toque de queda nocturno y suspensión de actividades mineras por 30 días, mientras se desplegaba una base militar.

Hace apenas semanas, el Instituto Nacional Materno Perinatal (la antigua Maternidad de Lima) anunció la eliminación de dos causales claves del aborto terapéutico mediante la Resolución Directoral N.º 2002025DGINMP/MINSA:

  • Embarazo producto de violación sexual en niñas o adolescentes

  • Malformaciones fetales incompatibles con la vida

Este retroceso no es menor: el Estado peruano ha sido sancionado en tres ocasiones por cortes internacionales por negar el aborto terapéutico a menores en casos de violación, y aun así el gobierno retrocede.

Estos no son hechos aislados, son construcciones que cargamos y con las que convivimos. La historia del Perú es una sucesión de olvidos. No se trata nada más de cambiar autoridades, sino de repensarnos como nación. No basta con recordar a los héroes (Bolognesi, Cáceres, Grau) si no honramos su memoria con acciones concretas contra la desigualdad, el racismo, la injusticia estructural.

Porque sí, queremos al Perú, su geografía herida, sus pueblos olvidados, su historia fracturada. Lo queremos como se quiere a un ser querido enfermo: con ternura, con dolor, con esperanza. Pero el amor no es ciego. El amor exige memoria, exige justicia.

¿Qué le corresponde celebrar el 28 de Julio? Nada, está independencia, que en ningún caso es independencia del pueblo ni como individuo, ni como colectividad

Nuestra presidenta no es una anomalía. Es la consecuencia lógica de una democracia secuestrada, una pieza más en el engranaje de una república excluyente, servil a los poderes económicos, entreguista, autoritaria y absolutamente desconectada del pueblo que dice representar. Su gobierno ha institucionalizado el olvido, legitimado la violencia, legalizado la impunidad. 

En todo caso, que este día patrio no nos anestesie.

Que sea un día para mirar el país sin filtros ni fanfarrias.

Feliz fiesta patria, si eso significa abrir los ojos, romper el silencio y sostener la incomodidad.

Feliz día, Perú, porque aún estás por nacer.