NEOLIBERALISMO… EL LIBERALISMO CON BOTOX
“Lo neoliberal no es tanto una doctrina, sino un apodo para todo lo que incomoda, menos la corrupción propia”.
Carlos Monsiváis
EL AMPLIO CLÓSET NEOLIBERAL: El término neoliberalismo suele invocarse como si fuera un demonio contemporáneo. Se usa en discursos políticos para señalar culpables invisibles, se convierte en sinónimo de injusticia económica y se asocia con corrupción. Sin embargo, al mirar más de cerca, el neoliberalismo no es más que una reedición del viejo liberalismo clásico, adaptado al siglo XX y XXI.
Si se ha vuelto palabra maldita, o insulto inculto, no es tanto por su contenido teórico, sino por los excesos y desviaciones de quienes lo han instrumentado en contextos de corrupción, clientelismo y populismo, vicios comunes a todos los sistemas, desde la extrema izquierda hasta la derecha más pura.
Liberalismo y neoliberalismo son sinónimos y expresan continuidad más que ruptura. El liberalismo original nació en los siglos XVII y XVIII defendiendo libertades individuales, mercados abiertos y un Estado limitado. El neoliberalismo, surgido en el periodo de entreguerras y se consolida después de la Segunda Guerra Mundial, con la misma esencia.
Ambos, que son lo mismo, promueven la apertura comercial y financiera, defienden la libre competencia y la disciplina fiscal y reducen el intervencionismo estatal directo en la economía. El que se dice “liberal” no es más que un “neoliberal” … de clóset.
Más que una “nueva ideología”, es un refinamiento pragmático del liberalismo, aplicado a una época en que la globalización y el desarrollo tecnológico exigían ajustes, lo mismo que el socialismo o el populismo, el centralismo o el federalismo.
Para los estudiosos de la economía sin demagogia, el neoliberalismo no es una ruptura con el liberalismo clásico, sino su adaptación moderna. David Harvey, en *A Brief History of Neoliberalism*), explica que el neoliberalismo es “la restauración del poder de las élites económicas”, más que un nuevo paradigma. Para él, no inventa nada distinto del liberalismo clásico, sino que lo adapta a la globalización y lo pervierte, sí señor, la corrupción.
Michel Foucault, en sus cursos *Nacimiento de la biopolítica*, analiza al neoliberalismo como una racionalidad gubernamental que reinterpreta la libertad y el mercado, señalando que “no se trata de una ideología, sino de una forma de gobierno”, fundamental y esencialmente liberal.
Carlos Sabino, en *El liberalismo y el neoliberalismo*, enfatiza que el término neoliberalismo “es utilizado como un arma retórica para descalificar políticas liberales de mercado”, cuando en realidad son expresiones del liberalismo clásico. Como el populista y el pseudo socialista odian al “conservador”, se autodenominan “liberales”, por lo tanto, en nuestro silogismo, ambos son “neoliberales”, aunque lo nieguen.
Estas visiones coinciden en que el neoliberalismo es, más que una doctrina nueva, una continuación pragmática del liberalismo histórico, cuya carga despectiva se debe más a su contexto de aplicación (corrupción, desigualdad, clientelismo) que a su teoría.
LA DEFORMACIÓN POLITIQUERA: Lo que en realidad ha generado la carga negativa del término no es su doctrina económica, sino las circunstancias políticas y sociales que lo acompañaron.
Así encontramos privatizaciones mal diseñadas, convertidas en botín para élites cercanas al poder, también se usó el término, de manera perversa, para justificar ajustes estructurales aplicados con dureza en países con débiles redes de protección social y se “vendió” la percepción de que “neoliberal” equivalía a “desigualdad creciente”, exactamente lo mismo que ocurre en un socialismo o en un populismo corruptos.
Al tiempo que el populista se declara “liberal” se niega a sí mismo y se convierte en el verdadero “neoliberal”.
Cuba, Venezuela, Argentina y Nicaragua lo demuestran, la corrupción, el clientelismo y el abuso no son patrimonio exclusivo del neoliberalismo. Basta mirar las prácticas de estos regímenes populistas de izquierda o gobiernos conservadores autoritarios; la diferencia es de narrativa, no de esencia, claro que el crítico no lo entiende, pero no importa, el público oyente lo comprende menos. El adjetivo se vulgarizó y el sustantivo (la persona) se metió, convenientemente, al clóset.
Curiosamente, mientras al neoliberalismo se le acusa de “vender a la patria” o “someter a los pueblos”, al populismo se le disculpa exactamente lo mismo (¿ya checo usted la deuda pública?) con el argumento de “defender al pueblo”. En ambos casos, la corrupción aparece disfrazada. En la versión neoliberal, como negocios turbios entre empresas y Estado, en la populista, como clientelismo electoral y uso discrecional de recursos públicos. No es la doctrina, es el que la utiliza en su beneficio.
El resultado práctico es el mismo: concentración de poder, debilitamiento institucional y pérdida de confianza social.
DE FONDO
El neoliberalismo es liberalismo recargado, con ajustes propios de la globalización. Lo que lo volvió “villano” no fue su teoría, sino la forma en que fue capturado por élites políticas y económicas.
DE FORMA
La etiqueta “neoliberal” sirve hoy más como arma retórica que como categoría analítica. Políticos de distinto signo la utilizan para culpar a “otros” de los males presentes, aunque sus propias prácticas se parezcan mucho a lo que critican.
DEFORME
El neoliberalismo no es ni más corrupto ni más puro que cualquier otro modelo. Lo realmente deforme es que el término se use como insulto universal mientras la corrupción, la desigualdad y el clientelismo se reproducen en cualquier régimen, ya sea disfrazado de “Estado fuerte”, de “mercado libre” o de mano alzada.

